Catedrales
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OVIEDO. TRAS LOS MONTES
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vehículo de lujo, simples y vacuas señales de estatus. Pero no siempre fue así. La caza es una actividad relacionada con la realeza desde su origen, aunque antes tenía razones muy distintas a las actuales: la actividad cinegética sustituía a los lances bélicos en períodos de paz, al tiempo que servía como entrenamiento para los posibles contendientes.
El rey cazador era el mismo que, llegada la ocasión, se lanzaba a los campos de batalla al frente de su ejército, y así se lo ha representado desde los tiempos de Assur. Cuando los monarcas dejaron de participar personalmente en el campo de batalla, mantuvieron la caza como una de sus aficiones, al tiempo que las armas de fuego la irían convirtiendo en una actividad exenta de riesgo. Los reyes y príncipes que posaron ante Velázquez con sus escopetas en las manos podían sostener guerras a distancia, pero ya nunca empuñaban armas contra otros enemigos que no fueran los pacíficos venados que pastaban en sus extensas fincas.
UNA NUEVA CATEDRAL
Las corrientes artísticas pueden llegar por muy diferentes caminos. En Oviedo, cuando el conjunto catedralicio prerrománico estaba aún en pie, comenzaron a edificarse conventos de las órdenes mendicantes (franciscanos y dominicos) que a partir de los tiempos de su fundación, en el siglo XIII, no dejaron de expandirse por toda la cristiandad. La arquitectura de los mendicantes se caracteriza por descuidar las dependencias conventuales (si acaso, se mima un poco la construcción del claustro) y poner todo el empeño en el templo, ya que era el lugar para la predicación: al contrario que los monjes, que construían monasterios donde recluirse, los frailes mendicantes enfo-caban su liturgia hacia los fieles, de quienes también esperaban —al menos hasta que la nobleza comenzó a sufragarlos a cambio de obtener en ellos capillas funerarias—
las limosnas que les dieran el sustento.
El área verde más conocida y céntrica de Oviedo, el parque de San Francisco, se llama así porque ocupa el solar del antiguo convento franciscano, demolido en los primeros años del siglo XX. Este edificio era una notable obra gótica, que sin duda llenaría de asombro a los ovetenses cuando se construyó, habituados a las recias construcciones de los tiempos de Tioda. Con los fieles arremolinados en la amplia nave del templo conventual, cabe pensar que esas fundaciones mendicantes espolearon en el clero catedralicio la decisión de adoptar sus formas para las nuevas construcciones y, por fin, a demoler el venerable templo prerrománico del Salvador para erigir sobre él una nueva y grandiosa catedral gótica, «mejor edificada et noblescida et repa-