Catedrales
pdf 1426281
448
CATEDRALES
mezclan, produciendo un efecto de brocado. Luego estaban los entalladores, encargados por lo general de labrar todo lo que no fuese escultura (columnas, molduras y demás, que es lo que recibe el nombre de «mazonería»), y los ensambladores, los constructores del retablo. El proyecto general podía ser obra de un arquitecto, aunque al tratarse de una arquitectura fingida, cuya estabilidad depende del edificio real al que se adosa, eran muchas veces los propios pintores y escultores los autores del diseño; por ejemplo, el Greco proyectó en Toledo la arquitectura (o sea, la mazonería) de varios de los retablos donde iban a ir instalados sus lienzos.
Gregorio Fernández fue el mejor escultor de su tiempo en España, sólo comparable en calidad y fama con el andaluz Juan Martínez Montañés. Aunque nació en Sarria, se instaló muy pronto en Valladolid, donde llegó a tener un taller muy activo que recibía encargos de los más conspicuos clientes, entre los que no faltaban los propios reyes.Así se convirtió en el sucesor natural de la extraordinaria escuela castellana de escultura policromada, que un siglo antes había tenido entre sus representantes a Alonso Berruguete o Juan de Juni, en cuya casa y taller se instaló precisamente Fernández.Además, en los tiempos en los que él iniciaba su carrera en Castilla,Valladolid era un centro artístico de primer orden, por el que pasaban personajes como Pompeyo Leoni o Rubens, y que atesoraba estatuas de genios como Juan de Bolonia, todo lo cual le serviría como estímulo para buscar la excelencia y configurar su estilo.
Aunque ya había hecho antes muchos retablos, incluido uno para una catedral (la de Miranda de Duero, en Portugal), el de Plasencia fue la creación más ambiciosa de Gregorio Fernández. La adjudicación le llegó por carambola: pasada la subasta con la que se decidía qué técnicos habrían de encargarse de la realización del retablo, los entalladores que colaboraban habitualmente con Fernández aparecieron con una propuesta a la baja. En la oferta iba incluido un anzuelo todavía más apetitoso para el cabildo placentino que la rebaja económica, pues la adjudicación a tales entalladores podía llevar implícita la participación de Gregorio Fernández, que entonces, a punto de cumplir cincuenta años, era el maestro más afamado del reino.
Gregorio Fernández fue un individuo pecu-
liar, al que hubiesen encajado como un guante
los tres adjetivos con los que definía Valle-Inclán Gregorio Fernández.
al marqués de Bradomín: «Feo, católico y senti-