Catedrales
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CATEDRALES
ble áulico, que podía servir tanto para acoger al rey como para representarlo virtual-mente en su ausencia, y que se distingue de otros tronos reales (como los que existen en Westminster o Monreale) en que está concebido para ser trasladado con comodidad de un lugar a otro. Su devenida función como pedestal de la custodia anuló su papel de trono regio, pero al menos esa conversión en objeto litúrgico permitió su conservación.
UN CORO CABALLERESCO
La Orden del Toisón de Oro fue creada en 1430 por Felipe el Bueno, duque de Borgoña. Casi todos los años, la orden celebraba capítulos en los que se reunían sus miembros, los cuales se encargaban, entre misas y banquetes y siguiendo un ceremonial muy pautado, de dirimir asuntos políticos. Aunque la Orden del Toisón se concibió para extender el prestigio y la influencia del ducado de Borgoña, experimentó un proceso posterior de internacionalización, en el curso del cual fueron admitidos como miembros reyes y nobles de Alemania, Inglaterra, Portugal y España.
Con la boda de Felipe el Hermoso y Juana la Loca, la Orden caballeresca del Toisón de Oro tuvo un primer soberano (así se llamaba el cabeza de la orden) afincado en España, cargo heredado luego por Carlos I. En 1519, Carlos convocó un capítulo del Toisón en Barcelona, una ciudad que ofrecía toda la infraestructura arquitectónica y simbólica que el acontecimiento requería: los capítulos se habían celebrado siempre en sillerías corales de distintas iglesias y catedrales, y en Barcelona
—una ciudad cercana a Francia y que presentaba el prestigioso marchamo de haber pertenecido a la órbita de Carlomagno— la catedral estaba anexa al palacio, que ofrecía espacios idóneos para los banquetes.Además, la estancia del monarca en Barcelona, que duró un año (durante el cual recibió la noticia de su elección como emperador), le permitía reforzar su poder en Cataluña.
Para preparar la reunión hubo de reformarse el coro catedralicio, y se encomendó a un pintor originario del mismo lugar que la propia orden, Juan de Borgoña, la decoración de los sitiales con los emblemas heráldicos de los personajes que, por asistencia o por delegación, estaban convocados a ella. Juan de Borgoña era un pintor «de historia», como entonces se llamaba a los artistas capaces de representar escenas y figuras, que prestó su oficio para un trabajo que podría parecer menor, pero que en sus manos (como podría haber sido en las de Alberto Durero, otro gran artista frecuen-