Catedrales

ANTONIO3 · Capítulo 378 de 766

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Catedrales

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PAMPLONA. VIDA EN COMUNIDAD

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quedan dos campanarios a un templo romano. Los que Bernini añadió al Panteón erigido por Adriano, que acabamos de nombrar, fueron desmontados en cuanto se pudo.Y en Viena, Erlach acudió a una treta muy ingeniosa para conservar la raigambre clásica de su iglesia de San Carlos Borromeo sin prescindir por ello de campanarios: dio a las dos torres que flanquean el pórtico clásico la forma, duplicada, de la columna de Trajano.

La fachada de la catedral de Pamplona puede parecernos excelente si tomamos por separado cada una de sus partes, pero fracasa al pretender una emulsión irresuel-ta, porque el enfático clasicismo del pórtico queda reducido y hasta ridiculizado por su convivencia, inevitablemente hostil, con los altos campanarios que lo flanquean.

LA HISTORIA MÁS RECIENTE

Tras la conclusión de la nueva fachada en 1800, cabría esperar que había terminado para la catedral de Pamplona su larga experiencia de percances y destrucciones.

El XIX fue, en efecto, un siglo tranquilo, si exceptuamos el ya referido cambio de régimen capitular, que no afectó al edificio. Sin embargo, en el siglo XX aguardaban a la catedral nuevas pérdidas, debidas no a accidentes o a hechos de armas, sino a lo que Juan Antonio Gaya Nuño llamó con acierto «la destrucción pacífica del patrimonio artístico español».

La desolada posición actual del sepulcro de Carlos III y Leonor de Castilla, plantado en medio de la nave, se debe a la destrucción, en 1946, del coro que lo enmarcaba desde el siglo XVI. Entonces, siguiendo una moda ignorante cuyos ecos aún no se han apagado —y que en la catedral pamplonesa venía proponiéndose desde los planos teóricos de Ángel Santos de Ochandátegui, fechados en el mismo año de conclusión de la fachada—, la sillería coral fue malamente adaptada en el pequeño presbiterio, mientras la preciosa reja, digna respuesta renacentista a la gótica que cierra el altar mayor, se trasladó a una capilla lateral. La ya de por sí desnuda nave catedralicia quedó, con la pérdida del coro, despojada de su mejor gala, y el espacio catedralicio, de lo que recordaba su función y lo dotaba de sentido.

La capilla Barbazana, por su parte, fue víctima en los mismos años cuarenta del pasado siglo de una restauración efectuada bajo los siempre temibles principios (no sólo en el campo de la restauración) del purismo. Así, se eliminó en ella todo lo que no se considerara suficientemente gótico, aunque fuese auténtico. En esta capilla, los ventanales estaban cerrados originalmente por celosías de yeso con dibujos arabizan-