Catedrales
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CATEDRALES
la despoblada y vecina Uxama, y no la había en Madrid, ciudad fundada por un emir musulmán. Algunas notables diócesis antiguas perdieron su título por su prolongada pertenencia a Al-Andalus, como Mérida, y otras por motivos tan peregrinos como la fragilidad ante los ataques piratas, caso de Cartagena. Ciertas catedrales conservaron muy poco esa dignidad a causa del avance cristiano, que buscaba asentar más al sur sus centros de poder, como le ocurrió a la de La Roda de Isábena en favor de Lérida.
El caso es que la referida y reciente división provincial, con sus correspondientes capitales, dio lugar a un cierto número de capitales provinciales sin catedral, carencia que se ha ido paliando al transformar antiguas parroquias, iglesias conventuales o colegiatas en concatedrales, dependientes de la diócesis histórica; tal título detentan en la actualidad ciertos templos de Logroño, Soria, Guadalajara, Huelva o Cáceres, por ejemplo. Esa política del clero moderno, que tiende a adjuntar catedral y número de población, ha hecho que se eleve también a dicho rango a templos situados en ciertos núcleos hipertrofiados de la periferia madrileña, como lo fue Alcalá de Henares con la decimonónica diócesis de Madrid-Alcalá —con gran pérdida cultural, pues el templo hoy llamado allí «catedral» detentaba el casi único título de
«iglesia magistral», por el antiguamente obligado carácter universitario de sus canónigos— o, muy recientemente, Getafe.
Las ciudades con catedral se veían favorecidas, también en el aspecto económico, por el motor de actividad artística y técnica que su construcción suponía. Las obras catedralicias aglutinaban a los más importantes artífices en las diversas artes y a los más reputados músicos, y servían como escuela para la formación de futuros maestros, que habrían de extender por la propia diócesis y más allá los procesos y las técnicas que en ellas hubieran aprendido y desarrollado. Como verdaderos exponentes de la más avanzada arquitectura y del mejor arte, las catedrales eran además, ya en su momento, un campo privilegiado para la máxima experimentación tecnológica. Al respecto conviene recordar que los constructores de catedrales, en contra de lo que muchos creen, eran personajes considerados y bien pagados, acreditados con una alta cualificación y a los que frecuentemente se favorecía con privilegios.
La arquitectura medieval se caracteriza por ser una disciplina sometida a una organización profesionalizada de pocos y hábiles operarios, poseedores de un oficio del que se sentían orgullosos, lo que resulta evidente en los numerosos intentos de llevar a cabo alardes ornamentales y constructivos. El grado de arquitecto (antes se diría
«maestro mayor») se adquiría tras una larga formación a pie de obra, por lo que, cuando se accedía a ese puesto, se poseía un conocimiento personal y directo de las técnicas.Tanto es así que en algunos contratos se especificaba que cobraría complemen-