Catedrales
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OVIEDO. TRAS LOS MONTES
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por Jusquín y, tras él, por su hijo y homónimo Juan de Badajoz, el Mozo. En Oviedo pudo dar nuevas pruebas de su maestría, visibles en la preciosa puerta del destruido trascoro o en la disposición del pórtico, cuajado de interesantes detalles que, si no nos detenemos, pueden pasar inadvertidos. Uno de los arcos laterales es oblicuo, un alarde de cantería que detallaremos al llegar a Valencia, y las tres bóvedas resultan todas distintas y muy complejas. La ausencia de esculturas coetáneas, con las abundantes hornacinas vacías, aumenta el carácter abstracto del pórtico ovetense, y la inclusión tardía, sobre la puerta central, del relieve de la Transfiguración hace lamentar que no fuese decorado en su día bajo la supervisión del mismo Juan de Badajoz que lo construyó.
Por las fechas en las que se levantaba el pórtico se llevaba también a cabo, al otro extremo de la catedral, el nuevo y espléndido retablo mayor. Con él se completaba el conjunto iniciado en la centuria anterior por el coro, dando a partir de entonces la réplica a las oscuras y pulimentadas maderas de la sillería los oros y colores del retablo, en el que trabajaron Giralte de Bruselas y Juan de Balmaseda. La inclusión del retablo supuso, eso sí, el tapiado de la mayor parte de los ventanales que iluminaban el presbiterio, lo que dio comienzo al proceso que llevaría, un siglo más tarde, a la creación de la nueva girola. La influencia de la catedral en el territorio tuvo una nueva muestra en el siglo XVI, pues fue el obispo de Oviedo Diego de Muros quien costeó el camino de Pajares, que establecía una comunicación más fluida entre la capital asturiana y León.
Sobre el pórtico se empezó a erigir la torre sur, que, aunque debía ir emparejada con otra, quedó al fin solitaria. Su último cuerpo y la flecha calada que la remata fueron proyectados por el genial Rodrigo Gil de Hontañón, de quien hablaremos al llegar a Segovia, un maestro prolífico y versátil que aquí, avanzado el siglo XVI, jugó a ser más gótico de lo que ya habitualmente era. La de Oviedo, tan distinta de la que el mismo Hontañón levantó en Segovia, quedó así configurada como una de las torres más admirables de España, una pieza soberbia subrayada por su postrera soledad sobre el domeñado caserío. Como si hubiese tomado prestado el ubicuo ojo de Dios, transformado en un atrevido catalejo, desde lo alto de esta torre catedralicia contemplaba don Fermín de Pas la heroica y sesteante ciudad en el memorable comienzo de La Regenta.
Ante esa fachada principal hay algo que nos falta. Algunas calles del casco viejo encuadran todavía la elevada masa de la torre, ofreciéndonos el ambiente y la escala propicios para mejor valorarla, pero hemos perdido para siempre el entorno que la arropaba por su lado más visible, la plaza que precede a la catedral. Hoy esa plaza es