Catedrales
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CATEDRALES
Aunque la pragmática sobriedad impuesta en Sevilla impidió, como en tantas catedrales, que cada maestro incorporase variaciones de su propia cosecha, el proceso de terminación del templo, a veces con intermedios muy dilatados, dio lugar a algunos resultados que podrían parecer paradójicos: la fachada principal, lo primero en hacerse, es gótica; la capilla real, con la que se concluyó la catedral, es renacentista; pero la terminación, a finales del siglo XIX, de lo que quedó sin hacer en las portadas vuelve a ser gótico (es decir, neogótico), un estilo que tampoco se dudó en recuperar cuando, en el siglo XVIII, se rehizo la complicada bóveda de la capilla de la Antigua. Clara muestra todo ello de que el arte no es, como creen algunos, un viaje lineal y sin retorno.
CAMBIO DE CICLO
Las aportaciones renacentistas a la catedral, que modificaron la tradición medieval con la que se había concebido el templo, tuvieron un aval involuntario en aquello que hubiera debido constituir la culminación gótica del conjunto. A finales del siglo XV fue llamado a Sevilla Simón de Colonia, que por entonces andaba erigiendo la incomparable capilla del Condestable en la catedral burgalesa. Durante diez años, de 1496 a 1506, se levantó sobre el crucero de la sede hispalense (siguiendo las trazas que el maestro de origen alemán había dejado antes de regresar a Burgos) un colosal cimborrio, que debía de ser el no va más en la línea exhibicionista del último gótico: cuajado por dentro y por fuera de esculturas de tamaño mayor del natural y con su bóveda calada, competía en altura con el gigantesco alminar almohade, y además iba ornado por cerámicas multicolores realizadas por Niculoso Pisano, de cuya labor quedan obras en la misma Sevilla o en un sitio tan distante como la iglesia de Flores de Ávila.Aunque Francisco Pinto ofrece un paralelo entre el cimborrio hispalense y el de la catedral de Valencia, la autoría de Colonia y la aportación de las técnicas locales y las decoraciones cerámicas hace presumir que sería más parecido a los cimborrios aragoneses de Zaragoza, Tarazona y Teruel, a los que superaba en tamaño y ornato.
El asombrado júbilo por realización tan magna duró solamente un lustro: en una noche invernal de 1511 se vino abajo la gran máquina ideada por Colonia, un episodio que se repitió en distintos templos y que aquí, debido a las dimensiones colosales del edificio y del propio cimborrio, debió de resultar especialmente traumático. Después de aquello se llamó a un prestigioso maestro castellano, Juan Gil de