Catedrales
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TOLEDO. UNA ISLA DE PIEDRA
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EL OBISPO Y EL ALFAQUÍ
Toledo fue, para los cristianos, uno de los eslabones fundamentales del proceso de reconquista del territorio andalusí. Su anexión a Castilla fijó la nueva frontera del Tajo y consolidó la posesión cristiana de los núcleos de la cuenca del Duero, algunos de los cuales (Ávila, Salamanca, Segovia) ya hemos visitado. Este hecho trascendente estuvo protagonizado por Alfonso VI de Castilla, uno de los monarcas más influyentes de nuestra historia: a él se debe también la definitiva consolidación del Camino de Santiago, la instauración del rito romano promovido por el papa Gregorio VII y la entrada de monjes y prelados franceses a Castilla, lo que supuso un cambio radical en la estructura política y religiosa de nuestro territorio.
La adaptación de la mezquita al culto cristiano tuvo lugar, según narración del arzobispo que inició la catedral gótica, Jiménez de Rada, poco después de la toma de la ciudad.Al entrar en Toledo,Alfonso VI iba acompañado de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, y de Bernardo de Sedirac, francés al igual que la mujer del monarca, Constanza. Bernardo era un monje cluniacense que, antes de convertirse en el primer prelado de la Toledo reconquistada, nombrado en el curso del concilio celebrado en 1086, fue abad del monasterio más importante de la Orden de Cluny en España, el de Sahagún. En las condiciones para la capi-tulación de la ciudad, los cristianos se comprometían a respetar la mezquita mayor como lugar de culto de los musulmanes. En ausencia de Alfonso, el obispo Bernardo tomó por la fuerza la mezquita y la convirtió en iglesia cristiana; al saberlo, el rey se encolerizó, pues era una acción que violaba los acuerdos entre conquistadores y conquistados y que ponía en peligro la paz ins-taurada en la ciudad. Alfonso VI regresó a Toledo con la idea de dar escarmiento al obispo díscolo, pero le salió a su encuentro una comitiva de musulmanes encabezada por un alfaquí (experto en leyes) llamado Abu Walid. El buen alfaquí, como luego se le ha conocido, convenció al rey de que no castigase al prelado: para evitar enfrentamientos, preferían renunciar a lo pactado y ceder su mezquita al culto cristiano. El gesto de los seguidores de Alá fue recompensado tiempo después, siempre según la tradición, cuando junto al altar de la catedral gótica se colocó una estatua de Abu Walid ocupando un puesto de honor en una columna que, por su presencia, es denominada «pilar del alfaquí».
Imagen de Abu Walid.