Catedrales
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CATEDRALES
situarse el rey cuando la celebración lo precisase.Así, no es de extrañar que, cuando fue llamado a Barcelona para hacerse cargo de la obra, al arquitecto mallorquín Jaume Fa-bré se le requiriese con el objeto de «atender a algunos trabajos para el rey y el obispo», sin que para ello le hiciese falta otra cosa que ser maestro mayor de la catedral.
El último «enigma», el de la extraña situación de la cripta, parece quedar solven-tado cuando subimos a la tribuna y nos situamos en el lugar que podrían haber ocupado, bajo el cimborrio, los monarcas de la casa de Aragón. Si miramos desde allí hacia el fondo de la nave, lo que veremos es la sucesión del trascoro (el actual es renacentista, pero sustituirá a otro gótico), el coro y el presbiterio; y, bajo él, abierta por un gran arco rebajado hacia el lugar en el que nos encontramos, la cripta donde se guarda, en un magnífico sepulcro de mármol —cuya autoría, dentro de la brillante escultura del Trecento italiano, ha sido estudiada por Ángela Franco—, el cuerpo de santa Eulalia, que es la patrona de la catedral y su máxima reliquia. La razón de la apertura de la cripta hacia la nave mayor, que siempre ha estado generosa-mente iluminada (ya la describía así Jerónimo Münzer a finales del siglo XV) es hacer posible que el más preciado objeto de culto de la catedral quedase expedito hacia la visión que desde la tribuna tendría el rey, tal como ocurría con la reliquia de san Martín en la capilla palatina de Aquisgrán.
Cripta con el sepulcro de santa Eulalia.