El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

La libertad montañesa

Este no es más que un simple ejemplo sacado del inmenso acervo de supersticiones campesinas que los historiadores aún no han investigado seriamente. Extensas y virulentas epidemias diabólicas se extienden de un extremo a otro entre las antiguas poblaciones europeas, aterrándolas, sobre todo en las zonas altas, cuyo aislamiento las mantiene en estadios muy primitivos. Brujos, hechicerías, prácticas mágicas primitivas, misas negras: floración de un antiguo subconsciente cultural del que la civilización de Occidente no consigue liberarse. Las montañas son el refugio por excelencia de estas culturas aberrantes, surgidas de la noche de los tiempos, que persistirán aún después del Renacimiento y la Reforma. A finales del siglo XVI hay montañas mágicas por todas partes, de Alemania a los Alpes milaneses y piamonteses; del Macizo Central, en efervescencia revolucionaria y diabólica, a los soldados ensalmadores de los Pirineos; del Franco Condado al País Vasco. En la región de Rouergue, en 1595, «los brujos reinan sobre las masas ignorantes»; la carencia de iglesias locales hace que la misma Biblia resulte desconocida. Y por todas partes el aquelarre viene a ser una compensación social y cultural, revolución mental a falta de una revolución

social llevada adelante con coherencia[58]. El diablo recorre todos los caminos de Europa en el momento en que el siglo XVI toca a su fin, y más todavía durante las primeras décadas del siglo siguiente. Y parece ser que se adentra en España a través de los elevados pasos de los Pirineos. En Navarra, en 1611, la Inquisición castiga con severidad a una secta de más de 12 000 adeptos, los cuales «adoran al diablo, le levantan altares y tienen trato familiar

con él»[59]. Pero dejemos este interesante tema: lo que nos importa en este momento es el problema de la disparidad y retraso del mundo de la montaña en comparación con las tierras bajas.

 

La libertad montañesa[60]

 

Es indudable que la vida de las tierras bajas y de las ciudades penetra con muchas dificultades en este mundo primitivo de la montaña, infiltrándose en él lentamente, como con cuentagotas. Lo ocurrido con el cristianismo no es un caso aislado. El régimen feudal, sistema político, social y económico, y al mismo tiempo, instrumento de justicia, ¿no dejó fuera de su ámbito la mayor parte de las zonas montañosas? Donde llegó a ellas, fue solo de un modo muy incompleto. Es un hecho que se ha señalado con frecuencia en lo tocante a las montañas de Córcega y Cerdeña, pero que podría comprobarse con la misma claridad en esa Lunigiana que los historiadores italianos consideran como una

especie de Córcega continental, enclavada entre la Toscana y la Liguria[61]. Y puede confirmarse dondequiera que la escasez del material humano, su débil espesor y su dispersión, han impedido la instauración de las instituciones del Estado, de una lengua dominante y de grandes civilizaciones.

Una investigación sobre la vendetta nos llevaría a observaciones del mismo o parecido tipo: los países de la vendetta (países todos de montaña, bien entendido) son aquellos en que la Edad Media no echó raíces, no llegó a

penetrar con sus ideas de justicia feudal[62], los países beréberes, Córcega o Albania, por ejemplo. Señalando los rasgos originales del pasado sardo en sus

estudios sobre Cerdeña, Marc Bloch[63] hace notar que la Edad Media se encontró en aquella isla con una sociedad «plagada de señoríos, no feudalizada», porque Córcega había permanecido «durante largo tiempo sustraída a las grandes corrientes de las influencias continentales». Esto equivale a hacer hincapié en la insularidad de Cerdeña y constituye, sin duda alguna, una fuerza tenaz y decisiva del pasado sardo. Pero, junto a ella, y con imperio no menos poderoso, ha estado la montaña. Esta es, tanto como el mar que rodea a la isla, y tal vez más aún, la responsable del aislamiento de aquellas poblaciones; es ella la que produce, incluso en nuestra época, esos bandidos patéticos y crueles, en Orgósolo y otros lugares, en rebeldía frente al sistema del Estado moderno y sus carabinieri: impresionante realidad que ha atraído a antropólogos y cineastas. «Quien no roba [dice un personaje de una

novela sarda] no es hombre»[64]. Y otro: «Yo tengo mis propias leyes y tomo

cuanto necesito»[65]. Si en Cerdeña, al igual que en Lunigiana, en Calabria y en todas las regiones en las que la observación (cuando es posible) nos revela una laguna con respecto a las grandes corrientes de la historia, se conservan muchos rastros de arcaísmo social (entre otros, el de la vendetta), ello se debe, sobre todo, a esta razón sencilla: que la montaña es la montaña, es decir, un obstáculo, una barrera, pero al mismo tiempo un refugio, un país para hombres libres. Todos los vínculos de coacción y sujeción que la civilización (en el orden social y político o en el de la economía monetaria) impone en otras partes, no pesan aquí sobre el hombre. Ninguna nobleza territorial echa aquí fuertes raíces (los «señores» del Atlas son creaciones recientes del Maghzen, datan de ayer); en el siglo XVI, el noble rural, el cavaier salvatje, vive con sus campesinos, roza como ellos las tierras, no desdeña el arar, ni el cavar la tierra, ni tampoco el acarrear leña o estiércol con su asno. Es un oprobio constante «a ojos de la nobleza provenzal, esencialmente urbana,

como la de Italia»[66]. Aquí no hay clero rico, opulento, envidiado y

ridiculizado, todo a un tiempo: el pastor es tan pobre como sus ovejas[67]; no hay una trama urbana compacta, ni hay, como consecuencia de ello, gobierno, ni ciudades en el sentido estricto de la palabra; ni gendarmes, añadamos, para terminar. Los clérigos prebendados, la orgullosa nobleza y la severa justicia tienen su asiento en las tierras bajas, donde están las sociedades herméticas y opresoras. La montaña es el refugio de las libertades, de las democracias y de las «repúblicas» campesinas.

«Los lugares más escarpados han sido siempre el asilo de la libertad»,

dice sabiamente el barón de Tott, en sus [68] Memorias. «Siguiendo la costa de

Siria [hace notar a continuación][69], vemos que el despotismo (de los turcos) se extiende sobre toda la costa y se detiene al llegar a la montaña, al topar con las primeras rocas, con el primer desfiladero fácil de defender; entre ellas conservan celosamente su independencia los kurdos, los drusos y los mutualis, los señores del Líbano y del Antilíbano». ¡Menguado despotismo, el de los turcos! Dueño de rutas, ciudades y llanuras, su acción no llega a las tierras altas de los Balcanes, de Grecia, y el Epiro, de Creta, donde los escafiotas, enrocados en sus cimas, desafían toda autoridad desde el siglo XVII, o de Albania, entre cuyas montañas afirmará más tarde su vida indómita Alí Pachá de Tebelen. El Walibé, instaurado en Monastir por la conquista turca del siglo XV, ¿llegó alguna vez a gobernar? Sobre el papel, su autoridad extendíase a las ciudades de Grecia y de Albania; pero, en la realidad, cada una de ellas era una fortaleza, un pequeño grupo independiente,

un avispero dispuesto siempre al ataque[70]. ¿Puede sorprendernos, en estas condiciones, que los Abruzos, la parte más alta, más ancha y más selvática de los Apeninos, pudieran sustraerse desde el primer momento a la dominación bizantina, al exarcado de Rávena y, más tarde, a la hegemonía de la Roma pontifical, a pesar de que estas montañas se alzan en la vecindad de Roma y de que el Estado pontificio se extendía hacia el norte, por la Umbría, hasta el

valle del Po?[71] ¿Puede sorprendernos que, en Marruecos, el bled-es-siba, el país no sometido al sultán, sea principalmente la montaña? ¿Que siempre, en estos como en tantos otros casos, el montañés haya desafiado a las

autoridades de abajo?[72]

Estas libertades montañesas han subsistido, a veces, hasta nuestros mismos días, aún visibles y pletóricas de vida, a despecho de las presiones y del imperialismo de los gobiernos modernos. En el Alto Atlas marroquí —

hace notar Robert Montagne—[73] «las aldeas que se escalonan en las soleadas laderas por las que se precipitan los torrentes, cerca de las inmensas extensiones regadas por las espumeantes aguas del Atlas, no encontraremos nunca las mansiones de los chikhs o los califas. En vano otearemos en estos valles, tratando de distinguir la casa del rico de la del pobre. Cada uno de estos pequeños cantones de la montaña forma un feudo aparte, gobernado por un consejo. Congregados sobre una plataforma del terreno, todos vestidos de lana oscura, los notables del lugar discuten gravemente, durante largas horas, los asuntos de la aldea; ninguno levanta la voz y nadie podría saber, viéndolos, cuál de ellos lleva la batuta». Todas estas libertades no están salvaguardadas más que allí donde el cantón montañoso está suficientemente alto, protegido contra las grandes rutas y donde tiene difícil acceso, caso relativamente raro hoy en día, pero infinitamente más frecuente en aquellos tiempos, antes de que se multiplicaran las redes de caminos y vías de comunicación. Así permaneció mucho tiempo al margen, lejos de las rutas de los vehículos, aunque unida al resto de la isla de Cerdeña por una planicie de fácil acceso, la serranía de Nurra. En un mapa del siglo XVIII encontramos la siguiente inscripción, estampada por los ingenieros piamonteses: «Nurra,