El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
La traición de la burguesía
ejercicio del derecho… Los pleitos la nutren.[154] Su papel va reduciéndose por doquier. En Lentini, Sicilia, los magistrados de la ciudad, en el siglo XVI,
se reclutan exclusivamente entre la nobleza.[155] Nobles son, por ejemplo, Francesco Grimaldi y Antonio Scammacca, síndicos de la ciudad, que en 1517 logran que ésta se reintegre a la Corona, o aquel Sebastián Falcone, que, desempeñando el cargo de “giurato e sindaco”, consigue en 1537, a cambio de un pago de 20 000 escudos oro a Carlos V, que la ciudad no sea enajenada a grandes feudatarios, y que, refrendando una vieja costumbre, se confirme el antiguo privilegio que reserva a la nobleza de la ciudad el derecho a regentarla. No creamos, sin embargo, que se librará una lucha sin cuartel entre los señores y las ciudades realengas de Sicilia. Aun allí donde éstas se hallan en manos de los burgueses, la burguesía tiende invariablemente a entenderse con los nobles y sus clientelas. Estamos ya lejos de los días en que los consoli y los sindaci de los gremios luchaban contra ella por el gobierno de las ciudades. Y aún más: en Aquila, al norte del reino de Nápoles, vemos cómo el cargo de sindaco dell’Arte della lana se convierte, virtualmente, a partir de
1550, en una prerrogativa de la nobleza.[156] Si consideramos uno a uno estos[II-104] jalones cronológicos, resulta evidente que el proceso había comenzado muy temprano.
La traición de la burguesía
Aunque el orden social parece modificarse, el cambio es, de hecho, más aparente que real. La burguesía no siempre es eliminada o descartada brutalmente; es ella misma la que traiciona su destino.
Traición inconsciente, pues no existe todavía, en realidad, una clase burguesa que verdaderamente se sienta tal. Tal vez porque es todavía muy poco numerosa. Incluso en Venecia vemos que los cittadini representan,
como mucho, a fines de siglo, 5 o 6% de la población total de la ciudad.[157] Por todas partes ricos burgueses de la más diversa extracción se sienten atraídos hacia la nobleza: ésta es su sol. Podemos ver reflejadas en sus cartas las curiosas actitudes de Simón Ruiz y Baltasar Suárez con respecto a aquellos que viven como nobles y que aprovechan las ocasiones que se presentan, para explotar a estos prudentes mercaderes siempre preocupados
por sus intereses.[158] La ambición de estos pseudoburgueses es entrar en las filas de dicha nobleza, fundirse con ella o, por lo menos, casar a sus hijas, ricamente dotadas, con maridos nobles. Desde comienzos del siglo XVI, en Milán, estos matrimonios causan asombro y escándalo, pero no por eso dejan de ocurrir. Y nuestro guía, Bandello, a pesar de ser un hombre liberal, se escandaliza. Una mujer noble se desposa con un mercader sin antepasados distinguidos; al quedar viuda, retira a su hijo de los negocios de su marido y
se esfuerza por que recupere su rango en la nobleza.[159] Su conducta no invita a la burla: en esa época se considera perfectamente razonable. En cambio, abundan los comentarios malignos ante una serie de casamientos desiguales y de manchas deshonrosas sobre blasones, que tratan, sin embargo, de sobredorarse con las talegas de la dote. Un pariente de Azzo Vesconte casa, por 12 000 ducados de dote, con la hija de un carnicero. El narrador no ha querido asistir a la boda: “He visto al suegro [añade] vestido con la blusa blanca de carnicero a la espalda, sangrando a una ternera, con los brazos rojos de sangre hasta el codo[…] Si yo tuviera a su hija por esposa, creería estar[II-105] oliendo siempre a carnicero. No me atrevería a levantar nunca más la cabeza”.
[160] Y no es, ni mucho menos, un hecho aislado. Uno de los Marescotto toma por esposa a la hija de un jardinero (por lo menos, éste tiene la disculpa de estar enamorado). Lodovico, uno de los condes de Borromeo, grandes feudatarios del imperio, lleva al altar a la hija de un panadero, y el marqués de Saluces da su nombre a una vulgar campesina. El amor, sí: pero también el dinero santifica estos casamientos desiguales. “He oído decir varias veces al conde Andrea Mandello di Caorsi [prosigue el narrador] que cuando una mujer tiene más de 4 000 escudos de dote, se la puede desposar sin pensarlo mucho, aunque sea de las que prostituyen su cuerpo detrás del Domo de Milán. Creedme: quien está forrado de dinero, siempre y cuando que esté bien
forrado, es noble; sólo la pobreza es plebeya.”[161]
Lo mismo observamos en Milán, que pasa a ser, a comienzos de este siglo, una ciudad liberal; las alianzas entre personas de distintas clases sociales podían ser, por un instante, temas cómicos, pero la cosa sube pronto de tono y la tragedia se puede producir en cualquier momento, como en
Ancona, en 1566. Se llama a un médico,[162] hijo de un humilde sastre, para atender a la hija de una joven viuda noble (con siete hijos y 5 000 escudos). Cuando ella anuncia que quiere casarse con el doctor, Mastro Hercule, se desencadena el drama; el médico es detenido y salva su vida por los pelos — después de pagar 200 ducados de multa—, gracias a la decisiva intervención de un protector suyo que, desde Ravena, viene en su rescate a la cabeza de un grupo de hombres a caballo. En España, el tono es siempre muy alto, pues aparece situado en el plano trágico de la honra y el deshonor. Leamos el Tizón
de la nobleza,[163] en el que Barres posa la vista para soñar con la España toledana. La obra se ha atribuido falsamente al cardenal de Mendoza. Sin creer a pie juntillas todo lo que dice —ni lo que dicen otros libros verdes—,