El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

La falsa alarma de 1591

 

Sabemos que desde 1589 y desde las conversaciones de la paz turco-persa, y, sobre todo, a partir de 1590, con la firma de esta paz, la atención de Turquía se vuelve ampliamente hacia el Occidente. Hemos hablado, en su lugar oportuno, de la pequeña expedición marítima de Hasán Veneciano, durante el verano y el otoño de 1590, con el objetivo de Trípoli. Esta expedición de alcance limitado marca los comienzos de un nuevo periodo de actividad marítima de los turcos en el Mediterráneo.

Pero el largo reposo y la prolongada inacción de la flota otomana habían venido a desorganizar la misma estructura de la marina turca, estructura y bases que no podían reconstruirse más que de un modo lento e imperfecto. Escaseaban los marinos calificados, el arsenal carecía de obreros expertos y no había siquiera efectivos suficientes para nutrir las indispensables tropas de

infantería de marina.[183] Habían bastado 10 años, desde la última expedición de Euldj Alí a Argel, en 1581, para destruirlo todo. Y el esfuerzo de reconstrucción resultaba mucho más penoso y difícil porque faltaba el dinero y porque los corsarios cristianos habían perturbado y desolado concienzudamente los mares del Archipiélago de los que desde hace tanto tiempo venía nutriéndose la fuerza turca.

No debemos, pues, extrañarnos de que la expedición contra Trípoli, en 1590, se limitara estrictamente a sus fines punitivos y no contribuyera a reanimar la guerra hispano-turca. Ni los españoles ni los turcos deseaban encontrar en ella un pretexto para la ruptura. Cuando las galeras de Hasán, después de zarpar de Modón, se dirigieron hacia las aguas africanas, no tocaron a su paso, contrariamente a todas las tradiciones, ni las playas de Nápoles ni las de Sicilia. Por lo demás, durante estos años, la presencia en Constantinopla de un agente español, Juan de Segni, de quien se conservan numerosas cartas en los archivos, en las que abundan más, desgraciadamente, las quejas personales que las explicaciones acerca del objeto de su misión, lleva a pensar que la tregua pudo mantenerse entre las dos potencias, de un modo más o menos formal, hasta el año de 1593. En todo caso, fue en vano, pese a los esfuerzos y a las instancias reiterados de los agentes ingleses y[II-769]

franceses,[184] que la Europa antiespañola intentara reencender en el mar la guerra musulmana contra la poderosa España. En 1591, el agente inglés, apoyado por Hasán Pachá, “general de la mar”, hacía saber al gran señor que Felipe II había retirado de las costas de Italia la mayor parte de sus guarniciones habituales, para engrosar sus tropas comprometidas en Francia.

Y afirmaba ante él que, en estas condiciones, sería fácil para Turquía apoderarse de vastos territorios.

Tentativas infructuosas, pero que despertaron mil ecos, tanto más cuanto que toda una serie de proyectos turcos, pregonados en voz alta, y de discursos destinados a todas luces a causar sensación en el exterior, parecían prometer el éxito, más que el fracaso, a los agentes ingleses o franceses. Mil rumores corrían por el Mediterráneo; rumores muy contradictorios, nutridos sin duda, en parte al menos, por el formidable recuerdo que habían dejado en los espíritus las imponentes flotas turcas de otros tiempos. Decíase que 300 galeras caerían, en la primavera, sobre la Apulia y la costa romana, para invernar en Tolón y dirigirse luego hacia Granada, donde se habían levantado ya los moriscos (rumor éste tan falso como todo lo demás). Tal vez, suponiendo que fueran un poco más modestas, se contentasen con atacar Venecia o Malta, donde los Caballeros acababan de apresar a un galeón más,

cargado de peregrinos que se dirigían a La Meca.[185] Los venecianos, por su parte, pensaban en Candía, donde, según decían, encontraban tantas ayudas y complicidades los corsarios cristianos que merodeaban por las aguas de

Levante.[186] Pese, añadimos nosotros, a los esfuerzos de las autoridades venecianas…

Juan de Segni, sin duda mejor informado, escribe desde Constantinopla

que, aunque se habla de grandes proyectos, no son para este año.[187] El turco ha hecho promesas por escrito al rey de Francia y a la reina de Inglaterra, pero

sólo le obligan para la primavera de 1592.[188] Todos los preparativos parecen ser a muy largo plazo. En relación con ellos, el sultán prepara —prepara,[II-770] solamente— una serie de medidas fiscales: contribuciones “voluntarias” de los pachás y los sandjaks, imposiciones sobre los judíos y otras tasas, cuyo detalle resulta difícil identificar a través de la maraña de las deformaciones

occidentales.[189]

Desde mediados de junio empieza a no hablarse ya de la gran armada

dispuesta para la primavera.[190] ¿Llegará a salir siquiera la pequeña flota

prevista?[191] Se duda de ello. Sí, saldrá, pero se dirigirá solamente a Egipto y

a la Berbería, y si acaso a la Provenza.[192] Así y todo, difícilmente llegará a reunir más de 40 a 60 galeras, y en bastante mal estado. Tal es, al menos, lo

que en Venecia alguien de Pera afirma a Francisco de Vera.[193] A comienzos de mayo se afianza el optimismo. Se ha sabido que los turcos, a pesar de estar la estación muy avanzada, no se apresuran a armar sus galeras, y con tanta lentitud proceden, que no parecen siquiera disponerse a salir al mar al año

siguiente.[194] Saldrán, a lo sumo, una veintena de velas destinadas a la guardia del Archipiélago, según la expresión consagrada, es decir, para

garantizar la seguridad de las comunicaciones marítimas turcas.[195]

El mismo aviso anuncia, sin embargo, que siguen circulando rumores a propósito de las 300 galeras turcas, y del plan de que las refuercen 200 barcos

ingleses.[196] Rumor apoyado, desde luego, en ciertos hechos. A comienzos de

marzo de 1591,[197] el arsenal de Constantinopla ha reanudado, pese a todo, los trabajos, trayendo para ello algunos elementos de la “maestranza” del Archipiélago. En abril se averigua que el turco ha pedido cantidades enormes de lino y de cáñamo a la Transilvania. ¿Para qué, sino para los velámenes y

los aparejos de la futura armada?[198] En junio se advierte una nueva animación en el arsenal. Han comenzado en el mar Negro los trabajos de construcción de galeras. Se remiendan las naves viejas. Llegan a

Constantinopla cargamentos de velas.[199] Nada hay que temer para el[II-771] presente. Pero ¿y para el porvenir? Aunque los turcos no hayan hecho ninguna salida marítima importante en 1591 (han salido algunas galeras de guardia, y el 15 de junio se señala el regreso a Constantinopla de seis galeras

extenuadas, “consumidas de hambre”, de vuelta de un viaje a Berbería),[200]

crece la inquietud en la cristiandad. Mecatti[201]cuenta que la ciudad de Venecia vivía, en este año de 1591, bajo el terror de ver venir a los turcos. Sabemos, y esto sí es verdad, que Venecia se armó, preparó galeras y envió

tropas a Candía.[202]

Alarmas bien explicables. Desde el momento en que Turquía se veía libre de la guerra contra los persas, no podían darse por descartadas sus posibilidades de intervenir. Parece, en efecto, que Turquía había seguido una política de bluff y de chantaje, para obligar a la cristiandad a tomar medidas de precaución y de defensa y a vivir en suspenso. Tal vez también para precipitar, con ello, el envío de un agente español encargado de negociar una nueva tregua y de aportar, al menos para los pachás, las sumas de dinero que solían acompañar las negociaciones. Mil quinientos noventa y uno: ¿no era ésta la fecha en que vencía y debía renovarse la tregua con España? Ya hemos indicado la presencia en Constantinopla de un agente español, Juan de Segni,

un menorquino, confidente, espía y representante, todo en una pieza.[203] Una

carta de Francisco de Vera[204] señala la presencia de otro agente español, un tal Galeazzo Bernón (así lo llama, al menos, el texto español). Pues bien, este personaje, “que avisa y sirve en Constantinopla” indica al embajador español que, en caso de que se reanudara, como se decía, la guerra con Persia, sería inútil mandar a Constantinopla a Juan y Estéfano de Ferrari, “cuya llegada se anuncia en Turquía”. ¿No era éste, casi podría afirmarse con seguridad, el agente preparado para la renovación de la tregua? En una carta de Giovanni

Casteline,[205] otro agente de España, éste italiano, encontramos también algunas palabras que se refieren, seguramente, a este oscuro punto. “Sinán

[Pachá] pregunta —escribe el agente—[206] qué es del español que no acaba de llegar.

[II-772]

 

FIGURA 67. Felipe II trabaja, 20 de enero de 1569. Escrito en el margen de una carta escrita por él al duque de Alcalá, virrey de Nápoles, Madrid, 20 de enero de 1569, Simancas Eo. 1057, f. 105. Son dos comentarios. 1.— en las galeras que el C[omendador] M[ay]or os avisare. 2.— y sera bien que hagáis tener secreto lo de Gran [a] da porq [ue] no llegasse a Constantinopla la nueva y hiziese dar priesa al armada y puédese decir q[ue e]stas galeras vienen a llevar al archi duq[ue]. Granada se sublevó la noche de Navidad de 1569, pero la noticia corría ya por las calles de Nápoles cuando llegó la carta del rey.

[II-773]

 

FIGURA 68. Felipe II trabaja. 23 de octubre de 1576. Esta carta, escrita a Felipe II por Antonio Pérez —de su puño y letra— el 29 de octubre de 1576, informa al rey de la salida de don Juan de Austria hacia los Países Bajos; le transmite, además, dos peticiones de Escovedo. Felipe II responde al margen de cada párrafo. Frente al último (Escovedo pide licencia para ir a los Países Bajos) Felipe II escribe: “muy bien es esto y asi dare mucha priesa en ello”. Simancas Eo. 487. La página ha sido notablemente reducida de tamaño en esta fotocopia. Escovedo fue asesinado el día 31 de marzo de 1577. Este texto ha sido publicado en facsímil por J. M. Guardia, en su edición de Antonio Pérez, L’art de gouverner. París, 1867, según la página LIV.

Urge mucho que llegue con dinero.”[207] El problema de la tregua turco-[II-774] española seguía siendo, pues, tema de conversaciones y de envío de agentes diplomáticos. Pero ¿llegó o no a firmarse la tregua, en 1591, por los tres años acostumbrados? No sabríamos decirlo.

En todo caso, la primavera de 1592 discurrió en calma. Felipe II, en carta de 28 de noviembre de 1591, había llegado a dar al conde de Miranda, virrey de Nápoles, la orden de estar preparado para socorrer Malta, en caso de

necesidad. Este caso no se presentará, contestó el virrey.[208] Y así fue, en efecto. Este año sólo salieron, en una o dos veces, varias galeras turcas, a las

órdenes de Cigala.[209] En octubre, el nuevo general de la mar encontrábase

en Valona,[210] pero era de suponer, dada la avanzada época del año, que sólo fuese allí a recoger los presentes habituales. Por precaución, el de Miranda dio, sin embargo, órdenes para que se concentrasen en Mesina 16 galeras. Por sí sola, esta cifra basta para establecer, a falta de datos precisos, que las fuerzas de Cigala debían de ser bien poca cosa. Por lo demás, el mal tiempo, habiendo impedido que las galeras cristianas zarpasen inmediatamente de Nápoles hacia Mesina, les dio tiempo a saber que Cigala había partido ya para

Constantinopla y a recibir la revocación de la orden de marcha.[211] De estos detalles menudos y sin importancia tal vez podamos inferir que, si en 1591 se hubiese llegado a un acuerdo formal, Felipe II se habría abstenido tal vez de dar una orden tan categórica con respecto a Malta, y el conde de Miranda no habría tomado la decisión de enviar las galeras a Mesina. No deja de ser significativo, además, que ninguno de los dos hable, con este motivo, de la existencia de un acuerdo y del mayor o menor crédito que podría atribuírsele. Podemos, sin embargo, asegurar como cosa cierta que el juego de las negociaciones no se había roto en Constantinopla. Francisco de Vera parece haber andado mezclado en él o, por lo menos, haber tenido en sus manos

alguno de los hilos del oscuro asunto de Lippomano,[212] probablemente agente de España y que, habiendo sido hecho preso por los venecianos en Constantinopla, en 1591, prefirió suicidarse en el viaje de retorno. Desgraciadamente, las oscuridades de este affaire no nos ayudan a[II-775] comprender mejor las realidades de la negociación, en la capital turca.

Tal vez se pensará que el posible fracaso de estos tratos pudo dar origen a la reprimenda que fue, en 1593, el saqueo de las costas de Calabria por la flota turca. Sicilia y Nápoles, prevenidas a tiempo, tomaron en el momento oportuno sus tradicionales medidas de seguridad a lo largo de las costas. Pero, tras una finta sobre Sicilia, un centenar de velas turcas surgieron bastante bruscamente frente a Mesina, en la Fossa San Giovanni, saquearon la plaza de

Reggio y 14 aldeas de su contorno,[213] y en seguida, sin causar otros daños en el litoral, erizado de defensas, recalaron en Valona. Instaurábase, así, una guerra encubierta, difícil de seguir, que ya apenas habrá modo de detener y que es una especie de degeneración de la verdadera guerra entre las armadas turca y española. En una fecha que no podemos fijar con exactitud, tal vez en

1595,[214] las galeras de Sicilia y Nápoles tomaron resonantes venganzas de su enemigo, saqueando Patras y, sobre todo, participando ampliamente en la piratería, en aguas del Oriente. Alonso de Contreras, a bordo de las galeras del duque de Maqueda, sirvió en estas fructíferas operaciones de saqueo, a la vuelta de las cuales, un buen día, se encontró con que, solamente por su parte de soldada a razón de tres escudos, le tocaba “un sombrero lleno de reales

hasta los bordes”.[215] Guerra pequeña, difícil de captar en la multiplicidad de los hechos menudos y (por el lado turco) en perfecta connivencia con los emigrados moriscos y, más aún, con la inquieta Calabria, a la que los avisos nos presentan flanqueada por sospechosos navíos, que navegan por la noche a

lo largo de la costa, con los fanales encendidos.[216] Pero estas menudas asechanzas no son la guerra.

En realidad, los años de 1593, 1594 y 1595 no registran ninguna verdadera lucha entre España y Turquía. En 1594, la flota de Cigala sólo se

hizo a la mar una vez,[217] zarpando de Constantinopla, a más tardar, en julio,

para llegar el 22 de agosto a Puerto Figueredo.[218] Al anuncio de que venían[II-776]

los turcos, se desencadenó el pánico en el reino de Sicilia,[219] carente entonces de toda protección. En efecto, el 9 de septiembre seguían esperando

los napolitanos la llegada de las galeras del príncipe Doria.[220] Si no se hubiese tratado de una falsa alarma, no cabe duda de que el ataque habría sorprendido desprevenida a la defensa española. Pero ya a mediados de septiembre se había restablecido la calma y podía retirarse de las costas de Sicilia la milicia de guardia, sin dejar allí otra protección que la de la “gente

ordinaria”.[221] La flota turca, formada, según se dijo, por 90, 100 o hasta 120

galeras, viró en redondo, muy pronto al parecer, hacia Constantinopla.[222] El 8 de octubre, los 2 500 napolitanos reclutados por cuenta del ejército de la Lombardía y a los que se había retenido hasta entonces, en espera de los acontecimientos, tomaban el camino del norte.

En 1595, nuevas falsas alertas. El 31 de julio, la armada turca estaba en

Modón, su puesto de vigía y de espera.[223] Ello hizo cundir la alarma por toda la Italia meridional. Los españoles prevén la concentración de galeras en

Mesina.[224] Pero se reciben informes secretos, confirmados por la realidad,

anunciando que el turco no saldrá “de sus mares”.[225] La flota española, sin salirse de sus planes, sigue dedicándose, como de ordinario, a transportar tropas hacia el oeste, mientras continúa representándose, como de costumbre, el ballet turco, un juego que sigue siendo, simplemente, un juego de sombras.