El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Pobreza y miseria
Inmensidad y vacío, es decir, miseria y pobreza: «sé encerrar mi hambre en los repliegues de mis entrañas como la hábil hilandera sostiene firmemente en la mano los hilos que sus dedos tuercen», canta un poeta árabe. Y un compañero de Mahoma, Abu Horaira, dice del profeta, «salió de este mundo
sin haberse saciado ni una sola vez de pan de cebada…»[12]. Aun en el corazón de países opulentos, en Bagdad, por ejemplo, ¡cuántos pobres sueñan, como los humildes de las Las mil y una noches, con comer una galleta untada de mantequilla y con la flor de la harina! Ni siquiera se come en todas partes el pan negro o el indigesto cuscús —el mâach— de los pobres del Magreb: por lo general, hay que contentarse con la galleta de grano toscamente amasada, la hessera primitiva, hecha de cebada y rara vez de trigo.
País pobre, país sin agua desde tiempo inmemorial; país sin fuentes, ríos, plantas ni árboles. Llaman «pasto» a una mísera vegetación herbácea; la madera es rarísima. Con la zona árida comienzan las casas de arcilla; la interminable fila de aldeas que se extiende desde la India hasta el África tropical, son, como se ha dicho, «campos de barro». Las construcciones de piedra, cuando las hay, constituyen aquí, una obra de arte excepcional; los canteros construyen según una técnica especial consistente en colocar las piedras sin apoyarse en ninguna armazón de madera. Porque no hay madera: hay que recordar el precio que alcanzan en las tierras del islam los preciosos cofres de cedro. Pensemos, por contraste, en los bellos muebles del Renacimiento italiano, en los arcones y los bargueños que el arte toledano gustaba de realzar con aplicaciones de oro. Aquí, el problema no es la construcción de galeras o de navíos, como en el Mediterráneo; es la simple cocina cotidiana, el humilde fuego, que el campesino prende entre dos piedras. En las profundidades del desierto todo sirve de alimento: alguna ramita, raíces, hierbas secas, la paja o el esparto, la corteza de palmera datilera, «el estiércol de camello», de caballo o de buey que se ha secado al
sol[13]. Ni siquiera las ciudades privilegiadas consiguen librarse de esta constante penuria. En El Cairo la gente usa como combustible el estiércol seco, o la paja de la caña de azúcar, o la muy rara y costosa leña que naves y galeras traen de Asia Menor y Alejandría. Soluciones precarias todas ellas: en
noviembre de 1512[14] hay tal falta de combustible que incluso las cocinas de los altos dignatarios dejan de funcionar, pues, ¿dónde encontrar leña cerca de El Cairo?
A pesar de todo, plantas, animales y hombres han perdurado y se han mantenido en este espacio hostil, verdadero anœkoumène, como si hubiera, no
solo un horror físico, sino un horror biológico de la naturaleza al vacío[15]. Así ha dicho un geógrafo. De hecho, en el curso de las amplias oscilaciones y catástrofes climáticas de la era cuaternaria, el hombre, al igual que los demás seres vivos, se ha visto con frecuencia sorprendido, atrapado y obligado a adaptarse lo mejor que ha podido: se pueden encontrar poblaciones residuales tanto entre los árabes de Arabia como junto a los tuaregs. En todo caso, salvo en los oasis, que raramente cubren áreas extensas, los hombres solo han podido mantenerse en pequeños grupos. Pero sin sus rebaños, ni siquiera esto habría sido posible. Estos desiertos han sido durante milenios la patria del asno, del caballo, del camello y del dromedario. En el Sahara corresponde al dromedario el papel predominante. «El hombre es el parásito del camello», dice una expresión habitual. Y con él comienza la gran historia de los desiertos. Sin embargo, «al hacer posible la nomadización y, paralelamente, un asentamiento humano menos localizado, el dromedario ha dado al hombre la facultad de explotar la vegetación en áreas cada vez más amplias y
variadas», siendo, según un experto[16], «el agente intermediario responsable de la persistencia del desierto». Lo cual parece muy posible.
En el mejor de los casos, muy difícilmente llega a vivir el camellero de la leche, la mantequilla y el queso de sus animales, y su carne apenas la come.
Conoce todos los «alimentos de la carestía»: los tuaregs de Air[17] utilizan más de una veintena de plantas salvajes, en especial las semillas del drim, del mrokba, del fonio silvestre, del cramcram, del tawit y los rizomas y tallos
frescos del [18] berdi. Los tubu, a quienes podríamos llamar sus vecinos,
obtienen su pan del fruto del [19] dûm. A esto se añaden los productos de la caza. En el siglo XVI todavía había corderos, asnos, bueyes y camellos, todos ellos en estado salvaje, además de gacelas y antílopes, y, en el Fars Iranio, la
caza de la perdiz y la avutarda da lugar a animadas competiciones[20]. «Entre
Babilonia y Alepo [nota un viajero del siglo [21] XVII ] solo hay cerros de arena, alcaparros y tamariscos que sirven de alimento a los camellos… y los únicos animales salvajes que he visto han sido asnos, caballos, gacelas y ciervos, que a veces pasaban en tales cantidades por delante de la cafila (caravana) que nos cortaban el paso». La pieza de caza más codiciada en el corazón del desierto
siriaco es una variedad de rata, cuya carne se considera un manjar[22]. Que esta vida era muy dura, es fácil imaginarlo; que tenga —con la ayuda de la poesía y la fantasía— sus encantos, resulta aceptable. Un escritor moderno iraquí ha dicho: «Quien prueba una vez la comida de los beduinos queda
hechizado para siempre por ella»[23].