El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Las dimensiones del mar: algunos récords de velocidad

De hecho, los hombres del siglo XVI estaban resignados a todas las lentitudes. Una carta, para llegar de España a Italia, buscaba su camino por Burdeos y Lyon o por Montpellier y Niza. En abril de 1601, una carta dirigida a Enrique IV por M. de Villiers, su embajador en Venecia, llegó a

Fontainebleau vía Bruselas[15]. Entre 1550 y 1560, los embajadores del rey de Portugal en Roma recibían con frecuencia sus cartas por la vía de

Amberes[16]. Y es que la duración de los trayectos dependía menos de la distancia que se había de recorrer que de la calidad y la frecuencia de los correos. Además, el hábito mandaba: tres o cuatro días más o menos no tenían importancia. A fines de 1587, habiendo ocupado los protestantes del «Príncipe de Béarn» la región del Lemosín, quedó cortada la comunicación normal entre don Bernardino de Mendoza, que se hallaba en París, y el gobierno de Felipe II. Hubo que encaminar los despachos por nuevas rutas a lo largo de las cuales no había, desgraciadamente, postas organizadas («por donde no hay postas»), con los previsibles y consiguientes retrasos. Al margen del despacho en que se le informa de esto a Felipe II, estampa estas palabras: «Mas importaría el venir seguros que no unos pocos quatro dias

mas, sino fuese en alguna ocasion que importase mucho la brevedad»[17].

 

Las dimensiones del mar: algunos récords de velocidad

 

Las cifras sobre las cuales podemos trabajar difieren mucho unas de otras. Están, además, esparcidas y rara vez forman series completas y homogéneas. Sin embargo, tendremos una idea bastante exacta de las distancias netas deduciéndolas de las velocidades excepcionales señaladas por los contemporáneos y que nos dan, en términos generales, las dimensiones

mínimas del mar[18].

Las mayores velocidades, de 200 o más de 200 kilómetros por día, solo se

lograban por mar[19], con buen tiempo y, de preferencia, con galeras reforzadas. Por ejemplo, la que envía don Juan de Austria desde Mesina, en

junio de 1582, y que alcanza las costas de Cataluña (Palamós) en seis días[20]. El momento era dramático: don Juan trataba de hacer anular a toda costa la orden que le había dado Felipe II de permanecer inactivo en Mesina con la mayor parte de su flota. La galera encargada de llevar el mensaje hizo el viaje sola, bien armada —según una correspondencia toscana— y navegando

sempre per golfo senza mai toccar terra[21], es decir, en línea recta. En realidad, la hazaña no era inusitada. Dos años antes, y en invierno (diciembre de 1570), Gian Andrea Doria había hecho en cinco días el trayecto de Génova a Palamós; la distancia y la velocidad son menores, pero las dificultades

superadas, comparables[22]. Y 60 años antes el cardenal Cisneros había franqueado en un solo día los 200 kilómetros que separan a Orán de Cartagena, el miércoles 23 de mayo de 1509. Viaje milagroso, «como si

tuviera el viento en la manga»[23]. Era más o menos la velocidad de los viajes

«prósperos» entre Rodas y Alejandría que, según Belon du Mans[24], se hacían en menos de tres días con sus noches. En simples barcos mercantes, bien entendido.

Por tierra, excepciones aparte, las velocidades eran menores, pero más regulares que por el mar, razón por la cual, para las comunicaciones postales, casi siempre se prefería la ruta terrestre, aunque resultaba mucho más costosa, que la marítima. En Europa, las mayores velocidades las alcanzaron, probablemente, los correos de la organización postal de Gabriel de Tassis, en el recorrido Italia-Bruselas vía Tirol, itinerario cuidadosamente estudiado, en el que los retrasos de estacionamiento se habían reducido al mínimo, y en el que, especialmente en Eifel, se utilizaban, por lo regular, atajos. El mismo trazo de esta ruta postal era ya, en sí mismo, una hazaña. Los 764 kilómetros de extensión se franqueaban en cinco días y medio, a la velocidad de unos

139 kilómetros por día[25]. Velocidad que dista todavía bastante de las grandes velocidades excepcionales por mar, pero muy superior, por otra parte, a las velocidades ordinarias de la ruta continental. Por ejemplo, la sensacional noticia de la Noche de San Bartolomé (24 de agosto de 1572) no viajó ni a 100 kilómetros por día de París a Madrid; llegó a Barcelona el 3 de septiembre y solo el 7 de septiembre por la noche alcanzaba la capital de

España[26].

Seguir la pista a la difusión de las grandes noticias es también una manera de medir velocidades excepcionales. Las noticias tienen alas.

La toma de Nicosia, el 9 de septiembre de 1570, se conoció en Constantinopla el 24 del mismo mes; en Venecia, vía Ragusa, el 26 de

octubre, y en Madrid, el 19 de diciembre[27].

Las nuevas de la batalla de Lepanto, ocurrida el 7 de octubre de 1571, arribaron a Venecia el 18 de octubre; a Nápoles, el 24; a Lyon, el 25, y a París

y a Madrid, el 31[28].