El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
El auge del bandolerismo
El auge del bandolerismo [II-135]
Sea de ello lo que quiera, todo parece indicar que, a fines del siglo XVI, se acusa una sensible agravación del bandolerismo. Los bandidos se paseaban a sus anchas de una punta a otra de Italia, mosaico de Estados: perseguidos en unos lugares, se refugiaban en otros y reaparecían más allá, reforzados por las conexiones de este inmenso maquis, aunque debilitados, a su vez, por sus inextinguibles odios. Mecatti, este buen historiador del siglo XVIII, nos cuenta hasta qué punto, hacia 1590, estaba afligida Italia por aquellas bandas de salteadores que, para ventilar sus querellas, se cubrían muchas veces con la
máscara mentirosa de los güelfos y los gibelinos.[293] Y como inmutable telón de fondo de todos estos hechos, el hambre. Algunas de las bandas que bajan de la montaña no son otra cosa que rezzous, muy parecidas a las que, no hace mucho tiempo, se descolgaban de las montañas insumisas de Marruecos sobre las planicies ricas en trigo y en ganado. Eso es lo que da a la Italia de las postrimerías de siglo un clima humano tan curioso. El hambre castiga a
regiones enteras.[294] El bandolerismo brota en todas partes: desde Sicilia hasta los Alpes y del Tirreno al Adriático, largas series de robos, incendios, secuestros, asesinatos y atrocidades análogas a las de la piratería marítima. El horror y la desolación son generales. El economista napolitano Antonio Serra reconoce, en 1613, que hay en Nápoles más crímenes, robos y asesinatos que
en ninguna otra región de Italia.[295] Pero otro tanto sucede en Sicilia y, sobre todo, en el Estado pontificio, donde, durante los interregnos, se recrudece el
bandolerismo.[296] Los confines de Nápoles y de las tierras romanas le
brindan campos privilegiados de acción.[297] Toda una turba heterogénea se lanza a la aventura: asesinos de profesión, campesinos, nobles, curas que cuelgan los hábitos y empuñan el trabuco, frailes que se rebelan contra las órdenes de la Santa Sede… Podemos imaginarnos lo que era esa turba, sin gran miedo a equivocarnos, por las cadenas de galeotes que el Estado[II-136] pontificio entregó durante mucho tiempo a Juan Andrea Doria y de las que algunas veces poseemos las listas. También el número de bandidos en Córcega y Cerdeña era considerable al finalizar el siglo. Obra suya son las
dificultades de la Toscana durante el reinado de Francesco (1574-1587).[298] En los años 1592 y 1593, Italia tratará de desembarazarse de estos enojosos personajes por medio de un indulto en masa, a condición de que pasaran a la
Dalmacia y entraran al servicio de Venecia.[299]
Por lo demás, no es Italia la única que lucha contra este azote. En el norte de África, donde nunca faltaron los salteadores de caminos, los viajeros prudentes (los mercaderes de Constantina, por ejemplo) se trasladaban de un sitio a otro en grupos; los más listos, nos dice Haedo, se hacían acompañar
por marabúes.[300] En Turquía pululaban los ladrones y los bandoleros. En el
siglo [301] XVII, según Tavernier, “toda Turquía está llena de salteadores que andan en grandes bandas y acechan a los mercaderes en los caminos”. Ya desde el siglo XVI, los mercaderes ambulantes que comerciaban en Moldavia y en Valaquia formaban, para protegerse, largos convoyes de vehículos y acampaban en grupos cuyas grandes hogueras se vislumbraban desde lejos.
[302] Como vemos, el comerciante, rodeado de sus fardos de mercancías, corría en tierra tantos peligros como los barcos redondos en el mar…
Pero ningún país nos brindaría una imagen mejor del auge del bandolerismo durante los últimos años del siglo XVI y los primeros del XVII que España; esta España que, después de morir el viejo rey en El Escorial, alcanzará, a pesar de todo, aquel asombroso apogeo del lujo y las fiestas, el arte y la cultura que fue el Siglo de Oro, a la que sirve de marco Madrid, la nueva ciudad que crece a ojos vistas, el Madrid de Velázquez y de Lope de Vega, la doble ciudad de los ricos riquísimos y de los pobres miserables, con sus mendigos durmiendo en los rincones de las plazas arrebujados en sus andrajosas capas, mientras los señores embozados van en busca de galantes aventuras; con sus “serenos”, velando a la puerta de las ricas mansiones, mundo inquietante de rufianes, de capitanes, de criados famélicos, de jugadores tramposos y de mozas de partido, siempre dispuestas a cazar y desplumar a su presa, de estudiantes tocadores de guitarra que han olvidado el[II-137] camino de la universidad, mundo revuelto y abigarrado que se nutre de España entera y que invaden todas las mañanas los campesinos y campesinas de la comarca circundante que vienen a vender el pan. Durante la mayor parte del reinado del Rey Prudente, el país, fuera de la seria conmoción de Granada y de los ataques ingleses a los puertos, había gozado de relativa calma y de una tranquilidad muchas veces envidia del extranjero. Los bandoleros sólo campaban por sus respetos, en crecido número, allá por los Pirineos orientales, en connivencia con la pequeña nobleza catalana y con la vecina Francia. Pero, al llegar los últimos años del reinado, el bandolerismo se generaliza en toda la Península. Aparecen bandidos en el camino de Badajoz,
a la sombra, sin duda, de la campaña contra Portugal[303] en 1580. En Valencia estallan las grandes y violentas disputas, en las que luchan hasta la muerte, unas con otras, las grandes familias señoriales. En 1577 el peligro
llega a ser tan grave, que hace necesaria una nueva “real pragmática”.[304]