El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
La guerra y las civilizaciones
necesidad de hacer violencia a los pobres,[18] de capturar esclavos y de reclutar remeros voluntarios. Venecia irá a buscarlos a puntos tan lejanos como Bohemia. En Turquía y en Egipto, enormes levas forzosas agotan los recursos de la población. Voluntariamente o a la fuerza, una enorme masa de[II-254] hombres avanza hacia las orillas del mar. Si añadimos a esto que los ejércitos de tierra son costosísimos —un tercio español (alrededor de 5 000 combatientes) salía para una campaña, incluyendo soldada, sustento y transporte, por un millón doscientos mil ducados, según los cálculos de fines
de siglo—,[19] comprenderemos entonces la correlación que se establece entre ese desembolso prodigioso que es la guerra y los ingresos de los príncipes. A través de esas rentas, la guerra acaba vinculándose con todas las actividades del hombre. Pero su rápida evolución y su modernización hacen que la guerra acabe rompiendo las estructuras y resortes tradicionales más sólidos, lo que, eventualmente, la condena a ponerse punto final a sí misma. La paz es el resultado de esta inadecuación crónica, de los repetidos retrasos en el pago de las soldadas, del armamento insuficiente; en suma, de todas esas desgracias que tanto temen sufrir los gobiernos, pero que tienen que aceptar como hechos tan inevitables como el mal tiempo o el temporal.
La guerra y las civilizaciones
Todas las naciones experimentan estos conflictos. Pero hay que distinguir entre guerras y guerras. Si pensamos en términos de civilizaciones, personajes principales de los conflictos mediterráneos, habremos de hacer una distinción entre guerras domésticas de una determinada civilización y guerras externas, entre dos mundos mutuamente hostiles. Dicho con otras palabras: distinguir entre —por una parte— las Cruzadas o Yihads, y los conflictos internos de la cristiandad o del Islam, por otra, pues estas grandes civilizaciones se consumen por dentro en interminables guerras civiles, fratricidas, luchas entre el protestante y el católico, entre el sunnita y el chiíta.
Estas distinciones son de gran importancia. En primer lugar, consienten una delimitación geográfica regular, pues cristiandad e Islam corresponden a espacios determinados, con fronteras conocidas, sean continentales o líquidas. Todo esto resulta obvio. Pero también nos ofrecen una interesante cronología. Al hilo de los años se observa que a una época de guerras externas le sigue otra de guerras interiores. No existe, desde luego, una clara línea divisoria, pero es fácil, en cambio, observar la transición; y ésta brinda una nueva[II-255] perspectiva en medio de un confuso periodo de la historia, iluminándolo de una forma que no es ni artificial ni ilusoria. Difícilmente se puede evitar llegar a la convicción de que determinadas ideologías de signo contrario se establecen firmemente y luego se ven sustituidas. Por el lado cristiano, donde la evidencia documental es más rica, la Cruzada, es decir la guerra exterior, será la fuerza dominante hasta, más o menos, 1570-1575.
Se clamaba por ella con más o menos fervor, con muchos circunloquios y habilidades, con tibieza, si se quiere, y a la que, a veces, se oponían rotundamente los contribuyentes o las mentes frías. Pero ¿acaso la Cruzada no había tenido siempre sus fervorosos partidarios y sus derrotistas? A pesar de las notas disonantes, es indudable que predominaba en la cristiandad del siglo XVI un sentimiento general de religión combativa y apasionada. En España, esto era natural. Pero también lo observamos en Francia, a pesar de todas las habilidades y compromisos de la política real. En Ronsard encontraríamos fácilmente pruebas de este espíritu de Cruzada teñido de helenismo. Salvar Grecia, “ojo del mundo habitable”, y hacer algo por Cristo, nos dice el poeta… Este mismo sentimiento persiste, incluso, en los países del norte que se han pasado o están a punto de pasarse al protestantismo. Cantábanse por toda Alemania aquellos Türkenlieder (canciones contra los turcos), venidos de los lejanos campos de batalla del sureste. Al mismo tiempo que pide que se libere Alemania de la explotación romana, Ulrico de Hutten sostiene que con el dinero recuperado de este modo se fortifique el país y se ensanche a costa de los turcos. También Lutero defendió siempre la necesidad de guerrear contra los dueños de Constantinopla. Y recordemos, asimismo, que en Amberes se hablaba también de romper con el infiel y, mejor aún, que en Inglaterra, donde tanta inquietud causaban los triunfos católicos en el Mediterráneo, producían el mismo regocijo las derrotas de los turcos: Lepanto, por ejemplo, llenó a la vez de duelo y alegría los corazones de los
ingleses.[20]
Pero Lepanto es una conclusión. Venía anunciándose desde hacía mucho tiempo un eclipse de la Cruzada, aunque sólo fuese en España, por una morofilia literaria bastante curiosa. El brillo de la victoria de 1571 crea una ilusión: apenas nos damos cuenta de que uno de los dramas de Lepanto es el aislamiento de don Juan de Austria, cruzado tardío, como más tarde lo será su[II-256] sobrino, don Sebastián, el héroe de Alcazarquivir. El sueño de estos dos personajes ya no cuadra con su época. La razón de ello es, en parte, el auge de la reacción católica contra la Reforma, por lo menos a partir de 1550, verdadero cambio de frente ideológico. La cristiandad mediterránea renuncia a una guerra para emprender otra; su pasión religiosa ha cambiado de sentido.
En Roma, el viraje se manifiesta con los inicios del pontificado de Gregorio XIII (1572-1585), que se inauguró, en efecto, con una brusca hostilidad contra la Alemania protestante. Tal es la grande, la nueva tarea del soberano pontífice, y no aquella moribunda Santa Alianza a la que había heredado y que se rompe, en abril de 1573, por la traición de los venecianos… Toda la política romana va a bascular hacia el norte, en el momento oportuno, por lo demás, para el éxito de las negociaciones hispano-turcas. Los allegados a Felipe II mostráronse más de una vez recelosos ante las treguas con el sultán, que se concluían año tras año entre 1578 y 1581. Pero la Santa Sede permanece en silencio. Lo que ahora le preocupa es la lucha contra el norte protestante, involucrar al Rey Católico en los negocios de Irlanda y, con ello, contra Inglaterra, lo que da ocasión para ver al Rey Prudente no adelantándose a las tropas de la Contrarreforma, sino marchando en pos de ellas…
Es muy natural que, con este cambio de viento, en el último tercio del siglo XVI pierda su fuerza la idea de la Cruzada contra el islam. En 1581, la Iglesia de España protesta, no contra el abandono de la guerra turca, sino tan sólo contra el pago de impuestos que ya no tienen, ahora, razón de ser.
Sin embargo, después de 1600, con el amortiguamiento de las guerras protestantes y el lento retorno a la paz de la Europa cristiana, la vieja idea de la Cruzada cobra nueva vida en las márgenes del Mediterráneo, lo mismo que en Francia con motivo de la guerra turco-imperial de 1593 a 1606. “Después
de 1610—anota un historiador—,[21] la turcofobia que había hecho mella en la opinión pública degeneró en una verdadera manía.” Se enciende todo un sistema de fuegos de artificio, hecho de proyectos y esperanzas; hasta que, una vez más, la guerra protestante viene a echar todo esto por tierra, en 1618.
25. El sitio de una plaza de África, por Vicente Carducho. Se trata posiblemente del peñón de Vélez (1564). Obsérvense las elegantes líneas de los diferentes tipos de navíos. Madrid, Academia de San Fernando. Foto: Más, Barcelona.
26, 27 y 28. Galeras durante un temporal, en el puerto, y en combate. Dibujo a pluma de un galeote toscano, hacia 1560. Manuscrito de la Biblioteca Marciana de Venecia.