El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Los presidios: un expediente para salir del paso

La citada cifra de 200 000 ducados referíase exclusivamente a los gastos de personal, a los que había que añadir muchísimos otros. Por ejemplo, los gastos de conservación y construcción de las fortificaciones: para las obras de la nueva Goleta, Felipe II envió 50 000 ducados en 1566, y otros 50 000 dos años más tarde, y seguramente que estos dos envíos no serían los únicos. Había, además, el aprovisionamiento de municiones, que era muy gravoso. En

1565, por ejemplo, un solo envío de municiones para La Goleta [98] incluía 200 quintales de plomo, 150 de cuerda para arcabuces, 100 de pólvora sutil (a razón de 20 ducados el quintal), 1 000 cestos terreros, 1 000 palas con sus mangos, habiendo ascendido el costo de todo a 4 665 ducados, sin contar los gastos de transporte. En 1560, para transportar un envío de la misma magnitud, habría sido necesario movilizar ocho galeras. Para las[II-276] construcciones, cada presidio contaba con su caja propia, de la que se tomaba el dinero, llegado el caso, para reembolsarlo después. Valdría la pena estudiar con precisión estos presupuestos. Podríamos averiguar, así (independientemente de la primera inversión de fondos necesaria para la conquista propiamente dicha, de 500 000 ducados, por ejemplo, para la toma del Peñón en 1564, sin incluir los gastos de la flota), la pesada carga financiera que representaban estas minúsculas fortalezas, que constantemente había que remendar, consolidar o extender, avituallar y pertrechar…

Para establecer una comparación, diremos que, en la misma época, la salvaguardia de las Baleares (a pesar de estar bastante amenazadas) sólo costaba 36 000 ducados, y otro tanto, sobre poco más o menos, la vigilancia de las costas entre Cartagena y Cádiz. El sostenimiento anual de una galera costaba 7 000 ducados. La guardia de los presidios, entre 1564 y 1568, inmovilizaba, aproximadamente, 2 500 hombres en concepto de guarnición normal, y 2 700 como guarnición extraordinaria (la que se trasladaba allí en la primavera para retirarse al comenzar el invierno; por lo menos, ésta era la regla, pues los retrasos en las llegadas y, más todavía, en los relevos de estas guardias, eran frecuentes). Cinco mil hombres, es decir, más de los efectivos

que el Rey Católico mantenía en todo el reino de Nápoles.[99] Sin querer entrar en los cálculos y consideraciones dignos de aquellos speculativi de que nos habla un agente genovés, podemos decir que habría valido más, tal vez, mantener 30 galeras que sostener los presidios africanos. En todo caso, lo importante de estas cifras es que demuestran, sin dejar lugar a dudas, el enorme esfuerzo desplegado por España en las costas berberiscas.

 

Los presidios: un expediente para salir del paso

También Ricard[100] se pregunta si esta solución, que era un expediente “para salir del paso”, no se prolongaría más tiempo del aconsejable. Al desembarcar en México, Cortés quemó sus naves: estaba dispuesto a triunfar o a morir. Las guarniciones del norte de África podían contar siempre con la llegada del barco que les llevaba el agua, el pescado, las telas y los garbanzos. La intendencia se encargaba de abastecer y alimentar a sus soldados… ¿Acaso la superioridad técnica del cristiano, que le permitía establecer y[II-277] mantener en las costas africanas fortalezas en que “se defendía con los cañones”, le relevaba de un esfuerzo más directo y más rentable? No cabe duda de que así era, hasta cierto punto. Pero el país se defendía también gracias a su inmensidad y a su aridez. Allí no era posible vivir como los conquistadores de América, que avanzaban arreando por delante sus manadas de bueyes o sus piaras. También se pensó en plantar hombres allí; ya en la época de Fernando el Católico se tenía el propósito de poblar las ciudades africanas con moriscos castellanos; hacia 1543 se hablaba de colonizar el

cabo Bon.[101] Pero ¿cómo hacer que vivieran los hombres trasplantados? ¿Y dónde encontrar los hombres en aquella España aventurera, atraída por las riquezas de América y las buenas posadas de Italia? Se pensó también en infundir vida económica a aquellas plazas fuertes, en incorporar a ellas, como se pudiera, las vastas regiones interiores, de las que habrían podido vivir. En la época de Fernando el Católico, y más tarde en la de Carlos V, se suscitó

una curiosa polémica económica[102] en torno al fomento de los puntos de escala del norte de África, con el fin de abrir campo allí a los navíos catalanes y obligar a las galeras venecianas a tocar en aquellos puertos… Pero todo fue

en vano… En 1516,[103] la duplicación de los aranceles aduaneros en los[II-278] puertos mediterráneos de la Península no consiguió obligar a los barcos venecianos a concentrar su comercio africano en Orán. Las corrientes comerciales del Magreb se retiraron, por sí mismas, de los presidios españoles y prefirieron utilizar como puntos de salida Tadjura, Misurata, Argel, Bona, puertos todos que escapaban al control de los cristianos. El tráfico de estos puertos libres marca, a su modo, el fracaso de las “fronteras” españolas; al igual que en Marruecos, a finales del siglo XVI, el auge de los puertos marroquíes de Larache, Salé y el cabo Gué subraya el hundimiento de los puntos de apoyo portugueses, cuya prosperidad se mantuvo durante mucho

tiempo. El comercio entre España y el norte de África[104] —si no nos equivocamos, más inclinado hacia el Atlántico marroquí que hacia la Berbería mediterránea— vuelve a animarse después de 1580; llegaban a las costas africanas tejidos (paños, sedas, terciopelos, tafetanes y telas varias), cochinilla, sal, perfumes, laca, coral, azafrán, y, por millares de docenas, los bonetes simples o dobles de Córdoba y de Toledo; y los barcos se llevaban del país berberisco azúcar, sebo, cueros de vaca y de cabra y oro. Todos estos intercambios (salvo algunas transacciones efectuadas en Ceuta y en Tánger) se hacían al margen de los presidios. Éstos habían quedado fuera de los grandes circuitos comerciales. En estas condiciones, no era extraño que los presidios, cuyo único comercio se hallaba en manos de buhoneros y pequeños tenderos, no prosperaran ni se expandieran. Contentábanse, sencillamente, con no morir.

La vida de los presidios tiene que haber sido miserable. Los víveres se

pudrían con la humedad y la gente era diezmada por las fiebres.[105] Los soldados pasaban hambre todo el año. Durante mucho tiempo las vituallas sólo llegaban por el mar; a partir de entonces, pero sólo en Orán, las regiones de los alrededores suministraban la carne y el trigo, abastecimiento que casi

se regularizó al finalizar el siglo.[106] Las guarniciones vivían, pues, casi[II-279] como las tripulaciones de los barcos, sin saber lo que comerían al día siguiente.

La estación reguladora de Málaga, con sus “proveedores”,[107] y ayudada a veces por los servicios de Cartagena, aseguraba el abastecimiento del sector oeste: Orán, Mers el Kebir y Melilla. Poseemos pruebas de que los servicios adolecían de fallas, de que había fraudes y prevaricaciones, y no podía ser de otro modo. No debemos, sin embargo, exagerar estas venalidades. El tráfico de Málaga era considerable, y por esta vía llegaban al África municiones, víveres, materiales de construcción, soldados, forzados, peones y mujeres de

mala nota.[108] El aprovisionamiento y el transporte planteaban serios problemas. El trigo, por ejemplo, había que comprarlo, hacerlo venir del interior en recuas de burros, medio de transporte que resultaba demasiado

oneroso.[109] De los almacenes de la intendencia a los muelles del puerto y de éstos a los presidios, nuevas tareas y nuevas dilaciones. El mar estaba infestado de piratas. En invierno, cuando el corso daba alguna tregua, podía despacharse a Orán, si acaso, un “corchapín”, dos o tres barcas, una tartana y

hasta algún que otro galeón marsellés o veneciano[110] requisado, al que se obligaba a transportar los víveres o las municiones. Más de una vez, las barcas caían en manos de los galeones de Tetuán o de Argel y, con un poco de suerte, podía rescatárselas, por dinero, de manos de los corsarios, en el momento en que, según su costumbre, anclaban al abrigo del cabo Falcón. Los piratas, y con ellos la indolente intendencia, eran los culpables de las continuas hambres que asolaban los presidios del oeste.