El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Entre Túnez y Sicilia

Y durante las primeras décadas del siglo XVI comienza una nueva fase de la expansión griega a lo largo de todo el mar. La aventura de los Barbarroja, aquellos marinos islamizados de Lesbos establecidos en Yerba y después en Djidjelli, grandes transportadores de musulmanes españoles ansiosos de huir de la Península, también corsarios y, desde 1518, los amos de Argel; esta aventura no es un simple accidente. Ni tampoco la de Dragut —que parece calcada de la anterior—, este otro griego a quien desde 1540 encontramos merodeando por las costas de Túnez y a quien, en 1556, vemos instalado en Trípoli de Berbería, ocupando el lugar de los Caballeros de Malta, a quienes los turcos habían expulsado de allí cinco años antes. El destino del Archipiélago en el siglo XVI se halla bajo el signo de la expansión griega.

 

Entre Túnez y Sicilia

 

Acaso sea más difícil poner en claro el papel de ese mar sin nombre, de ese espacio marítimo mal individualizado que entre el África y Sicilia despliega sus bajos fondos cuajados de peces, sus bancos de coral y de esponjas, sus islas (a menudo deshabitadas por su poca extensión): Favignana, Maretimo y Levanzo, en la punta oeste de Sicilia; Malta, Gozzo y Pantelaria, en pleno mar; Tabarca, La Galita, Zembra, Yerba y las Kerkenna, pegando a la costa tunecina. No obstante, los límites de este espacio marítimo son claros y definidos: corresponden a los del antiguo «puente» geológico tendido de Sicilia al África: al este, una línea trazada entre Trípoli y Siracusa; al oeste, otra raya entre Bona y Trapani. El eje esencial corre de norte a sur, de Sicilia al África. La vida de relación entre el este y el oeste, entre el Levante y el Poniente, lo llena de tráfico. Pero aquella vida se desplaza generalmente al norte, hacia la gran ruta del estrecho de Mesina, y en el sector Sicilia-África no tiene la densidad de las corrientes de norte a sur.

Estas últimas lo han dominado todo, haciendo oscilar ese conjunto en su totalidad tan pronto hacia el sur como hacia el norte. A capricho de la historia, ese conjunto es musulmán en la época de los aghlabitas, y desde 827, año en que comienza la conquista, hasta 1071, en que fue arrebatada al islam su ciudadela de Palermo, fue normando o estuvo a punto de serlo a partir del siglo XI, pues la expansión normanda que pasó de Nápoles a Sicilia no se detuvo con la reconquista de esta gran isla, sino que se desbordó sin tardanza hacia el sur por la guerra, la piratería, el comercio e incluso la emigración hacia las tierras africanas. Los angevinos y los aragoneses continuaron más tarde esta política dictada por la vecindad. Atacaron más de una vez el litoral africano, donde impusieron tributos a los emires de Túnez, y fueron dueños de Yerba de 1284 a 1335. Mientras tanto, el mercader cristiano se instalaba por doquier, especialmente en los suks de Túnez y de Trípoli, obteniendo privilegio tras privilegio. Por su parte, el soldado cristiano, y sobre todo el mercenario catalán, futuro dueño de Sicilia (las Vísperas Sicilianas datan de 1282), encontraban en África aventuras casi tan jugosas como en el Oriente. Muy pronto, desde el siglo XII, los marineros catalanes frecuentaron los bancos de coral de Tabarca.