El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

III. Las llanuras

 

Y aún es más fácil equivocarse en lo referente al papel que desempeña la llanura en el Mediterráneo. Si decimos: la montaña, el eco responde: austeridad, aspereza, vida atrasada, población dispersa. Si decimos: la llanura, responde un eco de abundancia, de comodidad, de riqueza, de alegría de vivir. En el tiempo en que nos situamos, y tratándose del ámbito mediterráneo, es más que probable que el eco engañe a quien lo escucha.

Es cierto que hay en el Mediterráneo planicies pequeñas y grandes encajadas entre los pliegues alpino-pirenaicos de las cadenas montañosas, frecuentemente producidas por hundimientos seguidos de terraplenes: el producto del trabajo paciente de los lagos, de los ríos o de los mares. Huelga decir que, más o menos extensas (solo una docena de ellas son importantes, si no por sus recursos, al menos por sus dimensiones) y también más o menos cercanas al mar, estas llanuras presentan un aspecto totalmente distinto al de las montañas que las circundan. No tienen la misma luz, ni los mismos colores, ni las mismas flores, ni el mismo calendario. Mientras que el invierno se eterniza en la Alta Provenza y en el «delfinado», «no dura más de un mes» en la Baja Provenza, “de sorte qu’en cette saison mesme, on y void des roses,

des oeillets et des fleurs d’orange [187] ”. El embajador De Brèves, que el 26 de junio de 1605 va, junto con sus compañeros de viaje, a ver los cedros del Líbano, se sorprende de las diferencias que produce la altitud: «Aquí [en el Líbano] viñas y olivos apenas estaban comenzando a florecer y el trigo a amarillear, y en Trípoli [en la costa] ya se veían uvas, las olivas estaban

gordas, el trigo segado y los demás frutos muy adelantados»[188]. Un flamenco, Pierre Coeck d’Alost, presenta un informe, acompañado de dibujos, acerca de las dificultades que ha encontrado, además de la pluye, vent, neige o gresle, al cruzar las montañas de Esclavonia. «Cuando se llega a la zona de las planicies, todo se hace más afable: mujeres griegas […] se acercan a vender a los viajeros toda especie […] de provisiones de boca y artículos útiles, como son herraduras, cebada, avena, vino, pan o tortas cocidas en la

ceniza caliente»[189]. Del mismo modo, en 1573, Philippe de Canaye se regocijaba de encontrarse, a la salida de los nevados montes de Albania, con

las risueñas planicies de la Tracia[190]. Muchos otros, al igual que él, se han sentido conmovidos ante la gracia de las cálidas planicies que parecen

propicias al hombre[191].

Parecen. Porque es indudable que, aunque fuesen poco extensas, estas

llanuras se han sometido siempre con facilidad a la voluntad del hombre[192]. El hombre se posesionó inmediatamente de las eminencias, de los altozanos

estratégicos, de las terrazas fluviales[193] y los rebordes montañosos. Plantó en ellas grandes aldeas apretadas, y a veces, hasta sus ciudades. Por el contrario, en el fondo de los valles —siempre amenazados por las aguas—, la dispersión del habitat fue a menudo la regla. Así vio Montaigne la llanura de Luca, y Belon du Mans la de Brousse; así hemos visto siempre la llanura de Tremecén, valorizada ya por los romanos: en el centro, los huertos, los campos regados; en los bordes, los plantíos y los viñedos; un poco más lejos, la hilera de las aldeas célebres; el mismo espectáculo que tuvo bajo los ojos y

que describió hacia 1515 León el Africano[194]. Lejos de estos centros habitados se sitúan, como en virtud de la ley de los círculos de Thünen, las

grandes propiedades de cultivo extensivo[195].

Las vastas planicies mediterráneas no han sido objeto de fácil conquista. Durante mucho tiempo no fueron aprovechadas por el hombre más que de

modo imperfecto y transitorio. Hasta hace muy poco, en 1900[196], no se acabó de valorizar la región de Mitidja, detrás de Argel. Solamente en 1922 logró la colonización griega triunfar, en la llanura de Salónica, sobre las

marismas[197]. Y hasta en vísperas de la segunda Guerra Mundial no se dio cima a los trabajos de saneamiento en el delta del Ebro y en las lagunas

pontinas[198]. Esto nos advierte que en el siglo XVI las grandes planicies no eran tan ricas como generalmente se cree. Por aparente paradoja, presentaban con mucha frecuencia cuadros de tristeza y desolación.

Enumeremos. ¿La campiña romana? Un semidesierto, a despecho de una serie de poblaciones fundadas en el siglo XV y proseguidas durante el XVI. ¿Las marismas pontinas? Una cañada para unos cuantos centenares de pastores, y refugio de hordas de búfalos salvajes; en esta comarca solamente abundaba la caza de toda especie, incluyendo el jabalí, índice seguro de una esporádica ocupación humana. Igualmente desiertas las tierras del Bajo Ródano, apenas abordadas hace solamente una veintena de años por algunas

«bonificaciones» ribereñas[199]. Vacía, totalmente vacía, la llanura de Dirraquio; todavía lo está ahora, por lo demás. El mismo delta del Nilo estaba

insuficientemente poblado[200]. Y el del Danubio era lo que continúa siendo: un impresionante pantano, un mundo anfibio, casi inextricable, con islas flotantes de vegetación, bosques cenagosos, tierras febriles, y en este ambiente hostil, donde pulula la vida salvaje, algunos miserables pescadores. En Anatolia, hacia 1554, Busbec recorrió más allá de Nicea llanuras sin pueblos ni casas; es aquí, observa, «donde pastan las cabras cuya piel sirve para hacer camelotes», lo que vale tanto como decir que esta zona queda