El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
I. La batalla del 7 de octubre de 1571
Decir que la batalla de Lepanto engendró por sí sola estas múltiples
consecuencias es quizá ir demasiado lejos. Pero sí contribuyó a ellas. Y el[II-584] interés que para nosotros tiene, en cuanto experiencia histórica, es tal vez ante todo el señalar, a la luz de un ejemplo insigne, los límites mismos de la historia de los acontecimientos.
I. LA BATALLA DEL 7 DE OCTUBRE DE 1571
La Liga, es decir, la alianza, la lucha en común contra el turco, debía sellarse el 20 de mayo de 1571. Después de las discordias del verano y ante los recíprocos recelos de los futuros aliados, teniendo en cuenta sus intereses dispares y sus habituales discordancias, por no decir que sus hostilidades, si algo hay en esto de extraordinario y de asombroso, es que la unión pudiera llegar a establecerse.
Una conclusión tardía
Los españoles reprochaban a Venecia, y no sin pruebas, sus intenciones de entenderse con el turco tan pronto como sus intereses se lo aconsejaran, y los pontificales desconfiaban tanto como los españoles, si no más, de la sinuosa señoría. Los venecianos, por su parte, obligados a luchar con aplastantes dificultades, recordaban de mala gana el precedente de 1538-1540. Franqueados todos los obstáculos, durante el verano de 1571 y en medio del torbellino de noticias que pasaban por Venecia, circulan los rumores más inverosímiles: dícese que los españoles se preparan a obrar contra Génova, primero, y luego contra la Toscana y contra la misma Venecia. Habría que saber, evidentemente, de dónde venían estos rumores, quién los fabricaba, a quién favorecían, con qué miras se los propagaba. Aunque es posible, también, que se extendieran por sí mismos, nacidos simplemente de los recelos populares.
Los comisarios encargados de discutir y llevar a buen término la conclusión de la Liga tenían ante sí, por tanto, una tarea pesada y espinosa. Representaban a España los cardenales Pacheco, Granvella y Juan de Zúñiga,
quienes se encontraban en Roma cuando, el 7 de junio, recibieron del rey[1] la orden de que asumieran las nuevas funciones (orden que lleva fecha de 16 de mayo). Venecia, por su parte, confió la misión a su embajador ordinario en Roma, Miguel Suriano, sustituido en octubre por un nuevo embajador, Giovanni Soranzo. El papa designa, por su cuenta, a los cardenales Morone,[II-585] Cesi, Grasis, Aldobrandino, Alessandrino y Rusticucci, los dos últimos para que asistieran a las sesiones sin carácter oficial.
Las negociaciones fueron difíciles. Por tres veces se interrumpieron, desde la primera sesión, celebrada el 2 de julio de 1570, hasta la última: la primera vez, de agosto a octubre de 1570; la segunda, en enero y febrero de 1571, y la tercera, cuando ya todo parecía arreglado, de marzo a mayo de 1571. Durante estas dos últimas suspensiones, Venecia, a pesar de sus denegaciones oficiales, intentó incluso entenderse con los turcos. En enero, a raíz de las decepciones de la campaña de otoño, envió al secretario del
senado, Jacopo Ragazzoni,[2] a Constantinopla, donde, por lo demás, nunca habían llegado a interrumpirse las conversaciones entre Mehemet Sokobi y el baile veneciano. Este intento de reconciliación retrasó la firma de la Liga: Venecia no se decidió a estampar su firma hasta que no estuvo absolutamente segura de su fracaso en Constantinopla.
Tampoco los diplomáticos, que se reunían en días más o menos fijos en los salones del cardenal Alessandrino, tenían en sus manos las cartas del juego, por muy sutiles y por hábiles que fuesen. En realidad, su misión sólo consistía en observar a los otros, en escudriñar los textos, en enviar largos informes y luego, cumpliendo las órdenes recibidas, en allanar las dificultades o en suscitarlas. Atados por sus instrucciones, lo estaban aún más por la necesidad de remitirse a sus gobiernos respectivos para cualquier decisión importante. Lo que venía a sumar a sus negociaciones la lentitud inherente a las distancias.
Si la decisión hubiera estado en sus manos, los comisarios pronto habrían llegado a un acuerdo, sobre todo con la presencia del papa, muy impaciente por sellarlo. Se vio bien esto durante la primera fase de las negociaciones: de julio a agosto, en seis semanas, sentaron las bases de un proyecto. Los pontificales desbrozaron el camino desde el primer día, al proponer como base de discusión el acuerdo de 1537, modificado a tono con las exigencias del momento. A comienzos de septiembre corrió el rumor de que la Liga
había quedado ultimada.[3] Y, en efecto, aunque ello no fuese verdad, habían[II-586] sido abordados, con método y objetividad, todos los grandes problemas. Los negociadores habían llegado al acuerdo de que la Liga se formalizara por 12 años cuando menos. Sería una liga ofensiva y defensiva, en contra de los turcos y de los Estados vasallos del norte de África, Trípoli, Túnez y Argel. Así se había convenido por petición expresa de los españoles, quienes siempre tenían en preparación o en proyecto alguna expedición norafricana y pretendían, por tanto, asegurarse su futura libertad de movimientos en lo que
consideraban como su esfera de acción.[4] Otros puntos aceptados eran éstos: el alto mando de la flota aliada se confiaría a don Juan de Austria; los gastos comunes se dividirían en seis partes, con tres de las cuales correría el rey de España, con dos Venecia y con otra el Santo Padre. En cuanto a los víveres, España (pues a ella se referían los términos generales del acuerdo) abriría sus mercados de Italia a los venecianos, prometiendo precios de venta razonables y obligándose a no elevar las tasas y otros derechos de exportación. Venecia, que no podía prescindir del trigo turco sin recurrir al de Apulia o Sicilia, había
insistido mucho en este punto.[5] Finalmente, se prohibiría a los confederados tratar separadamente con Turquía sin el consentimiento previo de los otros signatarios.
El proyecto hubo de ser enviado a los gobiernos para que lo examinaran y enmendaran, lo que explica la primera suspensión de las negociaciones desde agosto a comienzos de octubre.
Las conversaciones reanudáronse el 21 de octubre. Pero, entre tanto, se había desarrollado la inútil campaña de Levante. Tras largos y meticulosos exámenes, Felipe II decidióse, sin embargo, a enviar los poderes necesarios para la conclusión definitiva del acuerdo, aunque con algunas enmiendas. Venecia, en cambio, volvió brutalmente sobre su acuerdo, negándose a ratificar lo que estaba ya casi ultimado. Había cambiado deliberadamente de comisario y, so pretexto de poner a su nuevo representante al corriente de todo lo actuado, lo sometió todo a revisión, en un tono más agrio que nunca y en una confusión intencional provocada por múltiples torneos oratorios e inútiles digresiones. La señoría empezaba a pensar que se había[II-587] comprometido a la ligera. Volvió, pues, sobre todos y cada uno de los detalles a que podía agarrarse para no verse obligada a firmar: sobre el precio de los víveres, los límites de los poderes atribuidos al general en jefe, el plan de las operaciones, la parte alícuota de cada aliado en los gastos… Los españoles, y sobre todo Granvella, se entregan entonces a un malhumor cada vez más agrio. Cosa muy natural, por otra parte, pues los negociadores tenían todo el invierno por delante. Por último, en diciembre, ante un problema tan pequeño, como el de quién sería lugarteniente de don Juan (¿el jefe de las galeras del papa o el gran comendador de Castilla?), se interrumpió de nuevo la conferencia, con el más vivo desagrado, lógicamente, del Santo Padre.
Esta segunda interrupción duró varias semanas. Al cabo de ellas, y habiendo accedido el Rey Católico a que el papa designara el lugarteniente sobre una terna de candidatos propuestos por España, los comisarios reanudaron sus trabajos en febrero. A comienzos de marzo quedó redactado el proyecto de un segundo acuerdo. Pero esta vez Venecia aguardaba los resultados de la misión de Ragazzoni en Turquía, lo que hizo que fuese dando largas a su aquiescencia, bajo diversos pretextos, hasta mayo. El 20 de este mes fueron cambiadas las firmas, y cinco días más tarde, el 25 de mayo de
1571, se proclamaba oficialmente la Liga en la basílica de San Pedro.[6]
Tratábase, en principio, de un foedus perpetuum, de una “confederación perpetua”. Hecha esta declaración, las potencias signatarias contentábanse con prever un acuerdo militar por tres años (1571-1573), obligándose los aliados a enviar todos los años una flota formada por 200 galeras y 100 barcos redondos, llevando a bordo un contingente de 50 000 soldados y 4 500 hombres de caballería ligera. Aunque dirigida contra Levante, la Liga no excluía, sino que, por el contrario, preveía eventuales expediciones contra Argel, Túnez o Trípoli. Para atender a los gastos, se estipulaba que, caso de que la Santa Sede no pudiera pagar su parte alícuota, Venecia y España cubrirían, respectivamente, las dos y las tres quintas partes de los gastos[II-588]
totales.[7] En cuanto a los víveres, se hablaba simplemente de precios razonables y de que no se aumentarían las tasas y otros derechos a la salida de los géneros. Los aliados comprometíanse a no concertar ninguna paz separada.
Tal es, muy a grandes rasgos, la larga y difícil historia de la conclusión de la Liga de 1571.
Estas lentas negociaciones fueron seguidas desde lejos con la atención y la pasión que podemos imaginarnos. Y el hecho de que los franceses las siguieran y las observaran con más acritud que los otros demuestra, por sí solo, que volvía a perfilarse una política francesa enderezada contra la grandeza de la casa de Austria. Con fecha de 5 de agosto de 1570 (es decir, entre el armisticio del 14 de julio y la paz del 8 de agosto), Francés de Alava escribía a su soberano: “Aqui esperan que no acabara, diziendo que los venecianos seran grandes ignorantes si vienen en ello no quedando libres para acordarse a su voluntad con un tan gran enemigo. Aqui procuran quanto pueden deshazerla y concertarlos con el Turco y si estos van al passo que agora han tomado, no me espantaria que para el año que viene offreciessen al
Turco a Tolon y se le diessen”.[8] El 28 de agosto, en Roma, cuando corrían los rumores más optimistas acerca de la inminente conclusión de la alianza cristiana, el cardenal De Rambouillet seguía expresando el mismo parecer; es decir, opinaba que “será una cosa muy hermosa para ponerla por escrito y que… podrá estamparse sobre el papel, pero… jamás veremos sus resultados