El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Piratería cristiana en Levante

narices cristianas cortadas en toda regla. En 1564,[186] los Caballeros de San Esteban hacen, con cuatro galeras, su primera salida “in forma di religione” y[II-300] van hasta Levante, donde se apoderan de dos ricos navíos turcos.

Es evidente que este inventario de presas dista mucho de ser completo. Sin embargo, en esta época todavía no son saqueadas de un modo inmisericorde las costas de Levante. Un informe veneciano de comienzos de la primavera de 1564 señala la presencia de 12 galeras “ponentinas” en el

Archipiélago.[187] Cifra nada desdeñable, es cierto; pero por los mismos años la piratería musulmana clava todos sus dientes en las riquezas occidentales con veintenas y treintenas de fustas y de queches. No guardan, pues, proporción, en esta época, los estragos de los unos y las fechorías de los otros.

 

Piratería cristiana en Levante

 

Levante, por el contrario, desde 1574, se abre de par en par a la piratería ponentina. Los Caballeros de Malta abandonan prácticamente las vecinas costas de Berbería para dedicarse de manera exclusiva a incursiones hacia el Oriente. El aumento es visible en lo que se refiere a las galeras toscanas. No es que sean más numerosas, pues siguen operando en bandas de cuatro o

cinco. Pero son embarcaciones rápidas y poderosas. En 1574[188] hacían el viaje de ida y vuelta hasta Rodas y Chipre en 29 días solamente (un 7 de agosto zarpaban de Mesina y un 5 de septiembre arribaban a Catania). Lo que no les impedía hacer bruscas incursiones hacia el oeste. De vez en cuando

algún galeón del gran duque probaba también suerte en el mar.[189] El

pintoresco libro de Guarnieri,[190] que exalta estas salvajes hazañas, no dice todo lo que habría que decir de esta historia activa, dinámica, a cada instante reveladora del tráfico del mar oriental turco, lleno de gerbe, de caramusali, de passa cavalli, de barcas, de bergantines y de grandes naves ponentinas. Los informes sobre los corsarios que obran en los archivos de Florencia, documentos de gran precisión, están llenos de detalles vivos. Vemos, una vez más, al veneciano con sus galeras lanzarse entre Cerigo y Cerigetto como un perro mastín; vemos las galeras con su cruz roja virar de borda hacia Italia y

perderse hacia la noche protectora.[191] En una palabra, se trata de viajes[II-301] directos, sin historia. Con buen viento se iba aprisa y de pronto se divisaba la tierra: un cabo, mil fuegos que iluminaban la noche, o bien las velas, signo frecuente de que la tierra estaba próxima. O los lentos viajes a lo largo de las costas, de aguada en aguada, entre las abras o cerca de la arena de las costas desoladas. Hasta las mismas presas se describen rápidamente, como se describe un trabajo rutinario, sin la menor sensiblería: un caramuzal, tantos cañonazos de la capitana para destrozarle las vergas o para desmantelarlo, tantos muertos de un lado, tantos del otro… Después, el recuento de lo que se encontró a bordo: griegos, turcos, pescado seco, especias, sacos de arroz, tapices… Y se pasaba, sin perder tiempo, al siguiente punto. En dos palabras se nos explica la astucia clásica: si se osa entrar al Archipiélago “alla

turchesca, costeggiando la terra firme” [192] , suele tomarse sin combate a quienes se presentan para embarcarse, creyendo que se trata de las galeras del gran turco. Y nos enteramos también de las prácticas habituales del oficio: hundir los navíos inútiles después de haber sacado de ellos lo esencial; torturar al capitán genovés de alguna nave veneciana, colgándole con una piedra pesada de los pies, hasta que confiesa llevar a bordo “géneros” judíos o

turcos; en seguida convenir en una indemnización,[193] por ejemplo, de unos 1 000 escudos, pagaderos en fardos de seda de 150 libras, calculados a razón de un escudo la libra; o bien, cuando ello es posible, armar el navío cargado de arroz o de trigo que se acaba de capturar, y, después de dotarlo de una tripulación griega, lanzarlo hacia Sicilia, pidiendo a Dios y a todos los santos que llegue a buen puerto… En un barco turco ya vaciado se embarca a los griegos del navío anterior echado a pique; y si acaso se encontraba algún pope

que protestaba demasiado, se le conducía a Malta sin más ceremonias.[194]

Para conocer toda la historia de estos viajes violentos, habría que descubrir en los archivos no sólo los informes relativos a sus batallas y a sus presas, sino calcular el deber y el haber de estas peculiares empresas comerciales, estudiar los mercados no menos especiales creados por la[II-302] piratería, especialmente el de los hombres que se compraban y vendían; especialidad de Malta, de Mesina y de Liorna. Una lista de los cautivos decididos a pagar rescate (se indica el lugar de nacimiento y conduce al lector

de Fez a Persia y al mar Negro),[195] una relación de forzados, con sus edades y lugares de origen, bastan para calcular los beneficios de los piratas de San Esteban y de su hábil maestre. Este provecho se adivina también, a través de las innumerables cartas que escribían al gran duque las casas rivales de

Trípoli o de Argel.[196] En ellas se le pide que libere a alguien a cambio de quien él quiera; o que escuche las recomendaciones que, en forma respetuosa, dirigía la esposa de Arnaut Mami a la gran duquesa en persona. Y se le suplica que, en todo caso, se digne aceptar el caballo que se le envía como presente…

También estos datos hacen pensar en que la rueda había girado. En 1599, cinco galeras, con la cruz roja en la gavia, se apoderan de la ciudad de Quíos

y la conservan por un instante.[197] En 1608 la flota de San Esteban apresa cerca de Rodas todos los barcos turcos cargados de peregrinos que se dirigen

a La Meca.[198] En Constantinopla, hasta las propias represalias que se planean son represalias propias de personas débiles… En 1609 se habla en el diván de prohibir las peregrinaciones a Jerusalén, en la esperanza de que el

mundo cristiano se indigne contra el saqueo de los toscanos.[199] Definitivamente, los tiempos habían cambiado, y toscanos y malteses, estos

invasores del Archipiélago, como les llama un documento de 1591,[200] no eran los únicos que lo comprendían. También forzaban su entrada al Levante

los corsarios sicilianos, napolitanos y hasta los berberiscos,[201] sin hablar de los temibles diminutos enemigos que eran los levantinos, quienes no pocas veces se ponían de acuerdo con la gente de guardia para esquilmar lo poco[II-303] que aún podía esquilmarse en aquel miserable Archipiélago. Los napolitanos (salvo el periodo comprendido entre 1575 y 1578) apenas aparecen en número

considerable hasta fines de siglo,[202] si damos crédito a los informes procedentes de Venecia. Hasta entonces, los virreyes permiten a los navíos armarse para el corso por su cuenta o por cuenta de particulares. No es extraño encontrar entre estos corsarios a un Alonso de Contreras, cuyos relatos sobre las fechorías cometidas en las islas son particularmente crudos, y a dos capitanes provenzales a quienes en París se atribuían negros proyectos.

[203]

Por el contrario, en Sicilia empezó a operar, desde antes de 1574, todo un enjambre de corsarios, cuyo campo eran las aguas de Levante. Algunos llegaron a ser célebres, como Filipo Corona, Giovanni di Orta, Jacopo Calvo, Giulio Battista Corvaja y Pietro Corvaja, que merodeaban en Lepanto con algunos más, y especialmente el asombroso Césare Rizzo, especialista en reconocimientos en el Levante; de la gran batalla en la cual tomó parte con su fregatina ligera, empenachada de velas, sacó como trofeo para la capilla de Santa María de la Gracia, en la parroquia de San Nicolo Kalsa en Mesina, una campana que los turcos, el año precedente, “haviano priso a l’isola di

Cipro” [204] . Y muchos más; por ejemplo, aquel Pedro Lanza, griego de Corfú, cazador de fragatas y de queches, de navíos y de súbditos venecianos, a quien Ribera, gobernador de Bari y de Otranto, tomó a su servicio en 1576-1577.

[205] O Felipe Cañadas, famoso corsario, que en 1588 mandaba uno de los

queches corsarios de Pedro de Leyva, general de las galeras de Sicilia,[206] quien también saqueaba navíos venecianos.