El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
IV. España, a mediados de siglo
Tenemos un relato muy completo de este viaje de regreso del rey [260] en el Diario de Jean de Vandenesse, completado en cuanto a los detalles por
algunas cartas que escribe a Margarita de Parma, Ardinghelli,[261] [II-405] preceptor
del joven Alejandro Farnesio, rehén de la política española que su madre ha accedido a que sea enviado a educarse en la Península y que acompaña al rey en su viaje. Digamos de pasada que el tradicional relato del romántico desembarco de Felipe II en Laredo —tal como podemos leerlo en Watson, Prescott o Bratli— es falso de los pies a la cabeza. No es cierto que el príncipe arribase a las costas de España solo, con peligro de su vida, en una pobre barquilla, mientras que el océano se tragaba tras él toda su flota, sus tesoros, los mil señores de su séquito y sus preciosos bagajes. Se desencadenó, es cierto, una tormenta, que sacudió duramente las pesadas urcas que seguían al convoy, pero una carta del propio Felipe II, fechada el 26
de septiembre de 1559, declara que solamente un barco faltó a la lista.[262] En[II-406] cuanto al rey, estaba ya en tierra, sano y salvo, y llevaba, indudablemente, toda una jornada pisando suelo firme. Toda esta escenografía es, pues, una invención, tal vez amañada por Gregorio Leti, quien se complace en describir morosamente el supuesto desastre, “verdadero augurio de todas las desgracias
y desventuras que, andando el tiempo, habrían de sucederle al rey”.[263]
IV. ESPAÑA, A MEDIADOS DE SIGLO
¿A qué España retornaba el rey? A una España, indudablemente, ansiosa de volver a verlo.
Desde hacía varios años, todo el mundo clamaba por su regreso. La
regente y los Consejos, desde 1555,[264] y las Cortes de Castilla, reunidas en
1558,[265] y que reclamaron con insistencia su reintegración al país. El propio Carlos V juzgaba indispensable su presencia en España y todos los funcionarios de la Península la demandaban en sus cartas. Si echamos, por[II-407]
ejemplo, un vistazo a la correspondencia de Francisco Osorio,[266] vemos que en casi todas sus páginas se hace alusión a este famoso regreso del rey, que lo remediaría todo, dice Osorio, cuando las noticias son malas, y haría que las buenas fuesen aún mejores. Y cuando, por fin, se reciben las buenas nuevas, Osorio escribe: “El alegria y contentamiento que estos reinos de V.M. tienen de las paces y de la buena venida de V.M. a estos reinos es tan grande que no
se le puede encarecer”.[267]