El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

La batalla del 7 de octubre[80]

Al acercarse, Veniero, no queriendo dejarse encerrar en el golfo con el resto de las fuerzas navales de Venecia, abandonó las costas de Morea y Albania, donde había logrado dar algunos venturosos golpes de mano sobre Dirraquio y Valona. Con seis galeazas, tres navíos y 50 galeras sutiles, buscó la base de Mesina, adonde llegó el 23 de julio. Esta retirada, aunque salvaguardaba su libertad de movimientos, dejaba el campo libre a los turcos

en el Adriático.[76] Éstos se movieron por él a sus anchas, saquearon la costa y las islas dálmatas, se apoderaron de Sopoto, Dulcigno, Antivari y Lesina y atacaron Curzola, donde sus habitantes les opusieron enérgica resistencia. Mientras tanto, los soldados de Achmet Pachá, avanzando por tierra, se apoderaron de cuanto estaba a su alcance. Por su parte, Euldj Alí hizo una incursión sobre Zara, y otro corsario, Kara Hodja, asoló el mismo golfo de

Venecia…[77]

La señoría, alarmada, se puso a hacer a toda prisa levas en la Apulia y en

Calabria, con autorización de Granvella.[78] Pero la flota turca, pensando sin duda, como Veniero, que el Adriático podía ser una trampa peligrosa, no se dejó embotellar totalmente en estas aguas y enderezó la parte esencial de su esfuerzo sobre Corfú. La isla, evacuada por sus habitantes, fue saqueada y[II-600] devastada sin el menor esfuerzo; sólo el enorme castillo de la fortaleza, que era como un islote en el interior de la isla, quedó a salvo de los asaltantes. Después de esto, la flota turca se extendió desde Corfú hasta Modón, a la expectativa de lo que hicieran los aliados. La noticia de que se había sellado la Liga había llegado, en efecto, a los países turcos, ya en junio, vía Ragusa…

Por una vez, la precoz toma de posiciones de su flota no representaba, para los turcos, una ventaja. Durante estos meses de guerra de guerrillas sólo había conseguido fatigar sus fuerzas y agotar sus víveres. De otra parte, lanzándose a lo más fácil, incendiando y saqueando las aldeas del Adriático, habían olvidado lo esencial: la flota veneciana de Candía, que, gracias a ello, pudo salir sin esfuerzo de su escondite. A fines de agosto, con los dos proveedores, Agostino Barbarigo y Marco Quirini, sus 60 galeras iban a

reunirse, sin encontrar impedimento alguno, a la gran flota aliada.[79]

 

La batalla del 7 de octubre [80]

 

Cuando don Juan llegó a Mesina, la moral de los aliados era bastante baja y las galeras concentradas distaban mucho de encontrarse en perfecto estado de marcha. Pero la llegada de las naves de don Juan, de admirable porte, produjo una magnífica y profunda impresión. Y, algo más importante todavía, el contacto del príncipe con sus subordinados inmediatos, Veniero y Colonna, fue excelente. Cuando quería, don Juan sabía producir una impresión encantadora en quien lo abordaba. El brujo desplegó todos sus encantos: ¿acaso no podía depender de este primer contacto la suerte de una expedición[II-601] que tanto le apasionaba? Pero don Juan supo también obrar, y, gracias a su dinamismo, lo que era una armada naval dispareja acabó convirtiéndose en un todo homogéneo. Viendo las galeras venecianas desguarnecidas de soldados, hizo subir a bordo de ellas a 4 000 soldados, españoles e italianos, todos al servicio del Rey Católico. Lo que representaba, ya de por sí, un gran éxito. Es fácil adivinar las dificultades y los recelos que el capitán general hubo de vencer para que esta medida fuese aceptada por los venecianos, tan desconfiados por naturaleza. De pronto, todas las galeras de la flota pasaban a ser idénticas entre sí e intercambiables; sin llegar a entremezclarse excesivamente, las tropas podían cambiar de navíos, y así lo hicieron, en efecto, como lo demuestra el orden de marcha de la flota.

Cuando se reunió el Consejo de la Liga, la armada pudo darse cuenta también de que tenía un jefe. No se disiparon de golpe todos los nubarrones, pero los sujetos habituales de discordia fueron esfumándose. Don Juan no quería escamotear a los venecianos, y éstos lo comprendieron, una campaña directa contra el turco, ni, sobre todo, imponerles, en lugar de esta ofensiva, una expedición contra el norte de África, y, en particular, contra Túnez, como era el deseo de Felipe, de tantos españoles y de toda Sicilia. En su fuero interno, don Juan habría deseado incluso avanzar hasta Chipre y seguir por el Archipiélago adelante, hasta los Dardanelos. La decisión final, más juiciosa, fue salir al encuentro de la armada enemiga y darle la batalla.

La flota aliada zarpó de Mesina el 16 de septiembre. Su primer objetivo era la isla de Corfú, donde se esperaba encontrar noticias precisas acerca de la posición de la flota enemiga. Se supo, en efecto —y los navíos exploradores lo confirmaron—, que el enemigo se encontraba en el largo golfo de Lepanto. Por lo demás, las informaciones disminuían la importancia de las fuerzas otomanas. Por su parte, los informes de los turcos incurrían en el mismo error con respecto al enemigo. Fiándose de estos informes, el almirante turco y su consejo de guerra decidiéronse a ofrecer batalla o, mejor dicho, a lanzarse sobre los navíos cristianos a lo largo de las costas de Corfú. Entre tanto, el consejo de guerra aliado, en una sesión bastante dramática, optaba asimismo por el combate, en contra del parecer de los prudentes y los pusilánimes. La tenacidad de los venecianos, que amenazaban con batirse ellos solos, la decisión de los pontificales y el entusiasmo de don Juan, que no vaciló en[II-602] salirse de las instrucciones tan estrictas recibidas de Felipe II, decidieron el encuentro.

No cabe duda de que, en este caso, don Juan fue el instrumento del destino. Estaba honradamente convencido de que no podía defraudar a Venecia ni a la Santa Sede, sin perder el nombre y el honor. Zafarse era, según él, entregar a la cristiandad; combatir y perecer no era, siempre y cuando que se conservara la amistad de Venecia, comprometer íntegramente el porvenir, ya que con la cooperación de los venecianos siempre cabría el recurso de reconstruir una flota cristiana. Tal es el alegato que don Juan

sugerirá más tarde,[81] para explicar su iniciativa; y esto fue, sin duda, lo que pensó en aquellos momentos. Pasado un año, don García de Toledo todavía temblaba solamente de pensar que don Juan se lo había jugado todo a una carta; todo, es decir, la única defensa de Italia y de la cristiandad. Temeridad y locura, pensaron los hombres cuerdos y juiciosos al día siguiente de la victoria, imaginándose lo que habría sido la derrota y viendo mentalmente los navíos turcos lanzados en persecución de los aliados hasta Nápoles o Civitavecchia…

Las dos flotas que se buscaban una a la otra encontráronse de improviso el 7 de octubre, con la aurora, a la entrada del golfo de Lepanto, donde la flota cristiana logró inmediatamente (y fue un gran éxito táctico) embotellar a su adversaria. Frente a frente cristianos y musulmanes, pudieron entonces, con gran sorpresa por ambas partes, contar sus fuerzas respectivas: 230 barcos de guerra del lado turco, 208 del lado cristiano. Seis galeazas bien guarnecidas de artillería reforzaban las galeras de don Juan, que, en su conjunto, se hallaban mucho mejor dotadas de cañones y de arcabuces que las galeras turcas, a bordo de las cuales muchos soldados combatían todavía con arcos.

Los numerosos relatos que se han conservado de la batalla —entre ellos, el estudio del vicealmirante Jurien de la Gravière— distan mucho de ser de una objetividad histórica perfecta. No es fácil desentrañar en ellos la verdad y decir a quién corresponde el mérito de la resonante victoria. ¿Al jefe, a don Juan? Sin duda alguna. ¿A Juan Andrea Doria, que, en la misma víspera de la batalla, tuvo la ocurrencia de mandar abatir los espolones de las galeras, para que, al hundirse más la proa en el agua, el tiro de las piezas de crujía perdiese[II-603] algo su curvatura y diese directamente en las planchas de madera de los flancos de los navíos turcos? ¿A las potentes galeazas venecianas, que, colocadas delante de las líneas cristianas, dividieron el grueso de la armada turca y dislocaron sus filas con la asombrosa potencia de sus fuegos? Estas galeazas, inmóviles, o dotadas, por lo menos, de muy poca capacidad de maniobra, ¿no actuaron como una especie de barcos de línea o fortalezas flotantes? No debemos menospreciar tampoco el papel de la excelente infantería española, que, con su valentía y su arrojo, contribuyó en una medida considerable a la victoria en este combate casi terrestre; ni el orden admirable de las galeras españolas, las más temidas por los turcos de todas las