El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Grandes propietarios y campesinos pobres
En términos humanos, el arroz de Lombardía sale caro. Representa un trabajo hecho en espantosas condiciones físicas, una esclavitud de trabajadores tanto más desheredados cuanto que, por no estar unidos y organizados, no podían quejarse. Los arrozales no requieren una mano de obra permanente, sino considerables masas de trabajadores ocupados por temporada, durante unas cuantas semanas, para las faenas de la siembra, el trasplante y la recolección. Todo este cultivo descansa sobre las migraciones temporales de los obreros agrícolas. No requiere la presencia permanente del propietario sobre el terreno, más que para ajustar los salarios y vigilar las faenas. Siglos más tarde, Cavour recorrió así sus tierras de Leri, en el Bajo Piamonte vecino, ajustando él mismo los salarios y vigilando desde la aurora
el trabajo de los jornaleros[255].
Con casi todos los cultivos de las planicies ocurre, sobre poco más o menos, lo mismo. Estas tierras, fáciles de trabajar, en las que los surcos pueden tirarse a cordel, se prestan para el empleo regular de bueyes o de búfalos, para la fuerza animal. Solo en la época de las cosechas o de la vendimia requieren una abundante mano de obra de montañeses ajustados a destajo. Después de unas semanas de trabajo, los peones se vuelven por donde vinieron. Son verdaderos proletarios rurales; también lo son frecuentemente, claro está, los campesinos sedentarios establecidos de un modo permanente en estas tierras.
La información abierta en 1547 por los españoles[256] sobre la propiedad en Lombardía reveló que los campesinos no poseían ni 3 % de la fértil región de las tierras bajas; en cambio, como ya lo hemos dicho, les pertenecía la gran mayoría de las tierras pobres de la altura. Nada revela mejor que estas cifras la condición humana de las planicies. En condiciones miserables de higiene y salubridad, el campesino, en estas tierras, tiene que vivir, además, ganando muy poco. Todo tiene dueño, y lo que produce es para el amo. El campesino, que es con frecuencia un recién llegado, un hombre sencillo arrancado a su montaña, se deja engañar por la gente de la planicie, el terrateniente o su administrador. En muchos casos es, de hecho, una especie de esclavo colonial, cualquiera que sea, sobre el papel, su condición jurídica.
Grandes propietarios y campesinos pobres
Comparemos las planicies bonificadas del Mediterráneo con los bosques roturados de la Europa del Norte. Como toda comparación, esta tiene sus límites. En medio de las tierras deforestadas, en las nuevas ciudades, ha surgido un mundo más libre, a la manera americana. Uno de los dramas del Mediterráneo (aparte de algunas regiones nuevas que facilitan el
individualismo agrario)[257], una de las razones de su tradicionalismo y de su anquilosamiento, es que aquí las regiones nuevas se hallan bajo el control de los ricos. Un hacha o un pico bastan en el norte, como más tarde bastarán en América, para roturar y cultivar la buena tierra nutricia. En el Mediterráneo hace falta contar, para ello, con el permiso del rico y el poderoso. Los terrenos van bonificándose poco a poco, y solo al cabo de los años logran aprovecharse extensiones de alguna consideración. Y esto solo se logra mediante el empleo del elemento humano, en grandes masas, trabajando codo con codo, con sujeción a una disciplina que supone un orden social estricto. ¿Estaban, o podían estar, poblados de campesinos libres Egipto o la Mesopotamia, en el siglo XVI? En España, cada vez que se pasa del secano al regadío, se pasa también de la zona de un campesino relativamente libre a la de un campesino literalmente esclavo. Por otra parte, el español heredó del musulmán todas sus grandes obras de irrigación, una vez consumada la Reconquista. Las tomó intactas, y por añadidura, con la mano de obra servil necesaria para su buen funcionamiento. ¿Qué eran sino fellahs los hombres que en el siglo XVI cultivaban las vegas de Lérida, y la Rioja del Ebro, y Valencia, Murcia y Granada?; fellahs, o más exactamente moriscos, a quienes el señor ibérico amaba y protegía como a un capital, del mismo modo que protegió a sus esclavos del Nuevo Mundo.
Pese a los recursos naturales de la región, el campesino de las tierras llanas sobrelleva una mísera existencia. Las novelle de Bandello nos hablan de los medieros de Milán; medieros mediatizados y celosamente vigilados. El propietario tiene su habitación, su cama hecha, en la finca que va a inspeccionar; y los productos de las tierras afluyen ininterrumpidamente a la casa de la ciudad. Por cada mediero que desaparece, diez bergamasquinos aguardan para ocupar el puesto que deja vacante.
La planicie pertenece al señor[258]. Hay que descender a las veigas portuguesas para encontrar las casas de los fidalgos, los solares, con sus
enormes escudos blasonados[259]. La ancha y baja planicie de la marisma sienesa, en que hacen estragos las fiebres, al igual que en la vecina marisma toscana, está salpicada de castillos señoriales. Sus anacrónicas siluetas feudales dominan todo el paisaje, con sus torreones y murallas. Evocan, por sí solos, un tipo de sociedad, la abrumadora presencia de los señores territoriales que dominaban el país sin vivir siquiera en él, pues estos castillos solo les servían de residencia momentánea. Por lo general, los señores vivían en Siena. Habitaban en las grandes casas de la ciudad que aún se conservan; son esos palacios en que suelen penetrar los enamorados de Bandello, con la ritual complicidad de los sirvientes, por las escaleras que suben al amplio granero donde se amontonan los sacos de trigo, o bien por los corredores que
conducen a las piezas, siempre un poco abandonadas, del sótano[260]. Siguiéndolos, podemos adentrarnos en el seno de esas viejas familias y enterarnos de las comedias y de las tragedias cuyo desenlace sobrevendrá secretamente en los viejos castillos de la marisma, lejos de la ciudad, de sus comadreos y de la vigilancia familiar. ¿Cabe imaginarse mejor escenario para ejecutar, a la moda italiana del siglo, en medio del aislamiento creado por la fiebre y el sofocante calor, a la esposa infiel o sobre la que recaen sospechas de serlo? La explicación climática habría encantado a un Barrès. Pero no debemos perder tampoco de vista la complicidad social que asegura al homicida la casi impunidad, en estas tierras del bajío donde él es amo y señor. La planicie es el feudo de los ricos.
«En la llanura [escribe Robert Montagne [261] a propósito del Sous marroquí de hoy en día], la separación entre los ricos y los pobres aumenta rápidamente. Los primeros poseen los huertos; los segundos, los cultivan. Los campos de regadío dan cereales, legumbres y frutas en abundancia. El aceite de oliva y de argán constituye otra riqueza, que se transporta en odres hasta las ciudades del norte. La mayor proximidad de los mercados facilita la introducción de los productos extranjeros, de tal suerte que la vida de un notable de la planicie de Sous va pareciéndose cada vez más a la que se lleva en otras provincias donde el Maghzen ha reinado desde siempre. Pero al mismo tiempo, la vida de los jornaleros que trabajan los huertos —los klemmas— se torna más y más miserable». Esta nos parece que ha sido la regla general de las llanuras del mundo mediterráneo. Una distancia considerable separa aquí al rico del pobre, pues los ricos son, en estas tierras, muy ricos, y los pobres, muy pobres.
La gran propiedad sigue siendo aquí la regla. El régimen señorial —por lo general, fachada de esta— encontró en esta región condiciones naturales para sobrevivir. En Sicilia, en Nápoles o en Andalucía, los mayorazgos señoriales se han transmitido, sin desmembraciones, hasta los tiempos contemporáneos. Otro tanto ha ocurrido en las grandes planicies orientales de los Balcanes, en Bulgaria, en Rumelia y en la Tracia, en las regiones productoras de trigo y arroz, bajo el régimen turco, con sus grandes propiedades y sus poblaciones de siervos; este régimen se ha enraizado profundamente en estas regiones, al
paso que casi se ha extinguido en el montañoso oeste[262]. Por supuesto, hay excepciones, de acuerdo con la localidad y las circunstancias, como la primitiva campiña romana o las actuales democracias campesinas de Valencia, del Ampurdán y el Rosellón.
«Estas llanuras [escribe Max Sorre refiriéndose a las dos últimas][263] han sido siempre regiones de pequeña y mediana propiedad». ¿Siempre? Hay que entender que el autor se refiere exclusivamente a la época moderna. Porque no sabemos exactamente lo que ocurriría en esas regiones bajas antes de las revueltas agrarias del siglo XIV y, sobre todo, los grandes trabajos colectivos de irrigación llevados a cabo en ellas no fueron como los que emprendieron los templarios de Mas Deu en las cuencas rosellonesas de Réart y de la Cantarana… De todos modos, el ejemplo sigue en pie, y con él la aberración. En Provenza «es raro encontrar proletariado rural, salvo en la llanura de
Arlés, que está dividida en grandes dominios»[264]. En Cataluña hubo una
clase campesina próspera, al menos a partir de 1486[265]. Para atenuar toda explicación de conjunto, tal vez fuese necesario recurrir, y largamente, a las ideas falsamente simples de la pequeña y la gran propiedad (¿grande o poderosa?); distinguir entre las planicies según su extensión más o menos considerable, y también según que estén o no parceladas; por último, y sobre todo, convendría investigar, mediante explicaciones lógicas, si se dan cambios sucesivos en cuanto al régimen de la propiedad y la explotación agrícolas, parcelamientos o reagrupaciones, y de nuevo parcelamientos o desmembraciones, ya que nada es fijo o estable. Unas veces por el número de hombres, otras por la implantación de nuevos cultivos o la introducción de nuevos aperos, otras por la presión incontenible de las ciudades cercanas, el orden geográfico y humano de las regiones bajas cambia interminablemente, al paso que en otras regiones la tiranía del arado y de las tierras de trigo (para volver sobre las ideas de Gaston Roupnel) y el empleo del ganado de labor mantienen en pie el orden antiguo y la fuerza de los ricos. Este es el servicio que presta, que va a prestar, el trabajo innovador de Emmanuel Le Roy
Ladurie[266] sobre los campesinos de Languedoc entre los siglos XV y XVIII. ¿Quién hubiera podido imaginar, con anterioridad a sus investigaciones, que este orden rural fuese hasta tal punto producto de la conjunción de circunstancias sociales, demográficas y económicas y, en consecuencia, sometido sin cesar a cambios y alteraciones? El problema radica en llegar a dilucidar si este calendario secular de órdenes campesinos sucesivos del Languedoc es aplicable o no a las otras regiones costeras y si nos encontraremos con que algunas de ellas van adelantadas, otras retrasadas, y unas terceras, las más numerosas, marcan la hora exacta; en el momento actual nos hallamos muy lejos de poder responder a esta pregunta.