El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Dos universos marítimos
Todos estos rodeos esquivaban el mar Jónico y el mar de Cerdeña. Constituían el gran lazo de unión entre el Mediterráneo del este y el del oeste, o, si se prefieren las fórmulas habituales —demasiado cargadas de sentido para ser precisas—, entre el Oriente y el Occidente, y esto les atribuye una importancia capital para la historia. Al lado de ellas hay que tener también en cuenta el tráfico terrestre a lo ancho de Italia. La península es, en rigor, un estrecho dique entre las dos mitades del mar. Ancona y Ferrara están vinculadas a Florencia, a Liorna y a Génova. Venecia irradia y exporta hacia Génova y el Tirreno. Al tráfico de Mesina y al de la puerta de Sicilia hay que añadir, pues, todo lo que transportan de una costa a otra de Italia las procesiones de caravanas muleras. Es probable que este tráfico adicional no sería muy importante a nuestros ojos, en cuanto al peso, el volumen y el valor, si dispusiéramos de estadísticas exactas; pero, sin embargo, decisivo con arreglo a la escala del siglo. Contribuye a crear la unidad del espacio mediterráneo, y la de este libro. ¿A qué unidad nos referimos? Conviene examinar esto un poco de cerca.
Dos universos marítimos
Pretender que los obstáculos acumulados entre las dos cuencas del Mediterráneo las separan fuertemente la una de la otra sería, evidentemente, un determinismo geográfico demasiado rotundo, pero no del todo inexacto. Es cierto que estas dificultades —tanto las de las rutas terrestres como las de las rutas marítimas— se han opuesto constantemente a las grandes migraciones humanas de una cuenca del mar a la otra. El general Brémond, en un libro que nos trae constantemente el recuerdo del estro de Émile-Félix Gautier, ha recordado que las invasiones árabes de los siglos VII y XI no transformaron en lo más mínimo el África del Norte en el aspecto humano; que estos invasores fueron muy pocos, razón por la cual el África del Norte los asimiló. «Fagocitosis», diríamos. Es, si no estamos equivocados, la transposición de la tesis de Hans Delbrück a propósito de las invasiones germánicas del siglo V. Poco importa. Lo que nos interesa, por ahora, es esta dificultad que la Naturaleza opone a los movimientos humanos de este a oeste, y viceversa, ya se hagan por tierra o por la vía del mar. Todo pasa aquí como a través de un filtro de finas mallas.
Sin duda, en el siglo XVI nos encontramos con levantinos en las riberas occidentales, griegos en Liorna, chipriotas en las Baleares y en Cádiz, ragusinos en todos los puertos importantes, levantinos y asiáticos en Argel: los Barbarroja y los jenízaros argelinos procedían del Egeo y del Asia
Menor[112]. Y, a la inversa, hay no pocos rastros humanos de la colonización latina en el oriente, y la legión de los renegados, más que los mercaderes, creó una nueva colonización del mundo turco. Pero estos injertos nunca llegaron a tener gran importancia numérica. A pesar de las relaciones provocadas por el tráfico y los intercambios culturales, las dos cuencas conservaron su autonomía, sus propios circuitos. Los auténticos entretejimientos de población se verifican en el interior de cada uno de ellos, desafiando aquí todas las barreras de raza, de civilización o de religión. En cambio, todo lazo humano tendido de un extremo al otro del Mediterráneo era una verdadera aventura, con frecuencia muy azarosa.
¿Ejemplos? Los fenicios se instalaron en Cartago, y desde aquí se expandieron con sus navíos, victoriosos, por todas las largas rutas del Occidente mediterráneo. Por su parte, los griegos se establecieron, en la Antigüedad, en Marsella, desde donde se desparramaron. Y los bizantinos fueron un tiempo los dueños de Sicilia, de Italia, del norte de África y de la Bética. Y en los siglos VII, VIII y IX, los árabes se posesionaron del África del Norte, de España y de Sicilia. Pero estas grandes victorias, o no se proyectan en el tiempo o son seguidas de rupturas entre los grupos de avanzada y las metrópolis: ese fue el destino de Marsella, de Cartago y aun de la España musulmana, que en los siglos X y XI recibió del Oriente toda su savia cultural, sus poetas, sus médicos, sus profesores y sus filósofos, sus magos y hasta las danzarinas egipcias, con sus faldas rojas. Después se vio separada de su base para adherirse al África beréber, viviendo desde entonces como una nación occidental. Los magrebianos que iban al Oriente como peregrinos o en viaje de estudios se sorprendían de sentirse «casi en un mundo extranjero». «No
hay islam en el Oriente», se lamentaba uno de ellos[113].
Esta historia recomienza al finalizar el siglo XVI, cuando el África de las Regencias turcas se sacude de hecho la tutela otomana. Y se realiza a la inversa en la cuenca oriental del mar, por la historia simétrica de las Cruzadas y de los Estados latinos. No es necesario insistir sobre este punto.