El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Córcega, para los franceses; Inglaterra, para los españoles

Córcega, para los franceses; Inglaterra, para los españoles [II-370]

 

Tampoco al año siguiente, en 1553, se hallan en el centro de la política internacional el Mediterráneo y sus dependencias terrestres. ¿Qué vemos, en efecto? Una incursión de los piratas argelinos llevada hasta Gibraltar; una campaña de la armada turca, un tanto tardía, conducida hasta Córcega, en

colaboración con las galeras francesas;[128] por último, hacia el final de la estación de bonanza, la ocupación de Córcega por las tropas francesas y los fuorisciti de la isla. Tres operaciones espectaculares, pero menos importantes de lo que parece.

Salah Rais,[129] un “moro” nacido en Alejandría de Egipto y formado en la escuela de Barbarroja, se convierte, desde 1552, en “rey de Argel”, el séptimo de la serie. Llega a su ciudad en abril y dedica los primeros meses de su misión a hacer entrar en razón a los jefes de Tuggurt y Uargla, que se negaban a pagar los tributos: fructíferos raids de los que vuelve cargado de oro y con la promesa de que el “tributo”, consistente en unas cuantas docenas de mujeres negras extraídas de las profundidades del África, será pagado puntualmente todos los años. El invierno de 1552-1553, en Argel, se dedica a equipar minuciosamente la flota. A comienzos de junio, Salah Rais se hace a la mar con 40 naves, galeras, galeotas y bergantines, todos bien armados. Sin embargo, la primera tentativa de la estación, el golpe sobre Mallorca, termina con un fracaso bastante estrepitoso; en seguida, en las costas de España, como las marinas han sido puestas en guardia a su debido tiempo, los corsarios no logran hacer mella. Solamente en el Estrecho se les presenta la oportunidad de apresar cinco carabelas portuguesas con las que se encuentran y que da la casualidad de que llevan a bordo a un gobernador de Vélez de la Gomera, pretendiente al trono del cherif y de vuelta de la Península, donde, en unión de sus partidarios, ha tratado de promocionar su causa. Se apoderan de todo, carabelas, tripulaciones, cargamento y pasaje; y lo llevan al puerto de Vélez, donde Salah Rais, según cuenta Haedo, regala el botín al cherif, en prenda de amistad y de buena vecindad y para inclinarle de este modo a que exima a la vecina Orania de sus frecuentes incursiones. Lo que no impide que tres meses más tarde surjan nuevos incidentes fronterizos por el lado de Tremecén y que el amo de Argel tenga que pasar el invierno preparando una nueva expedición, dirigida esta vez contra Marruecos… Es cierto que el Rais había[II-371] tenido la precaución de llevarse a Argel al pretendiente Ba Hassun.

Probablemente Salah Rais había regresado ya a su base cuando llegó a las costas italianas la flota turca al mando de Dragut, flanqueada por Paulin de la Garde y las galeras de Francia. Las intrigas y tal vez la complicidad del visir

Rustem Pachá, comprado por los imperiales,[130] habían retrasado la salida de la armada corsaria, que había cambiado de dueño, ya que Dragut ocupaba ahora el puesto de Sinán Pachá. Además, en vez de marchar directamente sobre las costas de la marisma toscana, los barcos turcos perdieron el tiempo en dedicarse al saqueo: la isla de Pantelaria fue saqueada en agosto, y en seguida el puerto triguero de La Licata, en la costa siciliana. Las negociaciones de Dragut con los tunecinos (el rey de Túnez acababa de romper con los españoles de La Goleta) entretuvieron también a la flota entre Sicilia y África. Gracias a todas estas dilaciones, Andrea Doria tuvo tiempo, situando el grueso de su flota en Génova, de abastecer las plazas amenazadas y de emplazar a lo largo de las costas sicilianas el número suficiente de navíos rápidos para que le previnieran oportunamente de los movimientos del enemigo.

Dragut no llega al mar Tirreno antes del 3 de agosto.[131] Días después, los navíos corsarios atacan la isla de Elba, logrando entrar a saco en Capoliveri, Río Marina, Marciana y Porto Longone. Pero el punto esencial, Cosmópolis —o sea, Porto Ferraio— resiste sus ataques. Solamente entonces, después de haber pensado en acometer a Piombino, se dedica la flota atacante a transportar a Córcega tropas francesas sacadas de la marisma de Siena.

Los jefes franceses habían celebrado, en efecto, consejo de guerra en

Castiglione della Pescara,[132] donde prevaleció el parecer del mariscal del Termes, comandante de las fuerzas francesas en Parma. Contando con el apoyo de Paulin de la Garde y de los desterrados corsos (entre los cuales se destacaba, en primer lugar, Sampiero Corso), había decidido, sin órdenes precisas del rey, lanzarse a la invasión de la gran isla. La empresa resultó extraordinariamente fácil. Después de tomar Bastia el 24 de agosto, el barón de la Garde llegó a Saint-Florent el 26. En seguida le tocó el turno a Corte,[II-372] donde se habían refugiado, en medio de las tierras, los comisarios genoveses

de Bastia. Finalmente, a comienzos de septiembre, capitulaba Bonifacio,[133] después de un conato de resistencia. Como se sabe, Bonifacio era, en aquella isla, con Calvi, la ciudad de los genoveses. Habiendo conseguido ya un gran botín, y además una promesa de dinero arrancada a Paulin de la Garde por el propio Dragut, los turcos se negaron a prolongar el bloqueo de Calvi, última plaza defendida por los genoveses en la isla, y se volvieron a sus bases. El 1

de octubre,[134] la flota corsaria franqueaba el estrecho de Mesina. En diciembre llegaba a Constantinopla.

¿Diremos que acababa de desaprovecharse una gran ocasión de abatir a la casa de Austria? Es un hecho que los turcos no golpearon, en esta ocasión,

con todas sus fuerzas.[135] Maniobras corruptoras, dicen algunos. Pero hay razones plausibles para explicar este mesurado esfuerzo de la flota otomana, mesurado desde el primer momento, ya que este año sólo parten de Constantinopla 60 galeras. Y es que, en el este, prosigue la guerra de Persia, que por sí sola contrarresta la atracción y las necesidades del oeste. En este

año de 1553,[136] Anthony Jenkinson, un mercader de Londres instalado en Alepo, vio entrar en la ciudad a Solimán el Magnífico y su suntuoso cortejo, en marcha hacia Persia. Seis mil caballos ligeros, 16 000 jenízaros y 1 000 pajes de honor, “todos vestidos de oro”, acompañan al sultán, que, cabalgando sobre un caballo blanco, viste una túnica recamada de oro y ciñe un enorme turbante de seda y lino. El ejército cuenta con más de 300 000 hombres y lo siguen 200 000 camellos para transportar la impedimenta… ¿No es, en el fondo, este cuadro el que sirve de contrapeso a la guerra mediterránea, limitándola y empequeñeciéndola?

Sin embargo, gracias a los turcos, los franceses han logrado poner pie en Córcega. Al terminar la estación de bonanza, toda la isla está en sus manos. No debe restarse importancia al suceso, aunque sin exagerarlo desmesuradamente ni tratar de ver en él el anticipo del porvenir que hará de la isla de Córcega un departamento de Francia, ni empeñarse en ver tampoco en este acontecimiento un momento culminante de la guerra contra la casa de Austria. La nueva del desembarco realizado en la isla de Córcega llena de[II-373] estupor al gobierno de Génova, hace perder la cabeza a Cosme de Médicis y a los imperiales y desencadena las censuras del pontificado. La conquista ha sido rapidísima. Sampiero Corso y los desterrados, ayudados por la gente de la isla, lo han hecho casi todo. Quiérase o no, con razón o sin ella, Córcega aborrecía a los genoveses, odiaba en ellos a los dueños y señores, a los mercaderes usureros de sus ciudades, a los inmigrantes que, no teniendo donde caerse muertos, venían a la isla, como a país colonizado, a enriquecerse. ¿Toda Córcega? Desde luego, todas las grandes familias de la isla, a quienes el orden genovés intenta asimilarse y poner al paso, y también las personas humildes, enfurecidas por las malas cosechas y las crisis económicas y cuyas costumbres tradicionales vienen a ser perturbadas por los nuevos métodos agrícolas de los colonizadores. Para todos estos naturales del país, la dominación genovesa es, como ellos dicen, un “assassinio perpetuo”.

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Lo que no impide, por lo demás, que en esta isla, excesivamente poblada para sus recursos, la guerra venga a agravar todavía más las miserias y los males. Franceses, genoveses, turcos y argelinos, soldadotes alemanes y mercenarios italianos o españoles de la Dominante, sin olvidar, bien entendido, a los secuaces de Sampiero: toda esta muchedumbre de soldados tiene que comer y que vivir. Entra a saco por todo, devora las cosechas, arrasa las aldeas. La desgracia de Córcega consiste en tener una significación exterior mayor que la propia y ser, en esta guerra de los Valois contra los Habsburgo, un importante nudo de comunicación. La ocupación francesa de Córcega entorpece y descoyunta las comunicaciones interiores entre los imperiales y sus aliados, más todavía que la de Parma y la de Siena. «Todo barco que navegue de Cartagena, Valencia o Barcelona (y también de Málaga o Alicante, debemos añadir) a Génova, Liorna o Nápoles, pasa fatalmente a la vista de las costas de Córcega; y esto, que es verdad hoy, lo era todavía más en el siglo XVI, en que los piratas berberiscos infestaban la parte del Mediterráneo comprendida entre la Cerdeña y las playas africanas y en que la ruta marítima normal costeaba el cabo Corso o pasaba por las bocas de Bonifacio. Además, el escaso tonelaje de los barcos de aquella época no les permitía emprender grandes travesías sin escalas, y los navíos que viajaban de

España a Italia recalaban normalmente en los puertos de Córcega[138]». La[II-374] gente de la época se dio en seguida cuenta de lo que significaba la conquista de la isla, “freno de Italia”, como la llama Sampiero Corso, los unos

alegrándose de ella y los otros mostrándose inquietos y alarmados.[139]

No tarda en producirse el contraataque imperial. Tan pronto el mal tiempo, rompiendo la colaboración estival de franceses y turcos, establece la proporción ordinaria entre las flotas occidentales. La situación se invierte. Génova y Toscana tienen a su favor la proximidad de sus bases, mientras que

la isla de Córcega, lejos de las galeras francesas reintegradas a Marsella,[140] y, además, directamente amenazada por los genoveses, que siguen clavados en Calvi, se halla solamente bajo la guardia de los insurrectos y de 5 000 viejos soldados, es decir, en situación apurada. Todo parece indicar que Enrique II, en noviembre, entabla negociaciones indirectas con los genoveses.

[141] Pero sin éxito, pues Génova preparaba ya su desquite y, lanzada en este

derrotero por el duque de Florencia, apelaba al emperador,[142] comprometía 800 000 ducados y reclutaba 15 000 hombres. El cuerpo expedicionario enviado por Andrea Doria sale de la ciudad el día 9, se detiene un poco en la costa genovesa y el día 15 llega al cabo Corso. El 16 entra en el golfo de

Saint-Florent, cuya guarnición capitula al día siguiente, el 17 de febrero.[143] La suerte estaba echada: Génova jamás había soltado la isla, y estaba decidida a pagar lo que fuese necesario para recuperarla. Comienza así una guerra lenta y difícil.

El año de 1553 fue, pues, un año agitado, en el Mediterráneo. Pero, en relación con la vasta guerra que cubre a Europa, ¿estos acontecimientos mediterráneos pesan tanto como los del norte? ¿El gran episodio de este año no fue, en realidad, la dramática sucesión de Inglaterra? El 3 de julio de

1553[144] moría Eduardo VI; desaparecía con él una Inglaterra oficialmente adicta al protestantismo, casi amiga de Francia y hostil a los Habsburgo; los ocupantes de los Países Bajos pudieron, al mismo tiempo, dar gracias a Dios por la desaparición de Mauricio de Sajonia (muerto el 11 de julio) y la subida[II-375]

al trono de María Tudor.[145] Sin embargo, el advenimiento de la nueva reina, en un país lleno de convulsiones, fue especialmente difícil y planteaba, en el acto, el problema, tampoco nada fácil, del matrimonio de la soberana. Después de mil contratiempos y de haber descartado en el último instante la candidatura de un infante poco maduro, don Luis de Portugal, tío de María,

[146] salió victorioso de la prueba el joven príncipe Felipe de España. Este

triunfo, “que suscitaba grandes celos”,[147] debíase al emperador, a Granvella y al embajador Simón Renard, a quien no se le puede disputar la paternidad de esta jugada maestra de la diplomacia. El 12 de julio firmábanse las

capitulaciones matrimoniales, publicadas en el reino dos días después.[148]

Así, pues, en el momento en que el imperio de los Habsburgo recibía golpes tan duros de todas partes, la fortuna se encarga de enderezar la situación con esta victoria inesperada. Desde los Países Bajos, renunciando a apoyarse en una Alemania dividida y a la que deja, como deliberadamente, que se divida todavía más, el emperador se asocia ahora con Inglaterra. Concentra sus fuerzas cerca del mar del Norte, este Mediterráneo occidental que le pertenece casi por entero, así como las grandes rutas que en él desembocan, viniendo del océano. Hace de los Países Bajos su plaza

inexpugnable.[149] Para el Rey Cristianísimo las perspectivas de este año de 1553 son, pues, bastante sombrías. Aun suponiendo que pueda, como lo espera el embajador veneciano, impedir al príncipe de España trasladarse a su nuevo reino (y la ocasión de cerrarle el paso se le presentará a Villegaignon,

sin que la aproveche),[150] ¿qué ventaja le reportará esto? En Alemania, el golpe repercute con no menos fuerza. “Los príncipes de Alemania [escribe el embajador de Venecia cerca de Carlos V, en carta de 30 de diciembre de