El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Granada y la guerra de Chipre
Entre tanto, Euldj Alí había partido ya de Argel en el curso del mes de
octubre,[244] sin hacerse acompañar, por lo demás, de ninguna flota (pues, para aquel entonces, ya el mar había dejado de ser practicable), al frente de 4
o 5 000 jenízaros, que tomaron la ruta de tierra, por Constantina y Bona.[245] A su paso por la Grande y la Pequeña Cabilia, se unieron a su ejército numerosos voluntarios, principalmente varios millares de jinetes, con los cuales penetró en las llanuras de Beja, a dos jornadas cortas de Túnez. Los soldados de Muley Hamida se desbandaron sin combatir; el rey, vencido, se[II-556] refugió en su ciudad y después, no sintiéndose seguro allí, ganó la fortaleza española de La Goleta, con algunos leales y lo que había conseguido salvar de sus tesoros, después de los saqueos sufridos por el camino. A fines de diciembre, relata Haedo (aunque un aviso de Argel da la fecha del 19 de
enero, que parece más exacta),[246] Euldj Alí entraba en Túnez, sin disparar
un tiro. El calabrés, muy bien recibido por los tunecinos,[247] se instaló en el palacio del “rey” y tomó en sus manos los poderes del soberano vencido, organizando su conquista y hablando en alta voz, amenazando y corrigiendo;
en marzo[248] tomaba de nuevo el camino de Argel, dejando en Túnez una fuerte guarnición, que vivía ampliamente a costa de los tunecinos, bajo el mando de uno de sus lugartenientes, un renegado sardo llamado Cayto
Ramadán.[249]
Pero sin la gran alarma de Granada, con una armada cristiana concentrada en Mesina, la operación habría sido en extremo arriesgada. Por lo demás, ¿iba
España a aceptar tranquilamente este hecho consumado?[250]
Granada y la guerra de Chipre
La toma de Túnez por Euldj Alí, en enero de 1570, fue consecuencia del desequilibrio suscitado por la guerra de Granada. Este desequilibrio tiene también su parte en la guerra de Chipre, el gran acontecimiento del año 1570, y en la concentración de la liga entre Roma, Venecia y España, consecuencia directa del ataque turco.
En efecto, la guerra morisca se prolonga durante todo el año 1570, por lo menos hasta el 30 de noviembre, fecha en que don Juan deja Granada, si no enteramente pacificada, sí prácticamente reducida al orden. Se prolonga, sin dejar de ser una guerra difícil y costosa, y también dramática y conmovedora para toda España. Sin embargo, con el nuevo año presenta inmediatamente[II-557] otro cariz. Nadie duda que don Juan de Austria, pese a su extrema juventud —contaba a la sazón 23 años—, era un verdadero jefe, por su firmeza y su valentía. El rey, además, había puesto grandes recursos a su disposición, y su presencia en Córdoba, a partir del mes de enero, abreviando el vaivén de papeles, órdenes e informes y animando a los combatientes a desplegar un mayor celo, tuvo también sus ventajas, que tal vez no supieron apreciar ni las personas de la corte ni los agentes diplomáticos, a quienes se obligaba con ello a vivir en la retaguardia del ejército, afrontando las múltiples y pequeñas
dificultades de alojamiento y de comida.[251]
La situación no podía cambiar de la noche a la mañana. El primer combate importante, librado con motivo del sitio de la pequeña villa morisca de Galera, colgada en los riscos y de difícil acceso, donde la artillería no
podía ser “muy útil”,[252] no fue precisamente un éxito. La guarnición luchó con un valor sobrehumano y el propio atacante debió desplegar en esta acción virtudes poco comunes para conquistar la plaza, después de una espantosa matanza. La plaza caída abría el acceso a la montaña: las tropas victoriosas se internaron en ella. Pero los moriscos, aprovechándose de sus posiciones altas, se abatieron sobre los atacantes desde las cumbres de la sierra de Serón, haciendo retroceder a los vencedores de la víspera, en medio de un pánico
incontenible.[253] En esta retirada, equivalente casi a un desastre, encontró la
muerte el preceptor de don Juan, Luis Quijada.[254]
Esta guerra de emboscadas contribuía más que ninguna otra a desmoralizar a los soldados y a empujarlos, según los acontecimientos, a la crueldad, a la cobardía o a la desesperación. El propio don Juan habla, en
marzo, de la desmoralización de sus hombres,[255] [256] de su indisciplina. Y hay que decir que estas palabras quedan todavía, con ser fuertes, por debajo de la verdad. Apenas reunidas, las tropas se desbandan… La tentación del[II-558] saqueo es demasiado fuerte. Desencadena una guerra individual y espontánea, que va extendiéndose como la lepra y que contagia incluso a las tierras pacíficas. Todas las ciudades españolas están abarrotadas de esclavos moriscos puestos en venta; cargamentos enteros de ellos son enviados en barco a Italia. Mientras tanto, en la montaña, los efectivos de los rebeldes no bajan todavía de unos 25 000, de ellos 4 000 turcos o berberiscos. Disponen aún de víveres en abundancia (entre ellos, dice un informante, los cereales se
venden solamente a cuatro reales el estaro y el trigo a 10 reales)[257] disponen de higos y uvas secas y pueden contar con el avituallamiento de los
bergantines y las fustas de Argel.[258] Los sostiene, sobre todo, la esperanza
de la intervención turca.[259] Es verdad que solamente la montaña les defiende contra la superioridad de su adversario, pero no es problema pequeño el de reducir aquellos enormes macizos. Las dos grandes columnas en que se han dividido las fuerzas españolas, una mandada por el propio don Juan y la otra a las órdenes del duque de Sesa, progresan muy lentamente. El 27 de marzo, Sauli, dando algunos detalles acerca de los últimos avances, termina una carta que considera llena de “buenísimas noticias”, con estas palabras: “et con questo, li mori restano del tutto esclusi della pianura”; es decir, se estima como un gran triunfo que los moriscos hayan sido totalmente rechazados de
las tierras llanas…[260]
Era descorazonador seguir paso a paso, como lo hacían todos los corresponsales diplomáticos desde Madrid, los detalles de las operaciones: las noticias buenas y las malas se mezclan y confunden en ellas, sucediéndose con una aparente incoherencia, que acaba por desorientar a los mejores observadores y por hacer decir a Nobili (traduciremos sus palabras libremente y en lenguaje moderno) que “la guerra de los moros es el régimen de la ducha
alterna, caliente y fría…”.[261] Así, en mayo de 1570, muy cerca de Sevilla (y[II-559] este detalle ha escapado hasta ahora a los historiadores), se sublevan como 10 000 moriscos, vasallos del duque de Medina Sidonia y del duque de Arcos: noticia mala. Pero pronto llega la noticia —ésta buena— de que las cosas se han arreglado: los levantiscos no se han unido a la montaña en armas y el rey ha tenido la excelente idea de mandar a sus señores a hablar con ellos, logrando con esto apaciguarlos y volverlos a sus casas. Lo cierto es que sólo se habían levantado porque los españoles, aprovechándose de la proximidad del teatro de operaciones, se apoderaban de ellos para venderlos como botín
de guerra y robarles sus bienes y sus mujeres.[262] La misma aventura sucedió, en marzo, en una aldea valenciana, donde se encendió la chispa de la revuelta, para extinguirse poco después. Estos dos ejemplos indican, sin embargo, que la guerra distaba mucho de estar seguramente circunscrita. Sin embargo, el peligro grande seguía siendo la Alpujarra, aquel mundo salvaje y casi indomable, donde se había refugiado la disidencia. La guerra de montaña nunca ha sido fácil, ni en el siglo XX. Ésta, la de 1570, “iba quemando y
consumiendo a España a fuego lento”.[263]
Pero lo que no podían las armas acabó consiguiéndolo la diplomacia (aunque, ¿no sería mejor decir, en este caso, el servicio de los asuntos indígenas?). El primer rey de los rebeldes había sido asesinado. El capitán general de la sublevación, el Albaqui, llegó el 20 de mayo al campamento de don Juan, besó las manos al príncipe y se sometió. Fue firmada la paz. Los moriscos obtenían el perdón y la autorización para vestir su traje nacional, pero a condición de que se sometieran en plazo de 10 días y depositaran sus armas en los puntos señalados de antemano. Estipulábase que los berberiscos
podrían embarcarse para el África, sin ser molestados.[264] Condiciones bastante suaves, como se ve, que permitían hablar de la “natural clemencia de
Su Majestad”.[265] Pero que atestiguan, sobre todo, su deseo de desembarazarse cuanto antes de una peligrosa aventura. ¿Pero era esto, realmente, la paz?
El 15 de junio habían rendido y depositado sus armas 30 000 moriscos:[II-560] navíos redondos y de remos habían sido puestos a disposición de los turcos
para embarcar rumbo a las costas de África,[266] fijándose como último plazo
para la sumisión el día de San Juan.[267] Ya el 17 de junio empezaron a escucharse las quejas de los inquisidores: Granada estaba llena de moriscos que se decían arrepentidos, pero que, al decir de los quejosos, se paseaban con sus armas, contando en público, con toda desenvoltura, a quien quería oírlos, sus hazañas y jactándose del gran número de cristianos a quienes habían dado muerte y de todo lo que habían hecho para “ofender nuestra santa fe católica”.
[268] Son muchos, dice otra carta, los que se rinden y entregan a discreción,
pero ninguno se presenta ante el Santo Oficio a confesar sus culpas.[269] La capitulación, comenzaba a pensarse, ¿no sería una estratagema? ¿No seguían las pequeñas fustas de Larache trayendo armas, hasta el punto de que las galeras de Sancho de Leyva se habían apoderado de cinco o seis pequeños
barcos cargados de ellas?[270] Y, mientras que los africanos tardaban en
reembarcarse,[271] los soldados cristianos, a quienes no se les pagaba la
soldada, se desbandaban por sí mismos, con las habituales consecuencias.[272] Nada de esto contribuía a dar a los rebeldes cierto respeto y a infundir un saludable temor a la fuerza española.
En realidad, subsistía en la montaña una guerra esporádica, acompañada
de peligrosos golpes de mano contra los cristianos aislados.[273] “Va
reduciéndose poco a poco a los moros de Granada [escribía Sauli],[274] aunque no faltan los que perseveran en su rebelión. Cuatrocientos turcos han pasado a Berbería, pero los moros berberiscos se han quedado en el país.” Era éste, no cabe duda, un fermento muy peligroso, en un país como éste, no apaciguado, maltratado y enconado. Seguían haciéndose fuertes en la montaña de dos a tres mil moriscos, con su “rey”, quienes declaraban que jamás se someterían si no se les autorizaba a quedarse en las Alpujarras,[II-561] concesión que el gobierno real no se avenía en modo alguno a autorizar. “Para reducirlos [explica Sauli], me atrevo a decir que haría falta, por lo menos, una campaña de un año, pues estos moros han cosechado mucho grano y sembrado mijo y cereales. Los nuestros no pueden impedir que levanten las
cosechas, ya que no disponen de tropas suficientes para ello”.[275]
En estas condiciones, ¿qué ilusiones cabía hacerse acerca de la “pacificación” del reino? Don Juan se lo repetía al rey, en su carta de 14 de agosto: el único camino para tener paz en Granada era expulsar a los
moriscos.[276] Sí, pero ¿era tan sencilla esta operación? Evacuar un reino no era lo mismo que evacuar una ciudad, como se había hecho en Granada el año antes. En Madrid se tomó, pues, el partido de asegurar y repetir que todo
estaba concluido. Cada embajador se lo comunicaba así a su príncipe,[277] mientras don Juan de Austria, al pie del cañón, discurría el medio o los medios de reducir a los moriscos de Ronda o de poner el pie en la Alpujarra.
[278] Todavía en septiembre se hablaba de arrasar las viñas y los huertos de los
rebeldes,[279] de perseguir a los desertores —otra categoría de inoportunos— y, al mismo tiempo, de reclutar nuevos soldados. Pues la guerra, por más que
otra cosa se dijera, continuaba.[280] Y aún estaba viva en octubre como una hoguera que no acababa de extinguirse. El reyezuelo de los rebeldes no daba ya la cara; contentábase con huir de risco en risco. Y todos los fuertes que se construían en la montaña y todas las guarniciones que se colocaban en ellos no impedían que los rebeldes se deslizasen por entre todos los puestos de vigilancia para caer, siempre con conocimiento de causa, sobre los cristianos
y sorprenderlos.[281]
Es ahora cuando el gobierno español se decide a proceder a deportaciones en masa. Y no cabe duda de que estas medidas fueron decisivas. Zayas escribía a Francés de Alava, el 13 de octubre: “los asuntos de Granada están ya en tales términos, que V. S. puede considerarlos terminados, como[II-562]
conviene al servicio y a la reputación de Su Majestad”.[282] Y esta vez sí era cierto: a comienzos de noviembre, don Juan podía anunciar la pacificación de
la región de Málaga y de las sierras de Bentomiz y Ronda.[283] Entre tanto, habíanse llevado a cabo las deportaciones. Fueron expulsados del país unos 50 000 moriscos, tal vez más, dejando despobladas, sobre todo, las tierras bajas. Provisionalmente, por lo demás, pues las tierras abandonadas fueron ocupadas por cristianos viejos. La operación debió de ser cruel y desgarradora, como lo indica el testimonio, tantas veces citado, del propio don Juan, a pesar de tratarse de un decidido partidario de la deportación. «Hoy [escribe el príncipe a Ruy Gómez, en 5 de noviembre] ha sido el último envío de ellos y con la mayor lástima del mundo, porque al tiempo de la salida, cargó tanta agua, viento y nieve que ciertos se quejaban por el camino a la madre la hija y a la mujer su marido y a la viuda su criatura, y desta suerte; y yo de todos los saqué dos millas mal padesciendo: no se niegue que ver la despoblación de un reyno es la mayor compasión que se puede