El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Los turcos en Siria y en Egipto
sus [39] Novelas a raíz de este gran acontecimiento, nos pinta una cristiandad preparada para lo peor, “reducida a un cantón de Europa, a causa de las continuas discordias entre los príncipes cristianos[…]” A menos que Europa,
en vez de esforzarse en poner coto a los avances del Imperio otomano,[40] se deje arrastrar a otras aventuras como la del Atlántico y la del vasto mundo,
como los historiadores han puesto de relieve desde hace mucho tiempo,[41] tal vez haya que invertir la vieja explicación, errónea, pero no completamente desechada todavía, de que fueron las conquistas turcas las que provocaron los grandes descubrimientos, cuando en realidad fueron, por el contrario, no cabe duda, los grandes descubrimientos los que hicieron que decreciera el interés por la zona de Levante, permitiendo con ello a los turcos extenderse e instalarse en ella sin mayores dificultades. Cuando los turcos ocuparon Egipto, en enero de 1517, hacía ya veinte años que Vasco de Gama había dado la vuelta al cabo de Buena Esperanza.
Los turcos en Siria y en Egipto
Ahora bien, si no andamos descaminados, el acontecimiento decisivo para la grandeza otomana, más aún que la toma de Constantinopla —“ese episodio”, como lo ha llamado, con alguna exageración, Richard Busch
Zantner—,[42] fue la conquista de Siria, en 1516, y la de Egipto, en 1517, hazañas ambas logradas de un solo golpe. A partir de entonces se perfila la
formidable historia otomana.[43] Obsérvese que la conquista, en sí misma, no tuvo nada de particularmente grandioso y se llevó a cabo sin verdaderas dificultades. Ciertas reclamaciones de fronteras al norte de Siria y, más todavía, la tentativa del Sudán de intervenir como mediador entre los turcos y los persas suministraron, llegado el momento, el pretexto necesario…
Los mamelucos, que consideraban la artillería como un arma desleal, no pudieron resistir contra los cañones de Selim, el 24 de agosto de 1516, cerca de Alepo. Siria cayó de golpe en manos del vencedor, que entró el 26 de septiembre en Damasco. Como el nuevo Sudán se negara a reconocer la soberanía otomana, Selim llevó su ejército hasta Egipto. De nuevo fueron
barridos los mamelucos por el cañón turco,[44] en enero de 1517, cerca de El Cairo. La artillería creaba un gran poder político. Como en Francia, como en
Moscovia,[45] [46] como en Granada en 1492.
Egipto fue, pues, conquistado casi sin sangre y sin que apenas el orden se perturbara. Rápidamente y apoyados en sus grandes propiedades, los mamelucos rehicieron la parte esencial de su poder: Bonaparte los encontrará allí tres siglos después. El barón Tott tiene, sin duda, razón cuando escribe: Estudiando el Código del sultán Selim, llegamos a la conclusión de que este príncipe capituló con los mamelucos, en vez de conquistar el Egipto. Nos damos cuenta, en efecto, de que, al dejar en sus puestos a los 24 beys que gobernaban el reino, sólo trataba de contrabalancear su autoridad con la de un
pachá, instaurado como gobernador general y presidente del consejo[47] Estas reflexiones nos invitan, con toda razón, a no dramatizar el carácter de la conquista de 1517.
Y, sin embargo, ¡qué gran acontecimiento! Selim obtuvo de los egipcios resultados muy considerables. En primer lugar, los tributos, moderados en un
principio,[48] fueron en constante aumento. A través de Egipto se organizó la participación del Imperio otomano en el tráfico del oro africano procedente de Etiopía y del Sudán, y después en el comercio de las especias con la cristiandad. Ya nos hemos referido al comercio del oro y a la importancia que la ruta del Mar Rojo adquiere de nuevo en el tráfico general de Levante. En el momento en que los turcos se instalaron en Egipto y en Siria, es decir, mucho antes del periplo de Vasco de Gama, estos dos países, aunque no eran ya las únicas puertas del Extremo Oriente, seguían siendo, desde luego, las más importantes. De este modo se remata y consolida el dique turco entre la
cristiandad mediterránea y el océano Índico,[49] al paso que se establece, con ello mismo, el enlace entre la enorme ciudad de Constantinopla y una región productora de trigo, de arroz y de habas. Desde entonces y con mucha frecuencia, Egipto será el factor determinante de la evolución turca, la región nutritiva y, si se quiere, el elemento corruptor. Según se ha sostenido, con ciertos visos de verosimilitud, del Egipto se extiende hasta los confines del
Imperio otomano la venalidad de los cargos,[50] tendencia ésta que tan frecuentemente mina el orden político.
Pero su conquista le valió a Selim un bien tan precioso como el oro o el trigo. Es cierto que ya mucho antes de ser dueño del país del Nilo había ordenado que se orase en su nombre, asumiendo, por tanto, el papel de califa,
[51] de príncipe de los creyentes. En esta dignidad, el Egipto fue, para él, una consagración. Cuenta la leyenda —es una leyenda, ya lo sabemos, pero no importa— que el último de los Abasidas, a quien los mamelucos dieron refugio en Egipto, confirió a Selim el califato sobre todos los verdaderos musulmanes. Leyenda o no, lo cierto es que el sultán volvió de Egipto aureolado con un prestigio inmenso. En agosto de 1517 recibió del hijo del
jeque de La Meca las llaves de la Kaaba.[52] A partir de dicha fecha, habría de confiarse a una guardia de caballeros escogidos la custodia de la bandera