El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

II. Altiplanos, laderas y colinas

A. Philippson[153]. En cambio, Pisa, Luca y Florencia, ciudades de la llanura,

adquieren rango tardíamente, en la época romana[154]. La amenaza de los

pantanos alrededor de Florencia continuará todavía por largo tiempo[155]. Todavía en el siglo XVI la región baja de la Toscana no estaba totalmente desecada. En conjunto, se observa durante ese tiempo, por el contrario, una especie de subida de nivel de las aguas perniciosas. Los pantanos ganan terreno en el Val de Chiana y en las márgenes de la llanura inundada del lago Trasimeno. Las fiebres se extienden en las marismas, en la llanura triguera de Grossetto, donde todos los esfuerzos de la política de los Médicis —por otra parte, proteccionista en extremo— no llegaron a desarrollar el cultivo

intensivo del trigo necesario para la gran exportación[156].

Así pues, la pugna entre la llanura y la montaña es también una cuestión de periodo histórico. Los estudios agrarios hechos en la Europa Central y Occidental nos han enseñado a distinguir los suelos antiguos de los nuevos, el Altland y el Neuland de los historiadores y los geógrafos alemanes, ganado aquel por los agricultores neolíticos, y este habilitado por las colonizaciones medieval y moderna. Viejas tierras, nuevas tierras… En el Mediterráneo casi podría decirse: montañas y llanuras. Quien desee comprender la vida mediterránea, debe encuadrarla dentro del marco de esta antítesis: solo ella le da su sentido histórico y humano.

 

II. ALTIPLANOS, LADERAS Y COLINAS

 

Reconocemos, desde luego, que la imagen de la montaña, tal y como acabamos de esbozarla, es incompleta. Y es que la vida no se deja reducir nunca a líneas demasiado simples; la montaña es múltiple por sus relieves, por su historia, por sus costumbres y hasta por sus fechorías. Y, sobre todo, al lado de la montaña alta aparece esa semimontaña de las llanuras, de las colinas, de las laderas, semimontaña que en nada se parece, sino que más bien contrasta en cada uno de sus rasgos con la verdadera montaña.

 

Las altas llanuras

 

Las mesetas son grandes y altas llanuras descubiertas, de suelo seco —en el Mediterráneo, al menos— y, por consiguiente, duro, con raros tajos fluviales. Los caminos, las vías de comunicación, pueden abrirse aquí con relativa facilidad. Así, la meseta de la Emilia —que más bien es casi una llanura— está profusamente cubierta de caminos, y desde hace mucho tiempo, desde siempre, ha dado vida a brillantes civilizaciones, cuyo símbolo es Bolonia. El Asia Menor, con sus preciosas capas terciarias (sin ellas sería

tan salvaje como el Zagros o el Kurdistán, sus vecinos)[157], sus múltiples calzadas, sus caravanas, sus caravanserrallos, sus ciudades-etapas, es el corazón de una incomparable historia caminera. Las altas mesetas argelinas son también como un ininterrumpido camino de estepas que se extienden desde Biskra y la depresión de Chott-el-Hodna, hasta la Muluya marroquí…

[158]. En la Edad Media, toda el Asia Menor, entre Ifriqiyia y Marruecos, era, en realidad, una gran ruta de este a oeste, que conectaba los mercados con ese sistema dorsal, antes del florecimiento de Bujía, antes de la creación de Argel

y de Orán y antes del auge del mar sarraceno en el siglo [159] X…. En cuanto a las dos mesetas que en los umbrales de los Apeninos, al oeste, se extienden sobre la Umbría y la Toscana, grosso modo, y al este sobre la Apulia,

¿podríamos llegar hasta decir, con Philippson[160], que han sido el escenario esencial de la historia y del desarrollo cultural de la península? Aunque así no fuera, no cabe duda de que su importancia ha sido grande. Baste señalar el hecho, ya bastante considerable de por sí, de que esas regiones han sido espacios de calzadas. En la región del oeste, sobre el altiplano de Tobas del sur de Etruria, Roma tendió rápidamente las vías Flaminia, Amerina, Cassia, Clodia y Aurelia, que conservaron hasta el siglo XVI su trazo original, casi sin cambios. La Apulia, al este, estaba igualmente abierta a la circulación. Es una

vasta meseta calcárea[161], bastante baja, que mira hacia el mar, hacia Albania, Grecia y el Oriente. Larga fila de ciudades la atraviesa en dos líneas paralelas: una sobre la costa de Barletta a Bari y a Lecce; la otra, diez kilómetros tierra

adentro, de Andria a Bitonto y a Putignano…[162]. Desde la Antigüedad es un foco de población situado entre el mar y la zona del interior, casi desierta, y ya desde entonces, un foco de cultura. Lo que la entrega a las influencias

procedentes del oeste —pues esta región se latinizó[163] muy pronto sin dificultades— no es tanto su carácter de país abierto, de país caminero, como la influencia que sin cesar recibe del este, de Grecia y de Albania, por el mar, y que, en algunas épocas de su historia, da la impresión de que vuelve literalmente la espalda a la península. Evidentemente, es esta una región sobre

la que el hombre ha intervenido continuamente[164]. En el siglo XVI, la vasta y rica zona de la Apulia es conocida como un granero de trigo y un gran depósito de aceite. Todos llegan allí en busca de productos alimenticios; Venecia, sobre todo, que siempre soñó con instalarse en aquellas tierras —lo cual logró, por cierto, en dos ocasiones, en 1495, y en 1528—, y también

otras ciudades del Adriático, como Ragusa, Ancona y Ferrara[165]. Por mediación del pequeño archipiélago de las Tremiti y los buenos oficios de los Frati della Carità que allí habitan, habrá un incesante contrabando de trigo a

todo lo largo del siglo [166] XVI .

Pero tal vez el más bello ejemplo de estas mesetas animadas sea todavía hoy el de las dos Castillas, en el centro de la península española. Una y otra, la Vieja y la Nueva, están surcadas de rutas, o más bien de veredas y de malos

caminos de herradura[167]. Estos caminos no por ello dejan de verse transitados por el tráfago de los hombres, por la agitación de verdaderas caravanas de arrieros (los carreteros, cuyos defectos señala minuciosamente

Cervantes, tienen aquí un papel comparativamente secundario)[168]. Estos interminables convoyes de bestias de carga, mulos y asnos desaparecen casi bajo sus cargas, atravesando las Castillas de norte a sur y de sur a norte, según el calendario de los pastos. Descendiendo hacia el sur en el invierno, subiendo hacia el norte en el estío, transportan todo lo que se ofrece a su paso: trigo y sal, lana y madera, cerámica o loza de Talavera, mercaderías y viajeros. Guzmán de Alfarache, el pícaro de Sevilla, encuentra un arriero a las puertas de la ciudad de donde huye y viaja con él hacia el norte, en compañía de unos dignos eclesiásticos, que le cuentan una bella historia.

Este movimiento de «acarreo» es el que permite a Castilla servir de nexo de unión entre las regiones periféricas de la Península que la rodean y la separan a menudo del mar. Es ese tráfico, y no Castilla solamente, como se ha

dicho[169], lo que ha hecho a España. Es ello lo que determina, y, si se quiere, lo que traiciona la economía profunda del país. El hecho es que, durante mucho tiempo, este movimiento de caravanas se desplaza hacia la vertiente oriental, principalmente a Barcelona, y Barcelona se convierte en el mercado

de venta de la lana española; después a Valencia, que en el siglo [170] XV, sobre todo en tiempos de Alfonso el Magnánimo (1416-1458), llegó a obtener una gran fortuna, y, por último, a Málaga y a Alicante, ciudades que llegaron a ser, en el siglo XVI, los grandes puertos de embarque de la lana. En su trabajo sobre la Gross Ravensburger Gesellschaft, opina Schulte que el declinar de Valencia a fines del siglo XV se debió a que la circulación castellana, restablecida en todo su vigor bajo el régimen de los Reyes Católicos, viró ahora hacia el norte, hacia las activas ciudades de Medina del Campo, Burgos, Bilbao, gracias a lo cual se vinculó España más decididamente que nunca a la poderosa Europa septentrional… Es una hipótesis verosímil, que tiene en cuenta también este movimiento, este tráfico de caravanas sin el cual no se podría comprender ni a España en su conjunto, ni a Castilla en particular, con sus alineamientos de ciudades de norte a sur, a la vera de las rutas de la trashumancia, que fueron, como es sabido, los mismos caminos de la Reconquista. Castilla, tan perfecta y tan rápidamente sometida por sus reyes, después de Villalar, conducida por ellos con aquella «vara de hierro» de que