El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Las privilegiadas ciudades bancarias

Pero ¿estamos ante la realidad o ante una falsa decoración? Ragusa se avino a pagar tributo al turco. Gracias a ello, salvó sus tiendas diseminadas por las ciudades de los Balcanes, su riqueza y la mecánica precisa de sus instituciones… Manteniéndose neutral se aprovechó de las horas indecisas y agitadas del siglo. Neutralidad mantenida, hay que decirlo, con heroísmo y habilidad. Amenazada, sabía erguirse en su defensa. No ceja en la afirmación de su causa y de sus intereses. Sabe suplicar a Roma y a la cristiandad, pues, ¿no es, acaso, una ciudad fervorosamente católica? Pero a los turcos les habla con firmeza y decisión… El capitán de navío ragusino de quien nos habla Haedo, capturado por los argelinos contra toda ley, se queja, chilla, vocifera, hasta que, por último, los de Argel lo arrojan al agua con una piedra atada al

cuello[339]. No siempre los neutrales salen bien librados.

Falso decorado, sin duda alguna, el de Luca, protectorado apenas encubierto de los españoles del Milanesado. La única ciudad, dice candorosamente Cervantes, donde los españoles gozan de simpatías en

Italia[340].

Pero las excepciones, a lo sumo, no hacen más que confirmar la regla. Las ciudades no han podido sobrevivir intactas a la larga crisis política de los siglos XV y XVI. Han sufrido los embates de la tormenta y no han tenido más remedio que adaptarse, lo que significó, a la vez, ceder, traicionar, discutir, perderse y recuperarse, abandonarse o venderse, como hizo Génova, o luchar, como hizo Florencia, de manera más apasionada que lúcida; o bien luchar, y más aún, resistir y sostenerse, como supo hacerlo Venecia de un modo sobrehumano. De un modo o de otro, adaptarse, único medio de poder sobrevivir.

 

Las privilegiadas ciudades bancarias

 

Los Estados victoriosos no pueden controlar y asumir la responsabilidad de todo. Son pesadas máquinas incapaces de llevar a término tantas tareas nuevas y sobrehumanas. La que denominamos economía territorial en las clasificaciones de nuestros libros de texto no podía permitirse asfixiar la economía denominada urbana. Las ciudades continúan siendo las fuerzas motrices. Los Estados que incluyen estas ciudades en su territorio no tienen más remedio que llegar a acuerdos con ellas y tolerarlas. Estos acuerdos son perfectamente naturales considerando que las ciudades, incluso las más independientes, necesitan usar un espacio que pertenece a los Estados territoriales.

Toda la Toscana no alcanza por sí sola a sostener a la riquísima Florencia de los Médicis. Esta no produce siquiera un tercio del trigo que consume anualmente. Los aprendices de las tiendas del Arte della Lana vienen de las colinas toscanas, pero también de Génova, de Bolonia, de Perusa, de Ferrara,

de Faenza y de Mantua[341]. Hasta alrededor de 1581-1585, las inversiones de capital florentino (las accomandite) se mueven de punta a punta de Europa, e

incluso alcanzan Oriente[342]; las colonias de mercaderes florentinos están presentes en todas las plazas importantes: en España son mucho más influyentes de lo que se piensa normalmente; predominan en Lyon, y a

comienzos del siglo [343] XVII ocupan una posición de primera fila en la propia

Venecia. A partir del advenimiento del gran duque Ferdinando (1576) se inicia una más precisa búsqueda de nuevos espacios y mercados. Entre estos intentos, no son los menos curiosos los cruceros de las galeras de Saint-Étienne, o las asociaciones con los holandeses para llegar al Brasil y a las

Indias[344].

Estas grandes ciudades del siglo XVI, con su capitalismo ágil y peligroso, están en condiciones de controlar y explotar el mundo entero… Venecia no se explica únicamente por su tierra firme, o por su gran imperio de costas y de islas, tenazmente explotado. En realidad, se nutre también de la grasa del Imperio turco. Como la hiedra del árbol a que se agarra.

Tampoco Génova se contenta con nutrir su vida opulenta (la de sus banqueros, se entiende) de las pobres costas de Poniente y de Levante, o de las de Córcega, que era una preciosa y embarazosa propiedad. El drama de su existencia en los siglos XV y XVI no está en sus destinos políticos, que son una resultante y, las más de las veces, una simple apariencia; el drama está en que Génova pierde un imperio y reconstruye otro. Y el segundo en nada se parece al primero.

El primer imperio genovés estaba formado esencialmente por colonias comerciales. Dejemos a un lado, a este respecto, las ideas de Sombart sobre la expansión feudal agrícola de las ciudades italianas en la Edad Media, que conducen a la integración de vastos dominios territoriales, lo cual es verdad, sin duda, en los casos de Siria, Creta, Chipre y Quíos, donde los genoveses permanecieron hasta 1566. Pero lo esencial de la gran prosperidad de Génova, son las colonias plantadas por esta ciudad más allá de Constantinopla, en los límites del Imperio bizantino, en Caffa, Tana, Soldaia y Trebizonda. Son, todas, factorías. Otra de ellas, Tabarca, organizada por los Lomellini en la costa norafricana, extraña ciudadela comercial, muy viva todavía durante el siglo XVI, de la que fluyen hacia Génova los fabulosos beneficios de la pesca del coral…

El segundo imperio de Génova se vuelve hacia el oeste; se apoya en antiquísimos centros, viejas y potentes colonias comerciales existentes de antemano y que bastaba con sostener, en Milán, Venecia, Nápoles. En Mesina, la colonia genovesa percibe en 1561 su crecida parte alícuota sobre el tráfico del trigo, la seda y las especias; oficialmente, según un documento

consular, dicha parte alícuota arrojaba 240 [345] 000 escudos por año. Diez, 20, 30 colonias de este tipo se extendían alrededor del Mediterráneo. Pero el imperio con el que Génova se resarció de los desastres de Oriente sobrevenidos a finales del siglo XV no se edificó allí, sino en los dominios hispánicos, en Sevilla, Lisboa, Medina del Campo, Valladolid, Amberes y América… Su carta de fundación hay que buscarla en la convención pacífica

de 1493, firmada en Sevilla entre Génova y los Reyes Católicos[346], que reconocía a las colonias genovesas el derecho a elegir un cónsul de su nación, «consulem subditorum suorum», y relevarlo a su voluntad. Pero estas colonias occidentales, que habían de modelar tan profunda y duramente la materia financiera y fiscal de España en vísperas de su grandeza americana, estas colonias son algo muy aparte; son, a decir verdad, colonias de banqueros. Génova se rehízo de su desastre comercial en el Oriente con una victoria financiera en el Occidente. Esta fórmula es excesivamente simple, pero dice lo esencial.

Los genoveses crearán los negocios sevillanos hacia América por medio del arte de los cambios; por medio de los mismos hilos se apoderarán muy pronto de los grandes monopolios de la sal y de la lana, y tendrán asido por la garganta el mismo gobierno de Felipe II, desde mediados del siglo… ¿Podemos decir que fue esta una victoria genovesa? Sí y no. Este imperio del dinero, cuyas mallas se extendieran en 1579, con la creación de las ferias de Piacenza, sobre todo el mundo occidental, como ayer el poderío de la plaza de Londres, es el imperio de las grandes familias patricias, de los nobili vecchi, de los viejos nobles, y no el de la ciudad, que desde 1528 estaba toda ella en manos de aquellas familias, las cuales seguirán dominándola, en realidad, a pesar de los nuevos nobles, de las pasiones populares y de la gran ocasión que se presentó en 1575. Esta extraordinaria aristocracia financiera devorando al mundo es la mayor aventura urbana del siglo XVI. Génova parece subsistir milagrosamente. No tiene flota propia, o no tiene, por lo menos, una flota suficiente: surgen, en el momento preciso, las naves ragusinas primero y los barcos marselleses después. En 1566, pierde sus colonias en el mar del Norte, y después Quíos, centro de sus operaciones mercantiles en el Levante. Pero el registro de los caratti del mare, de 1550 a 1650, demuestra que siguen llegando a ella la seda del Asia Central y las ceras blancas por Rusia y la

«Khazaria», igual que durante los siglos [347] XIII y XIV . El turco no le concede

el «tratado del trigo», pero se alimenta, cuando le conviene, de trigo turco… El siglo XVII asiste a un repliegue de las economías, pero Génova se mantiene

poderosa y agresiva, declaró su puerto libre en 1608[348]. Son simples milagros del dinero, que no es, de por sí, un milagro simple. Todo afluye a esta riquísima ciudad de los hombres. Bastaba con que un genovés comprase

algunas acciones de un navío ragusino[349], para que este entrara inmediatamente al servicio de la Dominante. Bastaba con que situara un poco de dinero en Marsella para que los barcos de toda la ribera de la Provenza vinieran a ofrecer a Génova sus servicios. ¿Por qué la seda blanca no había de llegar hasta Génova desde las profundidades de Asia? Para lograrlo bastaba entregar a cambio un poco de metal precioso. Y Génova es, a partir de los años 1570-1580, el centro de redistribución de la plata americana, controlada por los señores de las finanzas, los Grimaldi, los Lomellini, los Spinola y otros muchos. El dinero que no emplean en sus altos y maravillosos palacios de Génova lo invierten en compras de tierras o feudos en Milán, en Nápoles o en el Montferrato inferiore (las pobres montañas genovesas no eran en modo alguno lugar donde invertir de modo seguro el dinero) o en rentas en España,

Roma o Venecia[350]. En España, donde el pueblo detesta por instinto a estos orgullosos mercaderes, y donde Felipe II los trata muchas veces como a

criados y llegado el caso, los hace detener[351], está todavía por hacer la lista

de sus fechorías. Un historiógrafo marxista[352] ha compilado la lista de los estragos ocasionados por el capitalismo comercial de Núremberg en Bohemia, Sajonia y Silesia, y le atribuye la responsabilidad del retraso económico y social de estas regiones, separadas del mundo exterior y comunicando con él solo a través de estos intermediarios abusivos. Y la misma acusación se puede hacer a los genoveses en España: Han bloqueado el desarrollo de un capitalismo español —los Malvenda de Burgos y los Ruiz de Medina del Campo no son más que personajes de segunda fila, y los responsables de las finanzas de Felipe II, de Eraso y Garnica al marqués de Auñón, con sus recién estrenados títulos, prebendas y prevaricaciones, no pasan de ser personajillos, personas a las que se puede comprar y compradas—.