El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
III. Una civilización contra todas las demás: el destino de los judíos
hábiles compras o como producto de la fabricación sobre el terreno.[236] La guerra, como equilibradora de civilizaciones: toda una tesis por sostener y desarrollar. Pero, a partir del año 1574, esta guerra en el Mediterráneo conduce a un callejón sin salida, y en 1606, en los campos de batalla de Hungría, a una posición de equilibrio imposible de romper. E inmediatamente se manifiesta una inferioridad, que no tardará en acentuarse.
En estos primeros años del siglo XVII, fértiles de nuevo en proyectos de cruzadas, son muchos, es verdad, los cristianos que se equivocan, al creer en
el porvenir otomano.[237] Pero ¿no son, una vez más, la división interna de Europa y los comienzos de la guerra de los Treinta Años los que crean la ilusión de la fuerza de los otomanos y los que contribuyen a salvar su vasto imperio?
III. U [II-201] NA CIVILIZACIÓN CONTRA TODAS LAS DEMÁS:
EL DESTINO
DE LOS JUDÍOS[238]
Todos los conflictos considerados hasta ahora se han limitado al diálogo entre dos civilizaciones. En el caso de los judíos, están implicadas todas las civilizaciones, y también todas, en condiciones de aplastante superioridad. Frente a tanto poderío y tan ingente número de hombres, los judíos no son sino unos minúsculos adversarios.
Pero estos adversarios cuentan con extraños recursos: si un príncipe los persigue, otro hay que los protege; si una economía los arruina, otra hace su fortuna. España los expulsa en 1492, y Turquía los acoge, dichosa, quizá con la esperanza de poderlos usar contra los griegos. Existe también la posibilidad de ejercer presión y la de la acción indirecta, como los judíos de Portugal
demostrarán ampliamente.[239] Cuentan con todas las complicidades que puede comprar el dinero y disponen, en Roma, de un embajador general que simpatiza con su causa. Por eso les resultó relativamente simple convertir en letra muerta las medidas dictadas contra ellos por el gobierno de Lisboa: acababan inevitablemente siendo anuladas o convertidas en inofensivas, como
Luis Sarmiento[240] explica a Carlos V, en diciembre de 1535: los conversos, o judíos convertidos, han obtenido una bula pontificia que los absuelve de todos sus errores anteriores, la cual va a impedir al gobierno cualquier acción contra ellos, tanto más cuanto estos conversos han prestado dinero al terriblemente endeudado rey de Portugal: 500 000 ducados sin contar lo que debe en Flandes, “y que pesan sobre los cambios”. Pero el vulgo murmura sin cesar contra estos traficantes de peixe seco —el pescado seco con que se alimentan los pobres— y gruñe con aspereza, fieramente, como dice una carta veneciana de fecha muy posterior (octubre de 1604), es decir, más de medio