El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
La vida montañesa, primera historia del Mediterráneo
otros elementos, los indispensables mercaderes viajeros[142], cuya presencia
se acusa entonces[143] hasta en las ferias de Alemania, en los muelles de
Venecia y en las tiendas de Ámsterdam[144]. Otros, antes que ellos, habían intentado establecer estos nexos y fracasaron en el empeño. Si los armenios lograron éxito, se debe, en cierto modo, a que eran cristianos, pero, sobre todo, gente ruda, acostumbrada a pasarlo mal, resistentes y de pocas necesidades, verdaderos montañeses, en una palabra. «Cuando regresan de la cristiandad [apunta Tavernier, que los conoció muy bien], traen toda clase de mercancías y de quincallería de Venecia y de Núremberg, como pequeños espejos, sortijas de latón y de esmalte, perlas falsas y otras cosas por el estilo,
con las que pagan los víveres que sacan de las aldeas…»[145]. Reunían por este medio grandes fortunas en dinero contante, y, de regreso en sus hogares de Zolfa, la rica colonia armenia de Ispahan, se daban una vida tan fastuosa como la de los persas, vestían suntuosamente a sus mujeres con brocados de Venecia y enjaezaban con bridas de oro y de plata sus caballos. Es verdad que jugaban sobre dos tableros, y, no contentos con los negocios de Europa, traficaban en las Indias, en Tonkin, en Java, en las Filipinas «y por todo el
Oriente, con excepción de China y el Japón»[146]. A veces iban ellos personalmente a negociar —Tavernier hizo el viaje de Surate y de Golconda con el hijo de un gran mercader armenio de Zolfa, a quien sus negocios llevaban por aquellos rumbos—; otras veces se aprovechaban de los puestos establecidos por ellos en la gran ciudad junto a los «banianos», esos importantes mercaderes hindúes, emisarios avanzados del comercio asiático en la capital persa. Algunos armenios poseían barcos que surcaban las aguas
del océano Índico[147].
Esta emigración de finales del siglo XVI y comienzos del XVII explica el Renacimiento armenio de tipo veneciano con que nos encontramos en esa época. ¿Pero no es precisamente por haber rebasado sus límites por naturaleza, por necesidad, y con tantas ventajas como inconvenientes, por lo que desde el siglo XIV Armenia dejó de ser Estado, y hasta un medio humano de alto potencial? A Armenia la arruinó su propio triunfo.
La vida montañesa, primera historia del Mediterráneo
Eso es realmente la montaña: una fábrica de hombres para uso ajeno; su
vida difusa y pródiga alimenta toda la historia del mar[148]. Y mañana tal vez haya sido ella misma, la montaña, la que produjo esa historia, en sus orígenes; pues la vida montañesa, movimiento más que vida sedentaria, ganadería antes que agricultura, parece haber sido, en efecto, la vida inicial del Mediterráneo, cuya civilización, «lo mismo que la del Cercano Oriente y la de Asia Central,
encubre y disimula a duras penas sus elementos pastoriles»[149], que evocan un mundo primitivo de cazadores y pastores, una vida de trashumancia y nomadismo, con algún que otro cultivo apresurado en chamiceras. Vida geográficamente vinculada a las regiones altas, desde muy pronto pobladas, explotadas y organizadas por el hombre.
¿Las razones? Sin duda, la variada distribución de los recursos montañeses; pero también el hecho de que las llanuras fueron primitivamente el reino de las aguas estancadas y de la malaria, o bien de zonas a lo largo de las cuales discurrían aún las aguas de curso incierto de los ríos. Las llanuras habitadas, que hoy en día son imagen de la prosperidad, han sido la culminación tardía y penosa de siglos de esfuerzos colectivos. En la Roma antigua, en tiempo de Varrón, persistía aún el recuerdo de los días en que se navegaba en barca por el Velabro. La ocupación se extendió progresivamente de las alturas hacia las tierras bajas febriles, brillantes de aguas muertas.
Abundan las pruebas de ello. En el bello estudio de P. George[150] encontramos un mapa de los establecimientos prehistóricos de la región del Bajo Ródano: todos los centros reconocidos aparecen situados en las altas regiones calcáreas que dominan la depresión del delta, al este y al norte. Hasta miles de años más tarde no se iniciaron, con el siglo XV, los trabajos de
saneamiento de las marismas del Ródano[151]. Lo mismo ocurre en Portugal, donde no existen depósitos prehistóricos en las cuencas y en los valles. En cambio, las montañas están pobladas desde la Edad del Bronce; su deforestación no es reciente e iluminada por las luces de la historia, como la de Europa Central. En los siglos IX y X aún se vivía en las cumbres; las localidades más antiguas que se conocen, y que se remontan precisamente a esa época —la de los reyes asturoleoneses—, son casi siempre, y como por
casualidad, los aleros más altos de las actuales poblaciones[152].
El ejemplo portugués nos lleva fuera de los límites del Mediterráneo. Pero ahí está el ejemplo de la Toscana, en el mismo corazón de este mar. Región de estrechas llanuras, naturalmente pantanosas, cortadas por valles encajonados entre las colinas que se elevan más y más a medida que vamos hacia el este y hacia el sur; y, en él, las ciudades. ¿Dónde encontramos las primeras, las más antiguas de todas? Exactamente en el último piso, sobre las pendientes medias, hoy cubiertas de viñedos y olivares. Allí se alzaban las ciudades etruscas, las oppida, escalonadas a muchos centenares de metros sobre los valles, colgadas sobre las colinas: Hochrückenstädte, las llama