El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
¿Mundos aislados?
Tales son las grandes y las medianas islas del Mediterráneo. Sería un vano esfuerzo enumerar las otras, las pequeñas y las minúsculas (aunque algunas de ellas sean muy célebres, como son, por ejemplo, la isleta de Argel, las de Venecia, Nápoles y Marsella), pues no hay una sola porción del litoral mediterráneo, por muy limpio que su contorno aparezca dibujado en los
mapas, que no se halle flanqueado por gran número de islotes y rocas[178]. A limpiar las costas de Sicilia de los corsarios que acechan la ocasión para renovar sus provisiones de agua potable, se le llama en la correspondencia de los virreyes de Sicilia «limpiar las islas», es decir, vigilar los puntos de anclaje de docenas de islotes que eran otros tantos nidos para las clásicas emboscadas.
¿Mundos aislados?
Todas estas islas, pequeñas o grandes, cualquiera que sea su forma o situación, constituyen un medio humano coherente, en la medida en que pesan sobre ellas limitaciones análogas que las colocan a la par muy en retraso y muy adelantadas con relación a la historia general del mar; que las sitúan, siempre, de modo brutal, entre esos dos polos opuestos: el arcaísmo y la novedad. Tomemos Cerdeña como ejemplo intermedio: a pesar de sus dimensiones, esta isla no ha desempeñado ningún papel decisivo en la vida mediterránea, por más que otra cosa digan los geógrafos de la época y los cronistas sardos de todos los tiempos. Para ello, Cerdeña está demasiado mar afuera, demasiado perdida en el mar, demasiado alejada de los contactos enriquecedores que, por ejemplo, mantiene Sicilia con la península itálica y con el África. Además, es una isla demasiado montañosa, demasiado fraccionada por sus relieves, hostiles a la circulación y, por último, prisionera
de su pobreza[179]. Vive esencialmente de sus propios recursos. Es un
continente, un mundo aparte, con su lengua[180], sus costumbres, su economía arcaica, su vida predominantemente pastoril —la misma que conociera ya en tiempos de Roma—. Tantas veces se ha señalado el arcaísmo de las islas —el de Cerdeña, entre otras—, su invencible tendencia de conservar durante siglos las formas viejas de la civilización y la miscelánea de su folclore, que parece
inútil insistir sobre el tema[181]. Sabemos, por ejemplo, que Quíos, isla que pertenecía a Turquía desde 1566, conservó activa durante largo tiempo su cristiandad católica, llegando a merecer el título de la «pequeña Roma» de Levante.
Pero al mismo tiempo, y en contraste con ese relajamiento, cuando las islas entran en contacto con el mundo exterior, de tiempo en tiempo, lo hacen de un modo brusco; como por descargas eléctricas. Muchas veces, por un cambio casual de dueño o de fortuna; entran entonces de golpe y porrazo en un nuevo tipo de vida y de civilización; las costumbres, las modas e incluso la lengua, que sus habitantes han sido capaces de almacenar y conservar intactas durante largos siglos, quedan en pie como el testimonio vivo de revoluciones abolidas. Y es que el «aislamiento de las islas» es una verdad muy relativa. Tal vez sea cierto que el mar que las rodea las separa del resto del mundo más que otro medio cualquiera, cuando realmente quedan al margen de los circuitos de la vida marina. Pero cuando no ocurre así, sino que, por una u otra razón (razones con frecuencia procedentes de fuera y gratuitas), forman parte como un eslabón de estos circuitos, ocurre todo lo contrario: se enlazan activísimamente a la vida exterior y llegan a estar mucho menos separadas y «aisladas» de ella que ciertas montañas apenas unidas al mundo exterior por cualquier desfiladero infranqueable.
Volviendo al ejemplo de Cerdeña, vemos que en la Edad Media se encuentra dentro del circuito de Pisa primero, y después del de Génova, despertando una solicitud muy interesada a causa de sus minas de oro. En los siglos XIV y XV se apodera de esta estación de tránsito la expansión catalana. Alghero, en la costa occidental de Cerdeña, es un islote lingüístico donde todavía hoy se habla catalán y donde los eruditos señalan una curiosa arquitectura hispano-gótica. En el siglo XVI, y sin duda desde antes, esta isla
era la principal exportadora de quesos del Mediterráneo[182]. Y ello le valió entrar en contacto con el resto del mundo occidental, pues desde el puerto de Cagliari exporta su queso cavallo o salso por barcos y galeones enteros a la cercana Italia, a Liorna, a Génova, a Nápoles e incluso a Marsella, a pesar de la competencia de los quesos de Milán o de la Auvernia y hasta de los de Barcelona. Otro camino de este contacto con la vida mediterránea en el siglo XVI era la constante amenaza de sufrir los ataques de la piratería berberisca. Piratería no siempre victoriosa, como lo demuestran los casos de capturas de corsarios, poco numerosos, por lo demás. Mucho más numerosos eran los sardos, pescadores o habitantes de la costa, a quienes los berberiscos raptaban anualmente y que pasaban a engrosar las filas de los desgraciados cautivos o de los ricos renegados de Argel.