El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Las ferias: retícula complementaria de la vida económica

sola persona a bordo[98], pero todas las riquezas de su carga están completas y el barco fantasma llega por sí mismo al puerto.

También se requerían grandes proezas económicas, como luego veremos. Había que movilizar inmensos recursos, como nos revelan las enormes fluctuaciones que regularmente se dan en los centros comerciales. Así

veremos que Venecia, en marzo de 1464[99] se queda completamente sin numerario al enviar todo el disponible en las galeras que se hacen a la vela hacia Siria. Sus existencias de dinero, todos sus arzenti, están desde ese momento sobre las olas, sono navegati per questi navi di Siria; la ciudad queda exangüe, repentinamente paralizada. El mismo espectáculo ofrece Sevilla cien años más tarde, aunque en aquel momento la ciudad estaba en la cumbre de su prosperidad. Aún no había partido la flota de Indias (no

franqueará la barra de Sanlúcar sino entre el 24 y el 29 de marzo de 1563)[100] y ya le escribe a Simón Ruiz lo que sigue su corresponsal de Sevilla el 15 de

febrero[101]: «hace días que nadie ha conseguido en esta plaza el préstamo de un solo real ni aun pagando el precio que sea». Todo el dinero disponible se había gastado en las compras de último momento de mercancías que se querían mandar al extranjero, y habrá que esperar la vuelta de las flotas para que haya de nuevo abundancia, largezza, de dinero contante. El año anterior, 1562, como la flota tardase, los mercaderes, ya endeudados, hubieron de pedir nuevos préstamos a no importa qué precio: «desde hace un mes [hace notar

una carta oficial][102] la gente está pidiendo a préstamo con interés, con más del 4.5 % de pérdida, redundando la cosa en beneficio de los extranjeros». Y, precisamente, se acerca la hora en que vencen los pagos en la feria de Medina del Campo: ¡Si Su Majestad quisiera graciosamente prorrogar la fecha de vencida y salvar a los mercaderes!

 

Las ferias: retícula complementaria de la vida económica

 

Los centros comerciales son los motores decisivos de la vida económica: quebrantan la hostilidad del espacio, lanzan las grandes corrientes de tráfico, las cuales, moviéndose todo lo aprisa que permite la época, triunfan a cualquier precio sobre las distancias. A estas vienen a unirse otras actividades, siendo las más importantes las de las ferias, a las que conviene considerar como cuasi ciudades, centros comerciales temporales, diferentes unas de otras como lo pueden ser entre sí las ciudades, unas menores, otras medianas y algunas excepcionales, evolucionando estas últimas de ser ferias de

mercancías a serlo de cambio[103]. Pero nada tiene carácter definitivo en este terreno. Las ferias de Champaña se extinguen en el siglo XIV, para resucitar en Chalon-sur Saône, en Ginebra, y, más tarde, en Lyon. En la Italia del norte y en los Países Bajos, comarcas en las que existía una intensa actividad urbana, las ferias, todavía esplendorosas en el siglo XVI, comienzan a declinar. Y allí donde subsisten, como en Venecia, son, en el mejor de los casos, simple fachada. Cuando se celebra la Ascensión en la plaza de San Marcos la

espectacular feria denominada precisamente de la [104] Sensa (por el nombre de la fiesta religiosa), ocasión de grandes festejos y de los célebres desposorios del dux con el mar. Pero ese ya no era el corazón de Venecia: latía ahora en la plaza y puente de Rialto.

En este constante diálogo entre las ciudades (o, si se prefiere, centros comerciales) y las ferias, serán aquellas las que al operar sin interrupción (en Florencia se cotizaban los cambios todos los sábados) se acabarán imponiendo a estas, que no pasan de ser, a fin de cuentas, sino reuniones excepcionales… O mejor dicho, deberían hacerlo, pero nada evoluciona en sentido único. Siempre son posibles las sorpresas y los colapsos. En la Italia del norte el establecimiento en Plasencia, en 1579, de las ferias (de cambios) de Besançon, es, desde el punto de vista de la historia del capitalismo, el acontecimiento más importante del siglo. En Plasencia queda emplazado, y por muchos años, el exigente corazón de la economía mediterránea y del Occidente entero. Volveremos luego sobre este importante acontecimiento. De hecho, no es la ciudad de Génova, sino las cuatro discretas reuniones anuales de un centenar de hombres de negocios en Piacenza, las que dictan el ritmo de la vida material de Occidente. Un veneciano nos dice —y exagera

apenas—[105] que lo único que allí cambiaba de manos eran los papeles, pero nunca una sola moneda. Y sin embargo, todo —idas y venidas, sangre arterial y sangre venosa— culmina en este polo decisivo, que distribuye operaciones de banca y descuentos, deudas y créditos, saldos de cuentas y utilidades, oro y plata y transacciones simétricas y asimétricas, sin todo lo cual los cambios perderían sentido y vigor.

Pero las ferias locales representan también su papel, aunque sea a un nivel más modesto; un papel de la misma especie que el de las más ilustres ferias comerciales, Lyon, Medina del Campo, Fráncfort del Maine, y más tarde, Leipzig. Investigaciones recientes nos han ido proporcionando más detalles sobre la historia de esas innumerables ferias regionales: ferias de

Lanciano[106] [107] , de Salerno, de Aversa, de Lucera, de Reggio de Calabria en el Reino de Nápoles; ferias de Recanati y de Sinigaglia en los Estados

pontificios, las ferias conectadas entre sí de Lombardía[108], sin contar las que Venecia autoriza en Bérgamo o en Brescia, o las de Bolzano, en el Tirol, que

tan prósperas llegaron a ser en el siglo [109] XVII , o, en Siria, la feria marítima

de Djeblé y, tierra adentro, a 100 kilómetros al sur de Damasco, la feria

caravanera de Mzerib (El Muzeirib)[110]. Y estaban además las ferias minúsculas, poco más que mercados semanales y que siembran de puntos

explosivos todo el espacio de Occidente y el de los Balcanes[111]. Solo en

Castilla la Nueva, podemos contar, entre los años 1575-1580, 22 de ellas[112]

en plena actividad, y las hay a docenas en Portugal[113]. Todas, hasta las más humildes, eran como ciudades construidas a toda prisa allí donde poco antes solo había —como en Medina del Campo— una calle —la Rúa— y una amplia plaza; o bien un vasto terraplén a las afueras de la ciudad, como en

Lanciano[114]. Quince días de actividad febril, quizá tres semanas; un mes a lo sumo: eso es lo que supone la celebración de la feria. En Daroca, en Aragón, la feria principal comienzo del día del Corpus: con tal ocasión los hermanos de la Trinidad sacan fuera de su iglesia hostias milagrosas antaño transformadas en carne y sangre (e ciò si vede chiarissimamente, dicen con convicción unos jóvenes viajeros venecianos, en mayo de 1581). Esta feria, que dura ocho días, reúne una multitud de tratantes de mulas, vendedores de animales de labor, de silla o de tiro, estos últimos capaces de arrastrar esos

vehículos que en España son siempre de dos ruedas solamente[115] (notemos, de paso, este detalle).

Pasada la feria, todo vuelve a la normalidad. La decoración de este espectáculo se desmonta y se lleva a otro sitio (algo así como la de los pueblos que Potemkin enseñaba a su emperatriz). Mercaderes, mercancías y bestias de carga pasan de una ciudad a la ciudad vecina. Una feria termina y otra comienza. Los siete u ocho mercaderes flamencos que se marchan de Lanciano en septiembre de 1567, en la feria «de agosto», pueden llegar a tiempo —tal como desean— a la segunda feria de Sorrento, que comienza el

21 de ese mismo mes[116] [117] . En abril de 1567 un cierto Speranza della Marca, a quien menciona un documento napolitano, «acompañado de sus agentes», in giro per il Regno, visita sin duda todas las ferias, vendiendo

artículos de mercería, paños de seda, [118] zagarelle, hilos de plata y de oro, peines, gorros… Quizá hace felices a sus clientes vendiéndoles esos sombreros españoles que una moda imitadora ha introducido en Nápoles.

Estas ferias eran siempre lugar de cita de importantes mercaderes muy familiarizados con las letras de cambio y el mecanismo de los créditos (en

Lanciano se han encontrado montones de paquetes de letras de cambio)[119] y que importan especias, drogas y tejidos. Pero, incluso en Lyon (marzo de

1578)[120], y a decir de los posaderos, «por cada mercader que viene a las ferias a caballo y que puede permitirse gastar dinero y tomar un buen alojamiento, hay 10 que llegan a pie y que se contentan con encontrar acomodo en la más humilde de las posadas». Las ferias atraen también a los vendedores ambulantes más modestos, representantes genuinos de un mundo campesino que pone a la venta sus productos: animales, tocino, barriles de carne salada, cueros, pieles, quesos, toneles nuevos, almendras, higos secos, manzanas, vinos corrientes, y crudos tan famosos como el mangiaguerra, barriles de anchoas o de sardinas, seda cruda… Lo importante de estas ferias que tienen lugar en el sólido reino de Nápoles, y cuyo lado pintoresco es el que acabamos de atisbar, es que ponen en contacto las grandes rutas comerciales con los caminos campesinos y senderos de mulas, «capilares» que bajan de la montaña a espaldas de Lanciano «siguiendo las depresiones excavadas por las aguas corrientes». Evidentemente esto da un importante impulso a los cambios y la circulación y también a todo un cortejo de transacciones tanto en dinero como en especies, un vasto movimiento que se beneficia de las exenciones de peajes, pues uno de los obstáculos opuestos por el espacio es ese complejo de puestos aduaneros, derechos de puertas de las

ciudades y portazgos[121].

El cuadro es idéntico, dondequiera que miremos. Tendilla[122], una ciudad de Castilla la Nueva, en la provincia de Guadalajara, era, hacia 1580, un lugar muy poco conocido. ¿Qué geógrafo la podía situar, de memoria, al pie de la sierra de la Calderina y a orillas del Guadiana, el cual, después de pasar por delante de ella, sigue su camino hacia Ciudad Real, Badajoz y, finalmente, Portugal? Con sus 700 casas, es en esta época una vasta villa señorial de unos 3000 habitantes. Y una de sus dos ferias, la de San Mateo, que tiene lugar precisamente al final del invierno, es durante todo un mes el escenario de una enorme actividad. Era una feria que acontecía en el momento justo: los artesanos habían trabajado durante todo el invierno tejiendo sus paños y esta era la primera feria del año, «feria de coyuntura que todo el imbierno [sic] se han labrado los paños, y ser la primera del año». Llegan a ella mercaderes de todas las ciudades vecinas, e incluso «mercaderes gruesos» de Madrid, de Toledo, de Segovia, de Cuenca, además de mercaderes vizcaínos de telas e hilos, y portugueses, «más numerosos aquí que en ninguna otra feria de Castilla». Este concurso de gente y la abundancia de puestos evocan la

Alcaicería[123] de Granada. ¡Cuántas mercancías!: telas de toda especie y de todos los lugares, sedas, especias, drogas, palo del Brasil, marfil, piezas de orfebrería y, junto con ellas, mercancías más cotidianas. Por su parte, el conde de Tendilla percibe cada año 1 200 000 maravedises en concepto de alcabala, muy ligera por cierto: solo 3 %. Esto nos da un volumen de transacciones de unos 40 millones (40 cuentos) de maravedises, es decir, más de 100 000 ducados. Con semejantes resultados, las ferias rompían las economías locales, de ordinario replegadas en sí mismas, y hacían posible el establecimiento —o al menos, la formación— de los «mercados nacionales».