El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Las metrópolis
peligro para ellos»[163]. Así han brotado, de la miseria de un hinterland pelado y casi siempre montañoso, miles de aldeas de la costa mediterránea.
Las metrópolis
Pero las poblaciones marítimas, células básicas, no bastan por sí solas para crear una región viva del mar. Les falta el apoyo insustituible de una gran ciudad que las provea de mástiles, de brea, de telas para las velas, de aparejos, cordelería y de capital; una ciudad con sus establecimientos de mercaderes, sus fletadores, sus aseguradores y todas las múltiples formas que ofrece un medio urbano. Por ejemplo, sin Barcelona, es decir, sin el concurso de sus artesanos, de sus mercaderes judíos, de sus soldados aventureros y de los mil recursos del barrio de Santa María del Mar, se comprendería mal el auge marítimo de la costa catalana. Esta gigantesca empresa ha exigido la intervención, el insustituible codo a codo, el imperialismo de la gran ciudad. La costa catalana despertó a una vida marítima históricamente visible en el siglo XI. Pero su expansión no comenzó hasta dos siglos más tarde con el desarrollo mismo de Barcelona. Desde entonces, y a lo largo de tres siglos, el cortejo de naves que salían de los pequeños puertos de la costa catalana no cesó de animar con su ajetreo la playa barcelonesa, adonde venían a atracar además los veleros de las Baleares, los barcos de Valencia (siempre un poco rivales), los balleneros vizcaínos y los navíos de Marsella y de Italia, clientes permanentes. Bien; pero cuando Barcelona perdió su independencia, cuando sucumbió después de larga lucha contra Juan de Aragón, cuando perdió sus libertades y cuando, 20 años después, en 1492, perdió su judería — acontecimiento no menos grave—; en fin, cuando sus capitalistas fueron renunciando poco a poco a los negocios arriesgados para anteponer a ellos las
rentas regulares de la [164] Taula de Cambi, o sea la compra de tierras cercanas a la ciudad; cuando ocurrió todo esto, vino, al mismo tiempo, la decadencia de la gran ciudad mercantil y de la costa catalana unida a su vida. Hasta tal punto, que el comercio catalán desapareció prácticamente del ámbito mediterráneo, y el litoral del condado, indefenso, fue devastado, por los corsarios franceses primero —durante las guerras entre los Valois y los Habsburgo— y más tarde por los corsarios argelinos, no menos peligrosos, y que llegaron a establecerse casi de un modo permanente en las soledades del delta del Ebro.
Marsella, Génova o Ragusa jugaron un papel idéntico al de Barcelona con respecto a los pequeños puertos vecinos. Y se da el caso a veces de que la