El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Comparaciones y cartografía de conjunto
El análisis de cada ejemplo, importante o no, llevará siempre a conclusiones análogas.
1. Todos los casos conocidos y estudiados detalladamente demuestran que la trashumancia está marcadamente institucionalizada, protegida por salvaguardas, normas y privilegios, y también, y en cierto modo, fuera de la sociedad, como lo demuestra bien la situación de los pastores, siempre una especie de raza aparte. Ciertas investigaciones —si bien referentes a la
Alemania del Sur—[315] subrayan este aspecto extrasocial, intocable, del pastor: un signo, evidentemente, revelador. Y un admirable reportaje sobre el
modo de vivir de los pastores trashumantes de la Provenza actual[316] abre al lector las puertas de un mundo y civilización completamente aparte.
Es evidente que las previsiones a favor o en contra de la trashumancia habrán de variar de región a región, pero siempre existen. En el territorio de Arlés, en Crau, se cometieron abusos en beneficio de los ganados extranjeros; en 1633 delibera el Consejo acerca de la cuestión y autoriza al capitán de la Ronda para que organice las inspecciones necesarias y para cobrar en beneficio propio una tasa especial como retribución. El Parlamento de Aix ratifica la decisión. No hace falta insistir más: nos encontramos ante todo un
sistema perfectamente organizado[317]. En la Nápoles de comienzos del
siglo [318] XVII el cargo más importante fuera de la ciudad es el de jefe de
Aduanas en Foggia. Es él quien se encarga de repartir los pastizales, quien redacta las citaciones y quien percibe los alquileres de los pastos. En su ausencia, la Administración estaba representada por un presidente de la Cámara que hacía acto de presencia en el distrito dos veces por año, «al modo de la Mesta», puntualiza un informe anónimo. Sea justa o no, es una comparación sintomática. También la vida pastoril de Aragón está sometida a una Mesta, con sus privilegios, análoga a la castellana, pero hasta la fecha ningún historiador se ha dejado tentar por sus archivos.
2. En segundo lugar, toda trashumancia es el resultado de una situación agrícola exigente que, incapaz de soportar por sí sola el peso entero de la vida pastoril y no queriendo, por otra parte, renunciar a las ventajas que ofrece, aligera su carga, de acuerdo con las posibilidades locales y las estaciones, volcándola sobre los pastizales de las tierras bajas o los de las montañas. De modo que cualquier investigación emprendida de manera lógica debería comenzar por la consideración de esta agricultura como motivadora de la situación. Ella es la que impone la separación entre pastores y campesinos. Un primer paso hacia la comprensión de la gran actividad pastoril que encuentra en el Tavoliere de Apulia su término, y en los Abruzos, el punto de arranque, requeriría considerar la situación, tanto en la parte alta como la baja, de los campesinos establecidos allí. En el caso de la trashumancia castellana, hemos señalado el papel motor del norte y de los campesinos allí arraigados. En el caso del Vicentino basta con pensar en el paese habitatissimo de la parte baja. Más aún, ¿no es cierto —lo tenemos ante los ojos— que tanto en África del Norte, como en Turquía o Irán, el crecimiento de la población y el progreso de la agricultura han destruido el estilo de vida pastoril de antaño? Lo que ahora está ocurriendo ocurrió también en el pasado.