El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
¿Constituían los pobres de solemnidad un quinto de la población?
¿Constituían los pobres de solemnidad un quinto de la
población?
En Málaga[260], ciudad que tomaremos como ejemplo (y de los más favorables), una evaluación llevada a cabo con la ayuda de los curas de las parroquias da, en 1559, 3096 vecinos, es decir, a cuatro personas por hogar, un poco más de 12 000 habitantes. Según los ingresos podemos distinguir tres clases: razonables, pequeños y pobres. Entre estos últimos más de 700 viudas y 300 trabajadores (contándose como medio vecino las viudas y como uno los trabajadores), lo que da un total aproximado de 2600 personas muy pobres, o, dicho de otra forma, más de 20 % de la ciudad. Los razonables (lo que no quiere decir ricos) eran unos 300 vecinos, es decir, 1200 personas (10 %). Los pequeños constituyen la enorme mayoría, 70 %, o sea unas 8500 personas. La exactitud de estas proporciones es más que probable. Veinte por ciento de la población viviendo en la más extrema miseria, representa un margen muy
amplio, pero perfectamente posible sea en el Mediterráneo o fuera de él[261]. Observadores contemporáneos señalan, además, las más espantosas miserias en el corazón mismo de las ciudades más ricas: en Génova, el invierno agrava
la vida de pobreza[262]; en Ragusa, tan próspera y sin embargo tan mal equilibrada socialmente, donde en 1595, según nos dice un testimonio, «hay
también mucha miseria…»[263]. Carecemos de pruebas que nos consientan saber si las cifras de Málaga pueden también valer para ciudades más o menos favorecidas que ella, y sobre todo, si esta escala de medidas se puede aplicar a las comunidades campesinas, donde los ingresos, estimados en moneda, son magros, pero donde la vida, aunque más ruda que en la ciudad, está más equilibrada. Si aceptamos esta proporción, ello significaría que de 12 a 14 millones de habitantes del Mediterráneo estaban viviendo en la más extrema
miseria: una cifra que aunque enorme no es de descartar[264].
El hecho es que no nos hallamos ante economías donde la totalidad de la mano de obra disponible tenga la posibilidad de encontrar trabajo. Sobre el mercado laboral pesa toda una masa de trabajadores mal utilizados, vagabundos o semivagabundos que son una de las constantes —podríamos decir mejor: una de las estructuras— de la vida europea y mediterránea desde
al menos el siglo [265] XII . En cuanto al nivel de vida del campesinado, apenas
sabemos nada. Nos permitiremos, en consecuencia, algunas incursiones en ese terreno aunque los resultados no pueden evidentemente pretender valor general alguno…
El día 8 de mayo de 1555[266], un pueblo de la región bresciana resulta destruido por un violento incendio. Dependiendo de la comuna alpina de Collio de Valnopia, el pequeño asentamiento de Tizzo mide nada menos que media milla de circunferencia y cuenta con 260 casas, que resultan todas tan afectadas por las llamas que el encargado del informe solo encuentra las paredes en pie; y detalle final: paga 200 ducados en impuestos a la señoría de Venecia. En estas 260 casas, 274 familias suman un total de 2000 personas, lo que significa (si las cifras son exactas, y tenemos motivos sobrados para creerlo así) que en cada hogar había más de siete personas. Sin incluir el precio de las casas, se valoran las pérdidas en 60 000 ducados, o sea, 30 por persona. En julio de ese mismo año, un incendio destruye dos casas campesinas del Trevisano, una región de la planicie; una de ellas se valora en 250 ducados y la otra en 150. En la primera, muebles, forrajes y grano ascienden a 200 ducados, y en la segunda, el heno y los cereales valen unos 90, sin contar los muebles (¿han podido salvarlos?). Las dos víctimas de los siniestros se describen a sí mismos, al presentar su súplica, como poveri, y dicen que se han quedado nudi, expresiones, sin duda, naturales en quienes están pidiendo dinero, pero que, en todo caso, no debían estar en contradicción con la valoración oficial de lo perdido. Permitámonos, pues, suponer que estas cifras particulares pueden servirnos como unidad de medida. Y, volviendo a Tizzo, completemos el balance del desastre: cada casa, unas con otras, se estima como valiendo 200 ducados, lo que añade 52 000 ducados suplementarios al activo, con lo cual se llega a un total de 112 000, y el capital acumulado es de 56 ducados, en vez de 30, per cápita. Y si suponemos que cada familia recoge una cosecha análoga a la del menos favorecido de nuestros dos siniestrados, es decir, de unos 100 ducados, el ingreso total del pueblo se establece entonces en 27 400 ducados, es decir a 13 ducados y 7/10 por cabeza. Esta serie de cálculos nos conduce al borde mismo de la pobreza, por no decir —aunque sería más justo— de la miseria absoluta. Pero no podemos saber con certeza por dónde corre esta línea divisoria.
He descubierto, demasiado tarde para poder explotar plenamente su extraordinaria riqueza, los documentos de la Sommaria, la Oficina de Contabilidad de Nápoles. Pues bien, todos estos documentos fiscales nos conducen por veinte mil caminos diferentes a un mundo de miseria y de vida
difícil. Pescara[267], en la orilla adriática, es una pequeña y miserable ciudad de 200 a 250 hogares, y unos 1000 habitantes, todos ellos forasteros o extranjeros, tomagnuoli, ferraresi, comachiesi, mantovani, milanesi et slavoni. De este millar de emigrantes solo «cincuenta familias [200 personas] poseen casa propia, viñas y practican alguna industria; los demás no poseen absolutamente nada si no es sus cabañas, o mejor dicho, sus chozas de paja; viven al día, trabajando en las salinas o cavando la tierra». El texto añade que todo iría mejor si los campesinos propietarios tuvieran bueyes con que arar el suelo, prueba evidente de que carecían de ellos. Nos encontramos ante un claro ejemplo de miseria. Y sin embargo, esta pequeña ciudad tiene su puerto, sus tiendas e incluso una feria, la de la Annunziata, en marzo.
La Sommaria suministra también detalles acerca de los pueblos que vende y revende, de acuerdo con los azares de las sucesiones, a compradores de rentas señoriales. Lo general es que cada habitante pague un ducado al propietario de la tierra —ducado que abona bajo formas muy diferentes— y esta renta señorial se vende «al cinco o 10 %», es decir a 10 o 20 ducados por cada ducado de renta. Esta regla del ducado por cabeza, que he deducido un poco precipitadamente, vale lo que vale. Otra regla: la renta per cápita del campesino es del orden de los 10 ducados. Pero veamos un caso particular:
Supertino[268], en el territorio de Otranto, es, en mayo de 1549, un pueblo de 395 hogares, es decir, un pueblo grande, casi una ciudad pequeña. Tiene más habitantes que Pescara. Su riqueza la constituyen principalmente los olivos. Aquí la regla del ducado de renta señorial por cabeza funciona muy mal: había unos 1600 habitantes, y el señor percibía 900 ducados. Pero en este caso particular sabemos el diezmo que se pagaba en especies al señor y con ello tenemos la oportunidad de calcular la producción y los ingresos en moneda del pueblo: 3000 barriles de vino, 11 000 tomola de trigo, 4000 tomola de cebada, 1000 tomola de avena, 1250 tomola de habas, 50 tomola de garbanzos y lentejas, 550 galatri de lino y 2500 staia de aceite, lo que representa 8400 ducados en dinero. La renta, si la lista de nuestros ingresos es completa y si el diezmo era efectivamente una décima parte, resulta ser algo superior a los cinco ducados por habitante.
Sin embargo, los pueblos de Castilla, y según las Relaciones
Topográficas[269] de las averiguaciones de 1576 y 1578, nos ofrecen cifras
más altas. El nivel de vida calculado por medio de una selección[270] es de 15 522 maravedises o 44 ducados por familia; de modo que, si suponemos que cada familia se compone de cuatro miembros, la renta per cápita es de 11 ducados.
Podríamos seguir haciendo cálculos. Los copiosos archivos de los gremios no han sido todavía investigados seriamente. Sin duda, las contabilidades fiscales nos permitirían calcular en más vasta escala el producto nacional de cada una de las islas venecianas: Corfú, Creta y Chipre. Por lo que respecta a Sicilia, contamos con excepcionales series de documentos tanto en Palermo como en Simancas. Creo que se podría (con dificultad, pero se podría) calcular el producto bruto del Estado veneciano o del Estado toscano.
Hubo un tiempo en que creí poder resolver estos problemas tomando como límite mínimo el precio de los esclavos o de los galeotes, o el salario de los forzados voluntarios, o incluso el de los soldados o los sirvientes domésticos. Pero no estoy ahora seguro de que los precios puestos al hombre sean realmente marginales. Los esclavos se venden, en Sicilia y Nápoles,
unos con otros, a 30 ducados por cabeza[271] en la primera mitad del siglo;
pero se dobla su precio después de 1550[272]. No se pueden sacar conclusiones de esto, porque el mercado de esclavos era muy restringido, y los precios se iban abajo cuando se producía un flujo temporal de esclavos: en junio de 1587, a la vuelta de una expedición de pillaje con sus galeras, Pietro di Toledo (hijo del célebre virrey de Nápoles) vende los esclavos obtenidos a
30 ducados por unidad[273]. Añadamos que con frecuencia era posible procurarse mano de obra servil sin apenas aligerar la propia bolsa. A finales del siglo XVI, nos enteramos, con motivo de la liberación de los esclavos-galeotos ponentini, que habían estado amarrados al banco durante 12 años, que habían sido enviados a galeras por el Provveditore de Cefalonia sin haber mediado forma alguna de proceso, y que desde ese momento habían ido
pasando de galera en galera, [274] strabalzati di galera in galera. Idéntica
decepción en lo referente a los rescates pagados por los cautivos[275]. Los documentos que se conservan son los relativos a personas ricas e influyentes: el rescate no refleja el precio corriente del hombre, sino los recursos económicos que su amo le supone. En cuanto a los forzados voluntarios que eran pagados y alimentados a bordo de las galeras, un comentario del
comendador Girón[276] nos aclara cuál era la situación. Se da también el nombre de forzados voluntarios o voluntarios a medias a los desgraciados que después de haber cumplido su condena continúan sirviendo en galeras; se les paga un ducado al mes, dice nuestro informador, mientras que en Italia se les da el doble. ¡Con tan alto salario, añade, sería muy fácil encontrar voluntarios en España! Es evidente que los soldados estaban muy bien pagados —los sueldos les atraían—, puesto que un soldado recibía, ya en 1487, tres ducados