El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

El bandolerismo y los Estados

Entre los años de 1550 y 1600, el Mediterráneo, de apariencia tan tranquila, se consume en esta guerra, ágil, cruel y diaria. Una guerra a la que no quiere prestar atención la gran historia, que deja como algo secundario, al cuidado de los ensayistas. Por lo que a Italia se refiere, sólo Stendhal deja escritas, acerca de esto, cosas sutiles y pertinentes.

 

El bandolerismo y los Estados

 

El bandolerismo es, ante todo, una revancha contra los Estados organizados, defensores del orden político y, también, del social. «Naturalmente, el pueblo, vejado por los Baglioni y los Malatesta, por los Bentivoglio y los Médicis, amaba y respetaba a los enemigos de los señores. La crueldad de los pequeños tiranos que suceden a los primeros usurpadores, por ejemplo, las crueldades de un Cosme, el primer gran duque (de Toscana),

[252] que mandaba asesinar a los republicanos refugiados hasta en Venecia y

en París, reforzaron las filas de los bandidos[253]». «Estos bandidos eran la oposición levantada contra los gobiernos atroces que sucedieron a las

Repúblicas en la Edad Media».[254] Así se expresa Stendhal. Pero ¿no le inducirá a formar tales juicios el espectáculo del bandolerismo que florecía bajo sus ojos en la Italia de su tiempo?: «Todavía en nuestros días [escribe] todo el mundo teme encontrarse con los bandoleros, pero si los apresan y los[II-126] castigan, todos los compadecen. Y es que este pueblo tan fino, tan burlón, al que hacen reír todos los escritos publicados bajo la censura de quienes le gobiernan, tiene por lectura habitual los romances populares que narran con todo calor la vida y las aventuras de los más famosos bandidos. Lo que cree encontrar de heroico en estos relatos hace vibrar la fibra artística que vive siempre en las masas[…] El corazón del pueblo está con ellos y los ojos de las muchachas de la aldea se van de preferencia detrás del mozo que en algún

momento de su vida se ha visto obligado [255] d’andar alla macchia.»

En Sicilia, las hazañas de los bandoleros eran ensalzadas por los urvi, aquellos bardos ciegos y errantes que se acompañan con los sones “de una

especie de mugriento violín”,[256] ávidamente rodeados por la multitud bajo los árboles de los paseos. España, y sobre todo Andalucía, nos dice Teófilo

Gautier,[257] “sigue siendo árabe en este punto, y los bandidos pasan allí fácilmente por héroes”. Todo el folclor yugoslavo y rumano está lleno de las historias de los haiduks, los bandoleros y los prófugos… El bandolerismo, como una especie de venganza contra el señor y contra su vejatoria justicia, es considerado en todas partes y en todos los tiempos como el enderezador de entuertos. Como ese bandido de Calabria, que todavía ayer “se defendía ante los jueces presentándose como el protector de los menesterosos y el vengador de las injusticias. Todos los días desgranaba su rosario y recibía la bendición de los curas de la aldea. Para imponer esta justicia social, tal como él la

concebía, había matado ya, a la edad de 30 años, a unas 30 personas”.[258]

Alzado contra el poder, el bandolerismo se aloja siempre en las zonas más débiles de los Estados. En las montañas, por ejemplo, donde las tropas no pueden maniobrar con toda su fuerza y donde el Estado pierde sus derechos. Y también, a veces, en los confines, en las zonas fronterizas: a lo largo del alto país dálmata, entre Venecia y Turquía; en la vasta región limítrofe de

Hungría, una de las zonas de mayor bandolerismo en el siglo [259] XVI; en Cataluña, en la región pirenaica colindante con Francia; en Mesina, que también es una frontera, en la medida en que, como ciudad libre, brinda un[II-127] verdadero refugio; alrededor de Benevento, dominio pontificio, enclavado en el reino de Nápoles, por donde se puede pasar de una jurisdicción a otra, burlando a los perseguidores; entre el Estado pontificio y la Toscana; entre Milán y Venecia; entre Venecia y los Estados hereditarios de los archiduques. Todas estas junturas son admirables acantonamientos. Más tarde, aunque con miras nada sanguinarias, Voltaire se refugiará en Ferney para hostilizar desde allí a sus enemigos. Es cierto que los Estados coordinaban a veces sus esfuerzos; pero, de ordinario, la inteligencia dura poco. En 1561, el rey de

Francia propone a Felipe II[260] emprender una acción común contra los bandidos de los Pirineos, pero fue sólo la cordura de un instante. Tampoco fueron más útiles los acuerdos concertados entre Nápoles y Roma acerca de

Benevento. En 1570, Venecia se entendió formalmente con Nápoles,[261] y en

1572 firmó un acuerdo con Milán, acuerdo renovado en 1580,[262] en los momentos en que las incursiones de los bandoleros hacían cundir una

inseguridad general en todo el Estado veneciano.[263] Cada uno de ambos gobiernos quedaba autorizado a perseguir a los delincuentes hasta seis millas más allá de sus fronteras. Cuando el marqués de Mondéjar trató de atacar a los fuorisciti calabreses en 1578, puso sobre las armas a todos los vecinos de

Calabria, incluyendo Malta y las islas Lipari.[264] Y lo mismo hizo Sixto V en 1585, en vísperas de su campaña contra los bandidos del Estado pontificio.

[265]

Pero esas negociaciones, que ponen en tela de juicio la soberanía de los Estados, son lentas, difíciles, aleatorias y, a menudo, conducidas con bastante mala fe. ¿Qué soberano de Italia no se regocija, en el fondo de su corazón, con las dificultades de su vecino? Las extradiciones eran rarísimas, salvo por la vía del canje. Cuando Marcantonio Colonna, virrey de Sicilia, obtiene de Cosme la liberación de un bandolero de mucha cuenta (Rizzo di Saponara, quien durante 25 años merodeó por Nápoles y Sicilia) se le entrega en canje un caballero de la casa Martelli, acusado de haber conspirado contra el gran duque; el bandido iba a ser envenenado por el camino, pero al cabo llegó a Palermo, escoltado por dos galeras.

Ordinariamente, cada Estado tiene que organizar por sí mismo su policía,[II-128] lo cual no es fácil. La tarea es cuento de nunca acabar en las grandes patrias del bandolerismo. En 1578, el duque de Mondéjar, virrey de Nápoles, emprendió una nueva operación contra los fuorisciti de Calabria. A su llegada al reino le habían puesto al corriente de los crímenes perpetrados, las tierras saqueadas, las rutas cortadas, los viajeros asesinados, las iglesias profanadas, los incendios, la gente capturada y rescatada, sin contar “[…] otros muchos graves y enormes y atroces delitos[…]” Las medidas empleadas contra los bandoleros por el cardenal Granvella habían resultado ineficaces y, según escribía el virrey: “mas se havian aumentado el numero de los dichos foraxidos y multiplicadose los delitos y crecido su poder y insolencia tanto que en ninguna parte del Reyno podía caminarse sin mucho riesgo y peligro”. ¿Dónde podía atacárseles mejor que en Calabria, en las dos provincias de Calabria, la interior y la exterior? (Si nuestros documentos son exactos, 10 años antes las quejas se habrían concentrado más bien sobre los Abruzos.) En

Calabria, si nuestros documentos son exactos,[266] pululaban los fuera de la ley, favorecidos por las circunstancias y por la naturaleza del terreno. Sus crímenes eran más numerosos y más atroces que en otras partes; su audacia era ilimitada, a tal punto que, cierta vez, “[…] llegó su insolencia a términos que entraron en medio del día en la ciudad de Rigoles con artilleria y bastiron una casa y la tomaron por fuerça y mataron los questavan dentro en ella, sin que el governador de la dicha ciudad que se hallo en ella fuese parte para estorvarselo, por no obedescelle ni acudille los vezinos de la dicha ciudad”. Pero una operación contra Calabria no era cosa de poca monta. Mondéjar pudo convencerse de ello a sus expensas. Después del incidente de Reggio, cuya fecha exacta desconozco, los esfuerzos del gobernador de la ciudad, reforzados para este fin por un juez comisario, sólo sirvieron para recrudecer el poder y la actividad de los bandoleros. El mismo resultado tuvieron los esfuerzos desplegados después contra el bandidaje por el conde Briatico, al ser nombrado gobernador provisional de las dos provincias calabresas: las medidas represivas exasperaron todavía más a los bandidos. Asaltaban los castillos, entraban a pleno día en las grandes ciudades, atrevíanse a “matar dentro de las iglesias a sus enemigos y llevar otros presos y rescatallos”. Sus fechorías sembraban el terror; “tallar y debastar las heredades y matar los ganados de los que hazian resistencia o yvan en su persecución por orden y[II-129] mandado de los governadores que no osaban hazello”. En resumen, “tenían de todo punto perdido el respecto temor y obediencia a la justicia”. Como conclusión del informe del que tomamos estas citas, el virrey señala que se ha organizado contra los bandidos una expedición militar al mando de su hijo don Pedro de Mendoza, maestre de campo de la infantería del reino. Don Pedro demoró la acción cuanto le fue posible, para evitar a las provincias los estragos que siempre causa la gente de guerra, por muy disciplinadas que ellas sean. Temíase, sin embargo, que el retraso pudiera ser culpable de que, al llegar la primavera, fuera necesario reunir todo un ejército para dar la batida a los bandoleros, cuando, por el momento, podría bastar con un pequeño cuerpo

expedicionario.[267]

Formaban este cuerpo expedicionario nueve compañías de españoles[268] (destinadas a acampar en las poblaciones de las que se sospechaba que estaban ayudando a los “foragidos”) y tres escuadrones de caballería ligera; tres fragatas operarían, al mismo tiempo, en la costa. Fueron bloqueadas, por mar y tierra, las tres provincias sospechosas. Como de costumbre, se pregonaron las cabezas de los jefes de los bandidos, a razón de 200 ducados cada una; por los demás, se ofrecían 30 ducados. Por fin, Pedro salió de Nápoles el 8 de enero, y el 9 de abril el virrey anunció que su misión había

sido coronada por el éxito.[269] Se remitieron a Nápoles, ya en febrero, 17 cabezas de bandoleros, que fueron clavadas a las puertas de la ciudad, para

satisfacción —así se dijo— de unos y escarmiento de otros.[270] Fueron hechos cierto número de prisioneros, que don Pedro, al regresar a Nápoles, entregó a la justicia.

Pero la operación ¿había sido, en realidad, un éxito tan grande como lo declaran las palabras oficiales y paternales del virrey? De hecho, esta región de Calabria, poblada en exceso, desgraciada, más productora de bandidos que de seda, siguió llevando casi la misma vida de antes. La operación punitiva, organizada con pequeños efectivos y que sólo duró los tres meses del

invierno, no pudo haber sido muy eficaz. Un agente veneciano[271] señalaba,[II-130] en 1580, que todo el reino estaba infestado de bandidos y que los salteadores de caminos eran los dueños de la Apulia y, sobre todo, de la Calabria. La dificultad estribaba en que, por querer sortear estas peligrosas rutas, se exponían a caer en manos de los bandoleros del mar, porque los corsarios infestaban por aquel entonces las costas hasta las playas romanas del Adriático.

Como 20 años más tarde, la situación, lejos de haber mejorado, era

todavía peor.[272] Los bandoleros llegaban en sus incursiones hasta el puerto de Nápoles. Las autoridades prefirieron entenderse con los bandidos o emplear la astucia, a luchar contra ellos. La numerosa banda de Angelo Ferro, célebre salteador, que tenía aterrorizada la tierra de labor, fue enviada a Flandes para combatir bajo las banderas españolas. Se procuraba enfrentar unas bandas contra otras; la de Sessa, por ejemplo, devoró a otra, rival suya. El ejército aceptaba en sus filas a los fuorisciti, a condición de que ayudaran al gobierno a luchar contra sus émulos. Por último, se recurría al método de los alojados. Como los bandoleros mantenían siempre relaciones con una aldea, en la que tenían sus parientes y sus centros de avituallamiento, se comenzaba por sugerir a dichos parientes que “procuraran el remedio”, es decir, que entregaran a su familiar bandido. Si se negaban, venía a alojarse en la aldea, a discreción, una compañía de españoles y los soldados instalábanse de preferencia en las casas de los parientes de los bandoleros y las de los vecinos más acomodados. Éstos, por la cuenta que les traía, se las arreglaban con aquéllos para encontrar el remedio. Y, como eran ricos e influyentes, por lo general se conseguía que los parientes entregaran al culpable o encontraran el modo de hacerlo salir del reino. Las autoridades exigían una indemnización por los daños ocasionados por el malhechor y otros gastos. Logrado esto, se retiraba la compañía y volvía a reinar el orden. Por lo menos así lo asegura el optimista informe en que se exponen estos métodos, como un ejemplo del arte de gobernar de los napolitanos.

En realidad, no había en ello nada nuevo. Eran, por el contrario, métodos viejos y archisabidos. Un documento veneciano nos indica que se habían

empleado ya en Candía en 1555:[273] se otorgaba el perdón a todo bandido (había entonces unos 200 en aquella isla, según los informes) que diera[II-131] muerte a alguno de sus compañeros… Sixto V recurrió a métodos parecidos a éstos con motivo de su gran tentativa de 1585 contra los bandidos romanos. Era un modo de deshacer las bandas desde dentro. Perdones y recompensas

fanno il loro frutto, [274] observa un agente de los Gonzaga en Roma. Génova perdonaba a todos los bandidos de Córcega (salvo algunos autores de crímenes excepcionalmente atroces) que se enrolaban en sus tropas. La solución tenía sus ventajas: desembarazaba a la inquieta isla de malhechores, y los indultados dejaban de ser, por el momento, enemigos de Génova para

pasar a su servicio.[275] [276] Y lo mismo hicieron los turcos en Anatolia.