El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
El indispensable emigrante
Pero la peste no es la única enfermedad que ataca las ciudades del siglo XVI. Las enfermedades venéreas, la fiebre miliar, la tos ferina, la disentería y el tifus también las afligen. Tampoco perdonan a los ejércitos, verdaderas ciudades ambulantes, más vulnerables que las fijas. Durante la guerra de Hungría (1593-1607), una especie de tifus, el llamado ungarische
Krankheit[295], diezma a los soldados alemanes, pero perdona a los turcos y húngaros; luego se extiende por Europa hasta alcanzar Inglaterra. Las ciudades son los centros naturales de difusión de estas enfermedades contagiosas: en 1588, una gripe que se inicia en Venecia, donde ataca a toda su población, aunque sin destruirla, enviando de golpe a la cama a todos los miembros del Gran Consejo —hazaña que jamás se había podido apuntar la peste— alcanza a Milán, luego a Francia y Cataluña, y a continuación salva
de un salto el océano y se planta en América[296].
Este régimen de epidemias tiene su parte de culpa en el clima de inseguridad en que se vivía la existencia ciudadana: verdaderas matanzas sociales que no acabarán —y aun entonces no del todo— hasta el siglo XVIII.
El indispensable emigrante [I-444]
Otro rasgo habitual de las ciudades mediterráneas: el proletariado de las ciudades solo podía mantenerse estable, y mucho menos aumentar, gracias a las inmigraciones constantemente renovadas. La ciudad tiene el privilegio y la obligación de atraer a su seno, además del eterno inmigrante de la montaña, candidato a todas las faenas así agrícolas como urbanas, a toda una masa de proletarios y aventureros de todas las procedencias, que casi siempre cubrían su demanda de brazos. Ragusa, por ejemplo, sacaba su mano de obra de las montañas vecinas. En los registros de los Diversa de Foris figuran innumerables copias de contratos de aprendices domésticos que se enganchaban por uno, dos, tres o siete años, percibiendo jornales que, en 1550, arrojaban un promedio de tres ducados de oro anuales, pagaderos, por lo general, al expirar el contrato. Un famulus, por ejemplo, se obligaba por los términos del contrato a servir a su amo in parlibus Turcicorum, en tierras de los turcos. Todos reciben comida y ropa, y algunos la promesa de enseñarles
el oficio de su patrono[297] o de recibir una determinada suma, en oro, al
expirar su contrato de cinco, ocho o 10 años[298]. ¿Cuántos entre ellos, aunque los textos no lo digan, eran, junto con los hombres del terruño, hijos de los campesinos del territorio ragusino o de Morlachi, por ejemplo, y, por ende, más o menos súbditos del turco?
En Marsella, el más visible y el más típico de los inmigrantes era el corso, y especialmente el capocorcino. En Sevilla, el inmigrante (aparte los que soñaban con ir a las Indias, que afluían de todas partes), el proletario permanente, era el morisco. Procedente de Andalucía, pulula por la ciudad, hasta el punto de que las autoridades, a fines de siglo, llegaron a temer que surgiesen sublevaciones, ya no en la montaña, sino en la propia ciudad, en
relación con los desembarcos de los ingleses[299]. En Argel, los recién llegados son cristianos, que vienen a engrosar las filas del corso o el número de cautivos; fugitivos andaluces o aragoneses (que aparecen con los finales del siglo XV y los comienzos del XVI), artesanos y tenderos cuyos nombres
encontramos todavía hoy en el barrio de los Tagarinos[300]. Por aquel entonces, como anteriormente, los bajos fondos de la población tangerina los formaban los beréberes de las montañas cercanas de la Cabilia. Haedo nos los pinta llenos de miseria, cavando los huertos y jardines de los ricos, con la única ambición de llegar, si tenían suerte, a sentar plaza de soldado en la milicia; solo entonces podían dar por seguro su sustento. No había en todo el Imperio otomano, pese a los controles y defensas del Estado y las reservas de las corporaciones, una sola ciudad a la que no estuviese afluyendo constantemente una riada de emigrantes procedentes del agro desheredado o superpoblado. «Esta mano de obra clandestina y desesperada redunda en ventaja de los ricos, que obtienen a bajo precio la servidumbre que requieren sus jardines, establos y casas…». Estos desgraciados podían incluso competir
con el trabajo esclavo[301].
En Lisboa, donde constantemente afluían los emigrantes, los más miserables son los esclavos negros. En 1633 su número pasa de los 15 000, para una población global de alrededor de 100 000 personas. Todos estos negros desfilan por las calles de la ciudad el día de la fiesta de Nuestra Señora de las Nieves, en cuya ocasión llevan taparrabos y telas multicolores. «Sus cuerpos están muy bien hechos y son más bellos que los de los blancos —dice
un capuchino—[302], y un negro desnudo tiene un aspecto más hermoso que un blanco vestido».
En Venecia, el inmigrante llegaba de las ciudades vecinas (Cornelio
Frangipane, escritor friulano de mediados del siglo[303], cuenta un poco prolijamente cuán desesperante era andar errante por aquellas ciudades, ignorado en medio de su tráfago), y de los campos y montañas de las inmediaciones (el Tiziano era de Cadore). Si los de Friuli —los furlani— son excelentes para los servicios domésticos y las tareas pesadas, lo mismo que para los trabajos agrícolas fuera de la ciudad, los elementos peligrosos, que los hay, vienen todos, o casi todos, de la Romana o de las Marcas. Tutti li
homeni di mala qualità [304] , dice un informe de mayo de 1587, o la maggior parte di loro che capita in questa città sono Romagnoli e Marchiani. Visitantes indeseables y generalmente clandestinos, penetran de noche en la ciudad, por los pasos regulares, usando los servicios del primer barcaroul que encuentran, quien no puede negar la entrada en su barca a esos hombres, que las más de las veces llevan un arcabuz de chispa, de roda, y que por las buenas o por las malas se hacen conducir a la Giudecca, a Murano o a alguna otra isla. Impedir el paso a semejantes visitantes sería el único modo de frenar la criminalidad, pero para ello sería preciso una constante vigilancia y espías locales. El Imperio veneciano y las regiones vecinas también aportan su cosecha de hombres: los albaneses, siempre dispuestos a echar mano del puñal y a dejarse cegar por los sanguinarios celos; los griegos, honorables
mercaderes de la «nación griega»[305], o pobres diablos que prostituyen a sus mujeres y a sus hijas para ganar el primer dinero que necesitan para
establecerse, y que después le toman el gusto a este fácil comercio[306]; los morlachi de las montañas dináricas. El muelle de los esclavonios no es solamente el muelle del que arrancan los barcos… Hacia fines de siglo,
Venecia se orientaliza más que nunca con la llegada de persas, armenios[307] y turcos, estos últimos acantonados desde mediados del siglo XVI en una
dependencia del palacio de Marco Antonio Barbaro[308], aguardando a que en el siglo XVII se fundara un Fondaco dei Turchi. Venecia se convierte también en la etapa más o menos temporal utilizada por las familias judías de origen portugués para trasladarse desde el norte europeo (Flandes o Hamburgo) al
Oriente[309].
Venecia era, además, refugio de exiliados y de sus descendientes. Los descendientes del gran Scanderberg vivían todavía allí en 1574: «la raza
perdura… en condiciones dignas»[310].
Estos indispensables inmigrantes no siempre eran hombres de poco pelo o de mediana calidad. No pocas veces, traían consigo técnicas nuevas, no menos indispensables que sus personas para la vida urbana. Los judíos, inmigrantes muy especiales a quienes se perseguía por su religión y no por su miseria, representaron un papel excepcional en las innovaciones técnicas de la época. Los judíos expulsados de España, mercaderes al por menor en Salónica y Constantinopla, fueron desarrollando poco a poco sus negocios hasta competir victoriosamente con los comerciantes ragusinos, armenios y venecianos. Llevaron a las dos grandes metrópolis de Oriente la imprenta, las
industrias de la lana y de la seda[311], y, si hacemos caso de ciertos rumores, el
secreto de la fabricación de las cureñas de la artillería de campaña[312]. Regalos nada desdeñables, por cierto. Algunos judíos expulsados de Ancona por Pablo IV fueron también los que llevaron la prosperidad —una prosperidad muy relativa, es cierto— a la ciudad de Valona, escala de los
turcos[313].
Otros emigrantes de calidad, además de los judíos, son los artistas vagabundos que se sienten irresistiblemente atraídos por las ciudades, a cuyas construcciones y engrandecimiento tanto contribuyen; o los mercaderes, especialmente los mercaderes y banqueros italianos, animadores, cuando no creadores, de Lisboa, Sevilla, Medina del Campo, Lyon y Amberes… Para construir un mundo urbano, todos son necesarios, incluso los ricos. La ciudad los atrae lo mismo que al proletariado, si bien por razones muy distintas. En el gran problema de l’inurbamento, tan discutido por los historiadores
italianos[314], no son solamente los pobres contadini que se agolpan en la ciudad vecina; son también los señores, los ricos terratenientes. A este respecto, y a título de interesante comparación, arrojan gran luz los bellos trabajos del historiador y sociólogo brasileño Gilberto Freyre. Las primeras ciudades del Brasil acaban atrayendo a los fazendeiros y hasta a sus propias casas. Es una mudanza completa hacia la ciudad. En el Mediterráneo, también la ciudad parece absorber de golpe castillos y castellanos. Más de un señor sienés tenía su castillo en la Marisma y su palacio, su castillo urbano, en la ciudad de Siena, uno de esos palacios que Bandello nos describe, con su piso bajo rara vez habitado y sus salas de respeto llenas de brocados.
Estos palacios son los grandes testigos de una historia que precede a una nueva emigración de los ricos fuera de las ciudades, a su retorno al campo, a las tierras y a los viñedos; a esa búsqueda burguesa del aire libre, tan evidente
en Venecia[315] [316] [317] [318] , Ragusa , Florencia y Sevilla, y que llegó a ser general en el siglo XV. Era esta, sin embargo, una emigración de temporada, que no tenía, ni con mucho, el mismo sentido social de la otra; aunque retornase a menudo a su casa de campo, el señor que había construido su palacio en la ciudad era ya un vecino de esta. La casa de campo es un lujo más para el hombre de la ciudad, y, con harta frecuencia, una exigencia de la moda. «Los florentinos —escribía en 1530 Foscari, embajador veneciano— salen al mundo en busca de fortuna; cuando han ahorrado 20 000 ducados, se gastan 10 000 en un palazzo fuera de la ciudad. Cada cual sigue en esto la moda del vecino… Se han construido en las afueras de la ciudad tantos palacios, y tan suntuosos y magníficos, que constituirían por sí solos una
segunda Florencia»[319]. Lo mismo podríamos decir en relación con Sevilla: las novelas de los siglos XVI y XVII nos hablan con frecuencia de las mansiones construidas en los alrededores de la ciudad y de las magníficas fiestas que en ellas se daban. Y lo dicho vale para las quintas, llenas de
árboles y fuentes, de los alrededores de Lisboa[320]. Evidentemente estos gustos y caprichos pueden dar paso a decisiones más razonables y de más amplias consecuencias. En el siglo XVII, y en mayor medida en el XVIII, los ciudadanos ricos de Venecia comienzan a mostrar mucho interés por convertirse en hacendados. La Venecia de la época de Goldoni deja que sus palacios urbanos más hermosos amenacen ruina, y concentra todo el lujo en las villas que se levantan a orillas del Brenta. Solo los pobres continúan en la ciudad cuando llega el verano, los ricos están en sus tierras. Modas y caprichos, como siempre que se trata de ricos, no lo explican todo. Villas, casas de campo donde el propietario vive al lado de sus campesinos, bastides, como se las llama en Provenza, son también los jalones que marcan la conquista social de las tierras en beneficio del dinero de las ciudades. Es un amplio movimiento que no respeta las tierras fértiles del campesinado. En Ragusa (donde tantos contratos campesinos se conservan en sus archivos oficiales), en el Languedoc y en Provenza, las evidencias no admiten duda alguna a este respecto. El mapa de la commune provenzal, a orillas del Durance, que aparece en la tesis de Robert Livet, nos permite comprobarlo al primer golpe de vista. Las tierras que rodean el pueblo de Rognes están desde el siglo XV, y más aún a continuación, salpicadas de bastides, cada una con sus respectivas y amplias tierras propias; en el siglo XVI pertenecen «a forains, es decir, a propietarios que no viven en Rognes. En su mayor parte son de
Aix», los nuevos ricos de Aix de Provenza[321].
De modo que se da un alternativo flujo y reflujo entre la ciudad y el campo. Durante los siglos XVI y XVII el flujo va en sentido campo-ciudad, tanto en el caso de los pobres como en el de los ricos.
Milán, entonces, al convertirse en una ciudad de señores, cambia de tono. Por la misma época, los propietarios turcos de tschiftliks abandonan sus
aldeas y sus siervos, para ir a instalarse en las ciudades vecinas[322]. A finales del siglo XVI, muchísimos señores españoles dejan también sus campos para
irse a vivir a las ciudades castellanas, y especialmente a Madrid[323]. El cambio de clima que se opera en España entre el reinado de Felipe II y el de Felipe III, imputable a tantas variaciones, está también relacionado con la incorporación de la nobleza española a los marcos urbanos, donde hasta ahora solo moraba de vez en cuando y provisionalmente. Quizá esto explique también la llamada reacción feudal que se produce durante el reinado del sucesor del Rey Prudente.