El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
El nomadismo es más antiguo que la trashumancia
vuestro territorio, los vuestros vienen en el invierno al nuestro»[297].
Relieve topográfico y estación son los dos factores que determinan habitualmente en sus líneas generales lo más esencial de aquello que puede y
debe ocurrir. En 1498[298], durante el tiempo de Carnaval, un grupo de stradiots hacen una correría por los alrededores de Pisa: el botín no resulta sorprendente considerando que esto ocurre en invierno y junto al mar: 300 cabezas de ganado mayor, búfalos y vacas, 600 corderos y algunas yeguas y mulas. Otra incursión por los alrededores de Zara, en enero de 1526,
proporciona el siguiente botín: 2500 animales[299]. Un último ejemplo: en
diciembre de 1649[300], unos morlacos, dirigidos por un nuevo jefe, se apoderan, en la costa de Dalmacia, de «13 000 cabezas de ganado».
El nomadismo es más antiguo que la trashumancia
Así definida, la trashumancia es una de las formas, regularizada y, en cierto aspecto, racionalizada, de la vida pastoril mediterránea, alternándose los pastos de llanura con los pastos de montaña. Una forma racionalizada, fruto de una larga evolución. La trashumancia, incluso la menos organizada, concierne solo a un tipo de gente especializada: los pastores. Implica una división del trabajo, una agricultura omnipresente y, en consecuencia, una continuidad de cultivos, moradas fijas y pueblos. Estos pueden aligerarse de parte de sus habitantes de acuerdo con las diferentes estaciones, en beneficio, unas veces, de la llanura, y de la montaña otras. Abundante cantidad de documentos del siglo XVI mencionan estos pueblos medio vacíos de la montaña, donde solo quedan ancianos, mujeres y niños.
1. Los Alpes entre Francia y el Piamonte. De esta forma se representaba en el siglo XVII la barrera que separaba una de otro. Desseing de l’attaquement du paz et destroict de Suze en Piemont, emporté par le Roy, 1629, B. N., Est., Id 24 fol. La victoria de Luis XIII demostró que Italia, a la que se había renunciado en 1559, seguía estando al alcance de los franceses.
Fotos: Diputación Foral de Navarra 2 y 3. Regiones áridas. Estas dos fotografías aéreas ofrecen vistas parciales de las Bárdenas Reales (Navarra), lugar adonde iba en invierno el ganado lanar de las montañas. Nótese, en la segunda foto, el contraste entre la sequedad de las zonas altas y la relativa humedad de las bajas. Se han proyectado canales para irrigar estas desoladas regiones. Debo agradecer estas fotografías, que aparecen en su libro La Ribera Toledana de Navarra, 1951, a Alfredo Floristán Samanes.
Foto: E. P. H. E
4. El delta del Rin. París, Service hydrographique de la Marine (S. 2. pl. 15. alrededor de 1680).
El nomadismo, al contrario, se lleva todo por delante en sus largos recorridos: personas, bestias y hasta moradas. Pero, a diferencia de la trashumancia, jamás canaliza enormes masas de animales. Sus ganados, incluso los más importantes, se van diluyendo en un inmenso espacio, divididos en grupos a veces muy reducidos. Hoy día, el nomadismo —que, a decir verdad, solo persiste en torno del Mediterráneo y en estado residual— está constituido por esos grupos de unas diez personas más o menos que se pueden ver a la caída de la tarde, en torno de un fuego, en los arrabales de Beirut; o también en Argelia, después de levantadas las cosechas, se puede ver, en medio de los rastrojos, camellos, corderos, asnos, dos o tres caballos, unas mujeres vestidas de rojo y unas cuantas tiendas negras hechas con pieles de cabra; o en la llanura de Antalaya, en Pamfilia, al sur del Tauro, donde se puede ver una veintena de tiendas dispuestas a veces —muy raramente— en forma de herradura: reliquia de una tradición que se va perdiendo poco a
poco[301].
Trashumancia y nomadismo parecen actividades que datan de épocas diferentes. ¿Es este más antiguo que aquella? Ante nuestros propios ojos, en toda la zona desértica y semidesértica que rodea el sur del Mediterráneo, continuando hasta el Asia Central y más allá, la política de sedentarización puesta en marcha por los gobiernos actuales ha convertido el antiguo nomadismo en un estilo de vida pastoril actualizado (sea en el Sahara, en Tripolitania, en Siria, Turquía o Irán), un modo de vida que es en realidad una trashumancia con división de trabajo. Es, pues, probable ese orden cronológico. Debemos añadir que en el contexto del Mediterráneo de las montañas parece que la trashumancia inversa haya sido anterior a la trashumancia llamada normal por los geógrafos.
Esta clasificación —nomadismo, trashumancia inversa, trashumancia normal— parece la más probable. Pero las cosas nunca han ocurrido de una manera tan simple como la sugerida por este «modelo» a priori. El pasado ha sido más fértil en catástrofes y revoluciones brutales que en evoluciones lentas. Por desgracia, las catástrofes en este terreno son mucho menos conocidas que las acaecidas en el de la política.
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FIGURA 5. Pastos de invierno y de verano de las ovejas de la Alta Provenza, hacia finales del siglo XV.
Tomado de Thérèse Sclafert, Cultures en Haute-Provence, 1959, pp. 134 y 135, donde los nombres abreviados de algunos lugares aparecen en toda su extensión.
Es evidente que cuando se estudian con detalle las estructuras pastoriles se descubre que aparecen mezcladas con frecuencia la trashumancia inversa y
la normal. En la Alta Provenza[302] de los siglos XV y XVI, los propietarios de la zona alta (más ricos y numerosos) y los de las bajas utilizan los mismos pastizales. En tales condiciones es el régimen de propiedad lo que permite distinguir por sí solo las dos formas de trashumancia. Esto nos obliga a abandonar el terreno geográfico y entrar en el terreno social de la propiedad e incluso en el de la política. Los pasos de ganado ofrecen de hecho recursos fiscales que ningún Estado se permitirá descuidar, sino que, muy al contrario, organizará y defenderá en toda circunstancia. Ya en tiempo de los romanos se había establecido la trashumancia inversa entre los Abruzos y el Tavoliere apulino, lo que explica las industrias textiles de Tarento. Ha subsistido, sometida a un régimen bastante liberal hasta 1442-1447, momento en que
Alfonso I de Aragón[303] la organiza dentro de un esquema autoritario, con sus rutas ovejeras privilegiadas y obligatorias (tratturi) y sus caminos de enlace (tratturelli), sus apacentaderos de descanso y sus pastizales de invierno, además de disposiciones que obligan a vender lana y animales exclusivamente en Foggia, y pago de exacciones a todo lo largo del recorrido. Este sistema, una vez fijado, variará poco y será protegido contra la obstinada y regular costumbre de traspasar los límites fijados a ambos lados de las rutas por campesinos que plantarán viñas, olivares y, sobre todo, sembrarán trigo.
En 1548, en una extensión de 15 000 carri (un carro equivale a 24 hectáreas) en Apulia, los pastizales reales representan más de 7000 carri; además, las autoridades recuperan 2000 carri de terreno labrado, invocando derechos más o menos relativos. La ganadería, que contaba con un millón de cabezas, se incrementa en otras 300 000 en los diez años siguientes. Y su número sigue creciendo, dando las estimaciones oficiales la cantidad de 2 881 217 corderos, en octubre de 1591, mientras que regularmente e inmediatamente después de aquellos años en que los cereales alcanzaban precios muy elevados (en 1560, 1562, 1567, 1584, 1589, 1590 y 1591) se han arrendado a campesinos, por periodos de seis años, los terrenos por los que pasaba el ganado en su recorrido; el rendimiento en trigo de estos campos fertilizados por el ganado de paso alcanzaba cifras del 20, y hasta del 30 por
1. Esto condujo en Nápoles a movidas subastas [304] a la luz del candelero
entre los aspirantes a compradores. Estaban en juego muy importantes intereses: los del fisco, para el cual la aduana de Apulia era una «joya irremplazable»; los de los comerciantes de lanas y carne, los de los grandes propietarios de ganado, que se van distanciando cada vez más de los pequeños. Un «villano» de esta provincia de los Abruzos —dice un informe dirigido al Rey Católico— tendrá entre las 10 y 30 000 ovejas, con las que se presenta todos los años en esta aduana (la de Apulia) para vender lana y animales. Luego, una vez con las alforjas repletas de escudos, vuelve a casa y
entierra su dinero; a veces muere dejando su tesoro bajo tierra[305]. Sin embargo, a partir del siglo XVII, y más aún en el XVIII, se produce una concentración de la propiedad y un aumento de las ganaderías de los ricos propietarios, «pareciendo» como si hubiese una primacía en beneficio de las regiones bajas: no pasa de ser una impresión, para la que no contamos con
datos evidentes que la rubriquen[306]. En todo caso, nos da una idea de la complejidad de la cuestión.
La misma dualidad encontramos en la región de Vicenza —el Vicentino
—. El trabajo inédito de Francesco Caldagno[307], erudito del siglo XVI, lo describe como un territorio habitatissimo, sin un solo trozo de tierra sin cultivar, un huerto continuo, sembrado de pueblos grandes de aspecto urbano, con sus mercados, sus comercios y sus «hermosos palacios». No les falta de nada, ni la madera, que les llega en carros o por agua, ni el carbón vegetal, y en sus corrales hay incluso pavos reales y gallipavos. En los ríos y arroyos se alzan innumerables molinos y serrerías; en las praderas regadas, miles, e incluso «cientos de miles de animales». Terneros, cabritos y corderos en abundancia, y en verano se envía la totalidad de la población animal alli paschi della montagna. Nos encontramos, pues, con un caso de trashumancia normal que no deja de producir conflictos con los habitantes de la montaña por el uso y arriendo de los pastizales altos; así hubo conflictos entre los grisones y los Vicentini, a causa de las Mandriole, zona montañosa que estos habían alquilado; la cosa no tiene nada de sorprendente: los grisones
conducían sus ganados al sur de los Alpes y en dirección a Venecia[308], donde con frecuencia se establecían como carniceros. Pero el Vicentino tenía también sus propios montañeses, en esa parte de los Alpes conocida como los Sette Comuni, con sus leñadores, sus cazadores de pieles y, además, sus cultivos y ganados, especialmente en Galio, donde había de 50 a 60 000 corderos. Durante el verano permanecían en los terrenos de pasto de los Sette Comuni, descendiendo de nuevo en invierno para dispersarse por las campiñas del Vicentino, del Paduano, del Trivigiano, del Veronés e incluso del Mantuano. Esto es una prueba de que la vigorosa vida pastoril originada en la planicie vicentina no se ha apoderado del todo del espacio disponible para el pastoreo. Cada uno ha podido contar con su parte.