El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

III. Las funciones urbanas

Pero las auténticas dimensiones del problema solo se pueden percibir gradualmente. Todo ha representado un papel: la subida de los precios, el aumento del nivel de vida, los fletes del viaje de vuelta, las oscilaciones de la

coyuntura… Así razona un veneciano anónimo[202] en un documento que, aunque sin fecha, debe ser de comienzos del siglo XVII. Sí —dice—, en los viejos tiempos, cuando las buenas personas eran di modesto guadagno, todo iba mejor. Hoy es muy diferente: todos obran guiados por el interés. «Lo que hoy cuesta 100 ducados, se obtenía antaño por 25». El resultado es la desaparición de los grandes navíos venecianos: franceses, ingleses y holandeses invaden el puerto con loro navi minori; además, pagan más alto por las mercancías y arruinan los negocios de los demás. ¡Si se les pudiese eliminar de Chipre, cuya sal y algodón resultan un lastre providencial, savorna, en los viajes de regreso! ¡Ah, aquellos sí que eran tiempos: barcos grandes y viajes que duraban cinco meses! Este discurso —muy abreviado— refleja el modo en que un veneciano podía apreciar, desde su propia ciudad, la pérdida que acababa de sufrir el mar Mediterráneo en todo lo referente a los tráficos a larga distancia y sus monopolios, y estimar además, esa subida general de los precios que continuaba desde hacía tiempo su curso ascendente.

Pero, en realidad, la economía de Venecia no declinó a la par de su marina. Y el enjambre de pequeños barcos que en el siglo XVII invadió el Mediterráneo era, al contrario, un signo de la prosperidad de este mar, una muestra de su capacidad de enrolar a los proletarios del Atlántico y pagar sus

servicios. Volveremos más adelante sobre este importante problema[203].

 

III. LAS FUNCIONES URBANAS

 

Por muy prestigiosas que puedan ser, las ciudades del Mediterráneo se hallan sometidas a los mismos procesos regulares que experimenta toda comunidad urbana. De modo idéntico que cualquier otra ciudad, viven de un control del espacio que ejercitan gracias a las redes de rutas que de ellas arrancan, del encuentro con otras rutas, de su constante adaptación a condiciones nuevas y de sus evoluciones lentas o bruscas. Son verdaderas colmenas, que enjambran y construyen hasta lejos, muy lejos. Un ragusino

aparece en Potosí, otro en Diu[204], y millares de ellos andan repartidos por el mundo. Dice un proverbio, y no se equivoca, que en cualquier rincón del mundo que se vaya, se encontrará siempre un florentino. Encontramos