El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

¿Sobrevive la civilización griega?

momento mismo en que se la atacaba con más fuerza.[69] Es pura vanidad empeñarse en ver en ello alguna maniobra de Roma o de los jesuitas. En España, fueron los carmelitas quienes propagaron el culto de San José; las cofradías populares del Rosario sostenían y exaltaban por doquier la adoración de la madre de Jesús, culto extraordinariamente profundo y apasionado. Valga, en apoyo de ello, el testimonio de aquel hereje napolitano, Giovanni Micro, que, en 1564, declaraba su incredulidad para mil cosas, entre

ellas los santos y las reliquias, pero que seguía creyendo en la Virgen.[70] Y esto sucedía en el mismo momento en que España acababa de fabricar el culto

de varios santos rutilantes y combativos, como San Jorge y Santiago.[71] Tras de los cuales vinieron otros: San Emiliano, San Sebastián y San Isidro, el

santo campesino cuyo culto llegó hasta Cataluña.[72]

El rechazo, pues, fue voluntario, categórico. Alguien ha dicho que la Reforma “irrumpió en la teología platónica y aristotélica de la Edad Media

como los bárbaros germanos irrumpieron en la civilización greco-romana”.[73][II-157] La fórmula es exagerada. En todo caso, lo que aún quedaba del Imperio romano en las márgenes del mar latino resistió bastante mejor en el siglo XVI que en el V.

 

¿Sobrevive la civilización griega?

 

La misma civilización griega no había muerto todavía en esta época. La prueba es que también ella se sentía capaz de “rechazos” no menos categóricos y no menos dramáticos. Moribunda, o por mejor decir, amenazada de muerte, en el siglo XV, rehusó unirse a la Iglesia latina. El problema volvió a plantearse en el siglo XVI: nuevo rechazo, no menos enérgico. Desgraciadamente, conocemos tan mal como Turquía los países ortodoxos de aquella época. Pero una serie de textos muy curiosos descubiertos en Venecia y publicados por Lamansky en una colección que todavía sigue esperando, después de tantos años, a que algún historiador saque de ella todo lo que contiene, aclara la asombrosa posición que los griegos del siglo XVI

mantenían ante el catolicismo romano.[74]

En 1570, un griego, gentilhombre de la isla de Candía y de Morea, dirigió a Venecia varios largos memoriales. Ofrecía sus servicios diciendo que había llegado la hora de que los países griegos se rebelasen contra los turcos. Rebelión que sólo podía apoyarse en los países cristianos y, principalmente, en Venecia. Pero lo primero que hacía falta era que la cristiandad comprendiera lo que jamás había comprendido. ¡Cuántas estúpidas vejaciones habían tenido que soportar los obispos griegos! El clero católico de las posesiones venecianas había adoptado siempre hacia ellos una actitud despectiva; no había procurado sacarlos de su “error” la mayor parte de las veces, más que por medio de la violencia, prohibiéndoles o imponiéndoles tal o cual rito, tratando de desterrar la lengua griega de las iglesias, etc. Era natural que los griegos prefirieran entregarse a los turcos antes que someterse al culto católico.

Eso fue, sobre poco más o menos, lo que en efecto hicieron. Se aliaron casi siempre a los turcos contra los venecianos o contra los corsarios de Poniente. ¿Por qué? Porque los turcos, en líneas generales, habían sido tolerantes, porque no trataban nunca de hacer prosélitos ni entorpecían sistemáticamente el ejercicio del culto ortodoxo. A ello se debe el que, por lo[II-158] regular, el clero griego figurase entre los adversarios más obstinados de Venecia y de los occidentales en general. Cada vez que se preparaba algún levantamiento contra el señor de Constantinopla, el clero ortodoxo hacía todo lo posible por calmar los ánimos y hacerles comprender que de ello dependía la supervivencia del pueblo griego.

Si por entonces el estandarte de la rebelión estaba a punto de levantarse, continúa nuestro informador, se debía a que, de algunos años a esta parte, desde el año 1570 aproximadamente, una ola de intolerancia comenzaba a inundar los países turcos. Los otomanos saqueaban iglesias, quemaban

monasterios, perseguían a los sacerdotes, etc.[75] Había llegado para Venecia el momento de obrar; pero si quería salir victoriosa, no tenía más que un camino: entenderse con los metropolitanos, darles seguridades de que el clero católico recibiría órdenes de no molestar en lo futuro al clero griego. El gentilhombre de Candía ofrecíase para llevar a buen término estas negociaciones, pero insistiendo hasta la saciedad en saber si Venecia estaba verdaderamente dispuesta a cumplir sus promesas; en este caso, el éxito, según él, era seguro.

Basta leer en la colección de Lamansky los documentos relativos a los numerosos incidentes provocados en Candía o en Chipre por el exceso de celo de los sacerdotes y monjes venecianos, para llegar a la conclusión de que las quejas de la Iglesia ortodoxa no carecían de fundamento, para explicarse los manejos y las “traiciones” que tan a menudo se echan en cara a los candiotas y a otros griegos del Archipiélago. Caben, por lo demás, otras explicaciones: el marino griego que, desembarcando de una nave turca bajaba a tierra a ver a su familia, se enteraba por ella de todos los detalles acerca de la flota veneciana que acababa de pasar o del corsario turco que, el día antes, había anclado allí, aunque el barco turco fuese un barco pirata, y el puerto de escala, una posesión veneciana (como a menudo sucede). Pero la razón esencial es la falta total de solidaridad, por no decir la hostilidad, que separa a la civilización ortodoxa de la latina.