El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Azar y razones políticas

Otro factor impulsor de esta gran política: a partir de 1580, la llegada de metales preciosos del Nuevo Mundo alcanza un volumen hasta entonces desconocido. Granvella pudo triunfar entonces en la corte de España; la hora le era singularmente propicia. Pero confesemos que el imperialismo de los finales del reinado no se debió a la sola presencia de este consejero. La gran guerra de los años posteriores a 1580 perseguía, en realidad, la dominación del océano Atlántico, que había pasado a ser el centro de la Tierra. Ventilábase en ella el problema de si este mar pertenecería a la Reforma o a los españoles, a la gente del norte o a los ibéricos. El Imperio hispánico bascula hacia el oeste, hacia este inmenso campo de batalla, con todo su dinero, sus armas, sus barcos, sus recursos y sus ideas políticas. En este mismo momento, los Osmanlíes vuelven resueltamente la espalda al mar interior, para enredarse en las luchas asiáticas… Una nueva prueba, si hiciese falta, de que los dos grandes imperios del Mediterráneo viven al mismo ritmo y de que, al menos durante los últimos 20 años del siglo, el mar interior no es ya esencial para sus ambiciones y su codicia. ¿No sonaría en el Mediterráneo antes que en ningún otro sitio la hora del repliegue de los imperios?

 

Azar y razones políticas

 

Que un historiador combine política y economía en sus argumentos es algo que hoy parece una actitud muy razonable. Buen número de cosas — aunque, evidentemente, no todas— han sido dictadas por el incremento de la población, por la obvia aceleración del comercio y, más tarde, por la recesión económica. Mi tesis establece una correlación entre el desmoronamiento de la tendencia secular y las dificultades en cadena con que tendrán que enfrentarse los grandes aparatos políticos construidos por los Habsburgo y los Osmanlíes. Para hacer más clara esta conexión, hemos descartado las explicaciones dadas por aquellos historiadores atentos sólo a los grandes actores y a los grandes acontecimientos del drama histórico, explicaciones que todo lo deforman y tergiversan si únicamente nos atenemos a ellas. Del mismo modo hemos dejado en la sombra los razonamientos políticos a largo plazo, que a nuestro entender son los más importantes de todos: también la política y las instituciones son capaces de contribuir a la comprensión de la política y de las instituciones.

La controversia aparece curiosamente expuesta —y, en parte, a la inversa de nuestros puntos de vista— en un corto párrafo del último libro del gran

economista Josef A. Schumpeter.[80] Según él, sólo existe una constante: la evolución progresiva del capitalismo. Todo lo demás que pueda ocurrir en la economía y la política es azar, sorpresa, circunstancias o pormenor. Es accidental el “que la conquista de América haya producido un torrente de metales preciosos”, sin el cual habría resultado impensable el triunfo de los Habsburgo. Es un azar “esa revolución de los precios”, que convierte en explosivas las tensiones sociales y políticas. Y también es un azar el que los Estados (y yo añado: naturalmente, también los imperios) encuentren vía libre en el siglo XVI. ¿Azar? Sí, porque los grandes poderes políticos del pasado se vienen abajo por su propio peso; el Sacro imperio Romano Germánico, a la muerte de Federico II, en 1250; el papado, más o menos por la misma fecha, pues su triunfo había resultado ser una victoria pírrica…, y ya mucho antes de 1453, el Imperio bizantino había entrado en decadencia.

Una visión semejante de la historia (aunque el pasaje de Schumpeter es muy corto) merecería ser discutida punto por punto, si el historiador quisiera ser equitativo en lugar de limitarse a rechazar tajantemente. Pero, en honor de la brevedad, me limitaré a decir que el desmoronamiento natural del papado y del imperio que se producen en el siglo XIII no son un mero azar, no son el resultado final de una ciega política de autodestrucción. El auge económico del siglo XIII hizo posibles determinadas evoluciones políticas, del mismo modo que provocaría en el siglo XVI las grandes mutaciones políticas. Siguió luego un periodo de recesión cuyos efectos se hicieron sentir en todas partes. Las series de colapsos sucesivos que ocurren a lo largo del siglo siguiente se deben inscribir en el pasivo de una coyuntura de depresión económica de muy larga duración: el responsable es “el otoño de la Edad Media”, que marcó todos los árboles débiles que habían de abatirse, desde el Imperio bizantino hasta el reino de Granada, sin olvidar el propio Sacro imperio Romano Germánico. Desde su inicio hasta su final fue un proceso lento y natural.

Con la mejoría que empieza a resultar evidente a mediados del siglo XV, se preparan las condiciones para un nuevo espectáculo de catástrofes, innovaciones y renovaciones. El papado no quedará seriamente quebrantado hasta la revuelta luterana y el fracaso de la Dieta de Augsburgo (1530). A Roma le hubiera sido factible realizar una política diferente, pacífica y conciliatoria. En todo caso es conveniente recordar que el papado continuó siendo una gran fuerza, incluso en el plano político y a lo largo de todo el siglo XVI, o mejor aún, hasta el Tratado de Westfalia (1648).