El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Los incendios de 1552
Pero Carlos V, por su parte, se empeña en no comprender este juego. Es[II-365] la única falta de táctica en que incurre. Por lo demás, no se hace ninguna clase de ilusiones pacíficas. Enfermo y atenazado por la gota, se instala en Innsbruck, para vigilar desde allí la cercana Italia. Así se prepara, una vez
más, para la guerra contra el Rey Cristianísimo.[109]
Los incendios de 1552
Llega así el año siguiente, el año de 1552, en que todos estos explosivos, que han ido acumulándose poco a poco, provocarán un vasto incendio. Un solo y único incendio, pero que, de norte a sur, va encendiendo sucesiva o simultáneamente tantas hogueras distintas, que no siempre se percata la gente de la época de que, visto desde lejos y desde lo alto, es un gran incendio general. En efecto, el año de 1552 desencadena una serie de guerras en toda o en casi toda Europa. Enumerémoslas:
En primer lugar, una guerra interior alemana, la que los historiadores del otro lado del Rin llaman la Fürstenrevolution, aunque sea, en realidad, algo más que una simple “revolución de príncipes”, ya que se trata también de una
guerra religiosa[110] y hasta social. Guerra que acaba catastróficamente para Carlos V. Desalojado de Innsbruck, el emperador se ve obligado a huir, el 19 de abril, delante de las tropas de Mauricio de Sajonia y pierde Alemania, tan aprisa como la había ganado en 1547. Su “tiranía”, para expresarnos como Bucer, se derrumba en unos cuantos meses, entre los primeros días de febrero y el 1 de agosto de 1552, fecha en que, con el Tratado de Passau, se restablecen las libertades alemanas y se firma un acuerdo provisional entre Alemania y el emperador.
Mientras tanto, por el oeste, guerra exterior alemana, en dos tiempos. Primer tiempo: el rey de Francia, en cumplimiento de sus acuerdos con los protestantes alemanes, confirmados por el Tratado de Chambord del 15 de enero de 1552, emprende el “viaje del Rin”: ocupación de Toul y de Metz, el
10 de abril;[111] llegado a las orillas del Rin en mayo, decidió, cuando los aliados alemanes entablan negociaciones con el emperador, una prudente[II-366] retirada del ejército real hacia el oeste. A su regreso, en junio, los franceses
ocupan la plaza de Verdún.[112] Segundo tiempo: el emperador, después de concertarse con Alemania, atraviesa este país de norte a sur y reagrupa sus fuerzas para intentar recuperar Metz, cuyo sitio, iniciado el 19 de octubre,
termina el 1 de enero de 1553, con la derrota y la retirada del emperador.[113]
Una tercera guerra alemana, por el este, se libra sobre la frontera de Hungría, contra los turcos. Guerra especialmente enconada y en la que Fernando lleva la peor parte, ya que los príncipes alemanes, y a la cabeza de ellos Mauricio de Sajonia, no acudirán en su socorro hasta fines de año. El 30
de julio de 1552 cae en poder de los turcos la plaza de Temesvar.[114]
En las fronteras del Luxemburgo y de los Países Bajos se enciende otra serie de hostilidades, aunque insignificantes, en comparación con las anteriores.
En Italia, una guerra esporádica: golpes de mano, sitios, guerra de montaña a lo largo del Piamonte y, de vez en cuando, treguas. Así, el acuerdo del 29 de abril pone fin a la guerra entre el rey de Francia y el papa Julio III,
[115] pero a continuación, como para compensar lo uno con lo otro, la ciudad de Siena se levanta, el 26 de julio, al grito de “¡Francia, Francia!”, y, arrojando de sus muros a los imperiales, proclama su independencia. Episodio bastante grave, a la verdad, ya que viene a romper las grandes comunicaciones españolas, y que sólo se cerrará en abril de 1555, con la toma
de Siena por los imperiales y Cosme de Médicis.[116]
Por último, a todas estas guerras continentales hay que añadir las operaciones marítimas en el Mediterráneo. Éstas ofrecen un interés especial para nuestro libro, pero no sería posible comprenderlas sin relacionarlas con este conjunto de luchas, del que son simplemente un detalle, y tal vez no el más importante, desde el punto de vista militar. Se reducen, en el año 1552, a dos capítulos, no muy densos. De una parte, los desplazamientos de la armada turca, que, por el camino habitual, llega a Mesina, donde, el 5 de agosto,[II-367]
destroza a la flota de Andrea Doria, entre la isla de Ponza y Terracina.[117] De otra parte, los viajes de las galeras francesas, las cuales, bajo el mando de Paulin de la Garde, reciben la orden de unirse a la armada turca.
Sin embargo, ésta, a pesar de las presiones francesas, no prosigue su marcha hacia el oeste. El virrey de Valencia anuncia a Felipe de España, es cierto, que la armada levantina había entrado en Mallorca el 13 de agosto de 1552, pero tampoco esta vez fue más que un fantasma provocado por el
miedo.[118] Es posible que Sinán Pachá tuviera prisa por volver a Oriente para atender sus asuntos personales y a causa de la guerra contra Persia. Lo cierto es que no esperó las galeras francesas y que éstas, a la inversa de lo que había sucedido en Tolón en 1543, tuvieron que ir a invernar en Oriente, en la isla de
Quíos.[119] Un documento de la época las señala a su paso por la costa napolitana, cerca de Regio, donde mandan a tierra unos cuantos destacamentos para avituallarse sin desembolsar nada, matando vacas y puercos y talando los árboles de los jardines para proveerse de leña. Dos tripulantes que desertan, uno italiano y el otro de Niza, informan de que las galeras navegan con el propósito de obligar a la armada turca a volver atrás, para tomar Nápoles y Salerno… ¿Habrá que poner este incidente en relación con la conjura del príncipe de Salerno, don Ferrante Sanseverino, quien se halla precisamente a bordo de la flota francesa, conjura que Venecia se niega
a secundar y que, según se dice, fracasa por la tardía llegada de la flota?[120] Vemos, una vez más, con qué insistencia sigue la política francesa soñando con Nápoles. ¿Habría logrado tal vez resultados sustanciales sin aquella prisa por hacer volver hacia atrás las galeras turcas? Ni Génova ni Nápoles habrían podido resistir los esfuerzos combinados de los dos aliados, y Andrea Doria no habría podido reanudar tranquilamente sus viajes para abastecer y reforzar los puntos amenazados.
Pero el turco no es tan largo de miras. Para su armada se trata de simples[II-368] operaciones de saqueo. Los turcos llenan sus cofres y, una vez llenos, emprenden de nuevo la ruta de Levante. ¿Tal vez, según el rumor que en seguida empieza a correr, insistente, pero incontrolable, gracias al dinero que riegan generosamente españoles o genoveses?
Vemos, pues, que los grandes problemas políticos de este dramático año de 1552 no se ventilan aquí, en el Mediterráneo. No dependen ni de Dragut, ni de Sinán Pachá, ni del anciano Andrea Doria. No; los protagonistas del drama, aquellos que nos gustaría conocer mejor y poner al desnudo, siguen siendo el emperador Enrique II y el enigmático Mauricio de Sajonia. Son sus planes e intenciones las que los historiadores discuten. Pocos personajes tan turbios como este Mauricio de Sajonia, indiferente en materia de religión, realista y, según algunos, amoral. Él fue quien condujo la partida contra Carlos V y se desquitó de la derrota de Mühlberg, obligándolo a huir por los Alpes hasta Villach y hasta más allá del Brennero. Se detiene en pleno éxito de sus armas, a pesar de ir provisto, según se dice, de letras de cambio sobre Italia. ¿Por qué? ¿Por temor a que no le sigan sus soldados? ¿Por no ir a remolque de los franceses? ¿Sería, cosa rara, un político lúcido y ponderado, deseoso de poner fin a la guerra alemana? ¿U obraría, sencillamente, en connivencia con los fernandinos, en este año tan sinuoso, consciente de las dificultades alemanas en el este, frente al Islam? Los historiadores se han formulado, en efecto, todas estas preguntas. Y, si es difícil contestarlas, ¿no se deberá, en último resultado, al hecho de que el desconcertante personaje
desaparece bruscamente del mundo, cuando menos se esperaba,[121] llevando a la tumba la mejor de las respuestas: su propia vida?
¿Y el viejo emperador? ¿Fue realmente, como asegura Edouard Fueter, víctima de los errores de sus servicios diplomáticos, o mejor dicho, como pensamos nosotros, de su propia obstinación? ¿Creyó, tal vez, que podría resolver el problema sin combatir, puesto que durante ocho años había logrado salir airoso por el lado de Francia sin desenvainar la espada? Sin combatir, es decir, sin soltar la bolsa. Pues lo que más angustiaba al emperador era la penuria de dinero, y sólo después de la huida de Innsbruck se decide el imperio de los Habsburgo a realizar un inmenso esfuerzo. ¿Será verdad, como lo sostiene Richard Ehrenberg, que lo que salvó a Carlos V en junio de 1552 fueron los 400 000 ducados que le adelantó entonces Antón[II-369]
Fugger?[122] Desde luego, este crédito le permitió hablar recio en Passau. La poderosa ayuda recibida de Florencia (bajo la forma de un empréstito de 200 000 ducados), de Nápoles (800 000 ducados) y, sobre todo, de España
infundió nuevo vigor al maltrecho cuerpo imperial.[123] No olvidemos que las exportaciones españolas de dinero fuera de la Península, con destino a Génova y principalmente a Amberes, comienzan a cobrar un volumen
considerable a partir de 1552.[124] Se ha acusado a Carlos V de imprevisión. Pero ¿acaso podía y debía contar con la semitraición de los fernandinos, que tantos perjuicios le causó? No; su gran culpa consistió más bien en la terquedad de permanecer cerca de Augsburgo, en vez de trasladarse (como intentará hacer más tarde, demasiado tarde ya) a los Países Bajos, el gran
reducto de su potencia, su plaza fuerte y su centro monetario.[125] Desde allí, y solamente desde allí, como habría de saberlo desde 1544, podía descargar sus golpes sobre Francia.
También la política de Enrique II ha sido discutida no menos largamente. ¿El viaje de Alemania fue una rectificación de la política de los Valois?, se pregunta Henri Hauser, para contestar inmediatamente en sentido negativo.
[126] ¿Acaso Enrique II no retorna casi inmediatamente a las preocupaciones de Italia, a este espejismo, a esta necesidad? El nuncio Santa Croce escribió, a comienzos de 1533: “El Rey Cristianísimo se ha vuelto totalmente hacia las
cosas de Italia”.[127] Por tanto, el viaje de Alemania no pasó de ser un accidente. En realidad, el rey apenas tenía en qué escoger. El problema, para él, consistía en resistir a la enorme masa habsburguesa, para golpear en seguida, al mismo tiempo que los otros y lo antes posible, en el punto más sensible. Los acontecimientos lo arrastran, pues, de un sitio para otro. Pero, en este año de 1552, es un hecho que lo arrastran hacia el este, y detrás de él, y siguiendo sus huellas, al historiador del Mediterráneo, a medida que la potencia hispánica se instala en Alemania y extrae de los Países Bajos sus recursos; encuentra allí, a veces, una de sus grandes posiciones estratégicas.