El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

El comercio del trigo, vinculado a las rutas marítimas

abrió sus compuertas en 1571[233]. En 1587, el rey de Cerdeña se felicitó de sus hazañas: 4000 salmas de trigo habían sido enviadas a Génova durante su

gobierno[234]. Todo era posible… Hasta que Orán se convirtiera en puerta de

salida del trigo africano[235]; Diego Suárez nos lo explica: alrededor del presidio de Orán el trigo indígena valía a menudo cuatro o cinco veces menos

que el de España[236]. El beneficio era apreciable, con tal de que hubiera

trigo…, lo que no siempre ocurría, por cierto[237]. También Argel se

encontraba alternativamente riquísimo o muy pobre, según las cosechas[238].

Desgraciadamente, los graneros atestados no siempre bastaban para colmar las lagunas producidas por épocas de escasez tan frecuentes como

violentas y homicidas. En 1554 hubo una «horribilissima in tutta Italia»[239], y cuando llegó la ayuda del extranjero ya habían muerto decenas de miles de personas, y el trigo de Florencia alcanzaba el precio de ocho liras el

stagio[240].

 

El comercio del trigo, vinculado a las rutas marítimas

 

El trigo es una mercancía ideal para el transporte, pero tiene el gran inconveniente de ser muy pesada. No obstante ser tan preciosa, soporta mal los grandes gastos de transporte que impone. Por las rutas terrestres, salvo, claro está, en caso de escasez o de un alza extrema de los precios, el trigo solo hace trayectos cortos.

He aquí, por ejemplo, un proyecto bien estudiado sobre el envío de granos

de Italia a España, en 1584[241]. El embarque se llevaría a cabo en los presidios de Toscana, Orbitello y Talamone o «Puerto Hércules». Las compras (70 000 fanegas, medida castellana) haríanse en Corneto y Toscanela, en territorio pontificio; en Grossetto y en la marisma sienesa, que dependían del gran duque de Toscana; en Castro y Montalto, posesiones del duque de Parma. O sea, a 15, 25 y 30 millas, respectivamente, tierra adentro. Consecuencia: al precio de compra, es decir, 10 reales de España la fanega, había que añadir, en concepto de transporte por vía terrestre hasta el puerto de embarque, tres escudos por mogio, o sea tres reales por fanega. De modo que el precio de ese trigo aumentaba en 30 % después de un viaje relativamente corto. Son explicables las reflexiones del virrey de Nápoles a propósito del proyecto español de 1560 de hacer transitable el camino que iba de Apulia a Nápoles. El 29 de julio de 1562 escribía, no sin cierto humorismo, tal vez involuntario: «… ni quiero tractar en lo que toca a abrir los caminos para poder por ellos acarrear la victualla a esta ciudad, a lo cual se atiende con toda la diligencia possible, pero diré bien que hecho la queta de lo que costará la conducta del trigo que aquí se podrá acarrear desde Pulla, será tan caro que

pocas personas emprenderán el traerlo»[242]. No; el trigo no podía circular de una a otra parte de la península italiana por la vía terrestre. El grano pasaba, a veces, por la ruta napolitana; pero nada nos indica que hiciera todo el camino entre el Adriático y el Tirreno. Es poco probable que así fuera, puesto que, en torno de Florencia, y solamente dentro de un círculo de cuatro a 13 millas alrededor de la ciudad, los gastos de transporte bastaron para subir el precio

del trigo en 4.24 [243] % en 1570, y en 3.35 % en 1600 (lo que parece indicar que el precio de la mercancía propiamente dicha aumentó más que el del transporte terrestre; aunque sería arriesgado deducir de este ejemplo puntos de vista generales, que desmentirían otros porcentajes obtenidos en la misma Florencia). En enero de 1559 se renunció a enviar hasta Málaga la cebada de las aldeas de Santa Ella y de la Rambla, porque el precio del transporte por

carro valía tanto como la cebada misma, vendida en la ciudad…[244].

El secretario veneciano Marco Ottobon[245], que viaja por Polonia durante el invierno de 1590-1591, se informa en camino, tanto en Innsbruck como en Viena, de los eventuales precios del grano en Cracovia o Hungría, y luego calcula, para los Provveditori alle Biave, a cuánto habría ascendido el precio de un staio en el momento de su llegada a Venecia. Para obtener los resultados hubo de convertir monedas y medidas, sin olvidar, además, las correspondientes tasas y comisiones. La conclusión a la que llega es que, en la mayoría de los casos, la operación resultaba imposible. Comprado en Cracovia, el equivalente de un staio veneciano cuesta ocho lire venecianas. El transporte entre Cracovia y Viena asciende a siete lire y 12 soldi; de Viena a Villach, siete lire 10; de Villach a Venzon, tres lire; de Venzon a Porto Gruaro, una lire cuatro; de Porto Gruaro (en barca) a Venecia, tres soldi. A esto hay que añadir las tasas y comisiones y el precio de los sacos o toneles. Total: 30 lire 19 soldi. Treinta y una lire en números redondos: en el curso del viaje la mercancía ha cuadruplicado su precio. El costo de los transportes es el factor singular más importante que origina variaciones en el precio del trigo

comercializado[246]. Se comprende sin dificultad que las rutas predilectas del trigo hayan sido las del agua. La expansión del trigo de Borgoña hacia el sur no hubiese sido posible a no ser gracias a la ruta del Ródano. Los cereales extranjeros, necesariamente costosos, se enviaban a Florencia subiendo por el

Arno lo más posible, hasta Signa, verdadero puerto fluvial de la capital[247]. La riqueza del territorio de Lentini (Leontino), en Sicilia, procedía de sus recursos agrícolas, pero también de una suerte suplementaria: no estaba demasiado lejos de la costa, y su fiume grande, el San Leonardo, era navegable hasta unas cuantas leguas de la ciudad; por lo menos, antes de

1483[248].

El transporte por mar era también relativamente barato. En el ejemplo que hemos puesto más arriba, del trigo italiano que se intentaba transportar a España, el precio de compra de la fanega ascendía a 10 reales de Castilla, los fletes por mar a tres reales, la tasa de exportación a cinco reales, y el transporte en una buena nave ragusina a 3½ reales solamente. Es verdad que había que añadir los gastos de un seguro bastante alto, en vista de la época avanzada del año (9 % ad valorem), o sea 30 maravedís más por fanega de trigo. El precio del transporte marítimo se elevaba, así, a unos cuatro reales la fanega, y el precio de esta, en Alicante o Cartagena, a 22 reales y tres maravedís (el real se calculaba a 54 maravedís). En el desplazamiento del trigo, el transporte marítimo costaba menos, relativamente, que todas las demás operaciones: carretas, transporte en acémilas o autorización para exportar. Tanto más cuanto que en este precio no se tiene muy en cuenta la distancia exacta: es el mismo para los envíos a Italia o a Valencia y ya partiera el cargamento de Sicilia o de Toscana. Los capitanes de los navíos estimaban que para ir a España era más ventajoso cruzar el «golfo», partiendo de Sicilia, que atravesarlo por el norte a la altura de los presidios de Toscana; zarpar de Sicilia, según declaraban, era «tener el golfo, más lançado», estar en mejor posición para «engolfarse».

Es, por tanto, la parte interior del mundo mediterráneo, alcanzada fácilmente por la vía marítima, la que puede permitirse el lujo de un gran comercio de granos. Comprobación que bastaría para explicar que solamente las ciudades que se hallan en comunicación directa con el mar pueden crecer (a excepción de ciertas ciudades privilegiadas, como Milán). Si las islas del Mediterráneo podían dedicarse tan a menudo a un monocultivo rico, que lo invadía todo, era porque contaban con el mar, por el que les llegaban los navíos cargados de grano. Pasaban constantemente por dificultades alimenticias, pero con la misma frecuencia restablecían el equilibrio de su vida, importando trigo. Ritmo peligroso, que solo el mar autorizaba o provocaba. Por agua, el trigo seguía rumbos inverosímiles. En Valencia,

España[249]; en Génova o en Roma, se amasaba harina con el trigo de Egipto o del mar Egeo. En enero de 1572, el obispo de Dax escribió a Carlos IX, desde Ragusa: «En esta ciudad no se come un solo grano de trigo que no haya

habido que ir a buscar a quinientas millas de aquí»[250]. Verdad mucho más vieja que el siglo XVI. Lo mismo viajaba el trigo aragonés por el Ebro, y luego, más allá de Tortosa, siguiendo la larga diagonal del mar, iba a socorrer