El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Capítulo II. Las economías: los metales preciosos, las monedas y los precios

CAPÍTULO II [I-612]

LAS ECONOMÍAS: LOS METALES PRECIOSOS,

LAS MONEDAS Y LOS PRECIOS

 

NUNCA como en el siglo XVI ha parecido tan importante el papel de los metales preciosos. Los contemporáneos no vacilan en asignarles el primer puesto y los economistas del siglo XVII son aún más enfáticos. Uno los

considera «el caudal» del pueblo[1]; según otro, «no vivimos tanto del comercio de mercancías como del oro y la plata». Y un veneciano llega a decir que el metal precioso, amarillo o blanco, es «el sostén de todo gobierno; le da pulso, movimiento, cerebro y alma; es su ser y su vida [lesser et la vita] … Vence todas las dificultades, pues es el amo y patrón de todo: lleva consigo la necesidad de toda cosa; sin él todo permanece inerme e

inmóvil»[2].

Patron del tutto: afirmación que hoy nos parece discutible. El dinero no es ese motor universal que en general se supone. El papel desempeñado por los metales preciosos depende no solo de las reservas heredadas de épocas anteriores, sino también de las contingencias del pasado y, en igual grado, de la velocidad de circulación de las monedas, de las relaciones internacionales, de la competencia entre economías, del deliberado juego de los Estados y comunidades mercantiles e incluso «de las opiniones del hombre de la

calle»[3]. Con bastante frecuencia el dinero no es más que una pantalla —para emplear el lenguaje de los economistas— detrás de la cual se esconden las realidades, bienes, servicios y cambios… Por último, el oro y la plata (y lo mismo se puede decir del cobre) no se suman simplemente el uno a la otra para constituir una reserva metálica homogénea. Los metales usados para

acuñar moneda colisionan unos con otros y se hacen competencia[4].

Así toda alza de precio de las monedas de oro (en relación con las de plata) produce una gran demanda de oro, estas desempeñan entonces el papel de moneda mala favorecida arbitrariamente, desplazando la buena, en este caso las piezas de plata. Pero nunca ocurre esto de manera fortuita. Si, por ejemplo, se repite con obstinación en Venecia, ¿no será para facilitar la exportación masiva de plata, que era uno de los pilares esenciales del comercio de la señoría con Levante? Nos encontramos ante un intento