El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Otro centro de irradiación: España

Italia, los autos sacramentales.[398] En resumen, un cristianismo voluntariamente dramático, asombroso, incomprensible para las personas del norte. Las devociones y las flagelaciones de los españoles sorprendían y

escandalizaban a los de Flandes.[399] El arte del Barroco se nutre de esta religiosidad meridional y sirve de vehículo a una parte de ella. Podría escribirse un libro entero sobre estas devociones de importación a través de Europa, y sobre la parte que cabe al hombre del Mediterráneo en la vehemente recuperación de las debatidas tierras del norte devueltas al seno de Roma. Pensando en esto, ¿cómo puede hablarse de decadencia mediterránea? A menos que podamos atribuir a las decadencias, y a las desintegraciones que llevan consigo, un sutil y eficaz poder de irradiación.

 

Otro centro de irradiación: España

 

Si pasamos en el cuadrante occidental, de Viena a Lyon y en seguida a Tolosa y a Bayona, supongamos, vemos afirmarse otra irradiación: la de España. En Viena y en Múnich triunfan Roma e Italia (todas las Italias). También a través de Francia se acusa, es cierto, la presencia de Roma e Italia, en sus hombres, en sus modas y en sus lecciones; pero la influencia española se hace sentir, asimismo, con gran pujanza.

Uno de los dramas, si así podemos expresarnos, de los Pirineos, es que sus puertas nunca han funcionado en ambos sentidos a la vez. Cuando la educadora es Francia, todo transita de norte a sur, que es lo que ocurre desde el siglo XIII hasta el XV. Cuando la antorcha pasa a España, circula todo de sur a norte, como sucede en los siglos XVI y XVII. El viejo diálogo entre Francia y[II-242] España cambia, pues, bruscamente de sentido al llegar esta época; y aún volverá a cambiar en el siglo XVII. En tiempos de Cervantes, es Francia quien busca las modas y las lecciones del país vecino, ridiculizado, maldecido, temido y admirado, todo a un tiempo. España, por su parte, rompe las amarras. Vigila las fronteras, prohíbe celosamente a sus súbditos de los Países Bajos ir a estudiar a las universidades de Francia, o retira de Montpellier a sus

aprendices médicos.[400]

Extraño diálogo, como vemos, una vez más carente de todo afecto. ¿Qué país, fuera de los Países Bajos, se ha burlado más del español que Francia? Conocemos, en su traducción francesa de 1608, la fantasía satírica de Simón Molard, editada en Middelbourg: Emblemas sobre las acciones, perfecciones

y costumbres del Señor español [401] . ¡Pobre señor español! Se le compara a todas las bestias habidas y por haber: diablo en su casa, lobo en la mesa, cerdo en la alcoba, pavo real en la calle, zorro con las mujeres… y, ¿a qué seguir? “Guardaos, pues, del señor en todas partes”, concluye el panfleto. Pero a ese señor, del que se hace mofa, se le envidia y se le imita. La irradiación de España es la de un pueblo fuerte, la de un imperio inmenso, sin crepúsculo, la de una civilización con frecuencia más refinada que la nuestra. Todo francés que se estime en algo debe saber y sabe español; gracias a ello, algunos peninsulares, como el “murciano” Ambrosio de Salazar, llegarán a hacer, en Francia, una hermosa carrera de gramático y profesor en tiempos de María de Médicis. El vocabulario castellano coloniza entonces la lengua francesa.

Brantôme es, por esta época, el príncipe de nuestros españolizantes.[402] No discute, “blasona”, “dice burlas”, “busca fortuna”, “habla”, no lanza una piedra, sino que la “tira”, “trepa” en vez de subir, se da un “garbo” (en vez de

aires), marcha “bizarramente”, como “soldado”.[403] Es moda salpicar la

conversación de palabras españolas,[404] tan abundantes en esta época como los italianismos, y esta moda exige empeñosos estudios, numerosos profesores y libros importados. El padre de Montaigne había leído las[II-243] Epístolas familiares, el Libro de oro de Marco Aurelio, el Reloj de príncipes y el Despertador de cortesanos, obras todas del célebre obispo de

Mondoñedo, Antonio de Guevara.[405] Pululan las traducciones. “Hay en París

una verdadera agencia de traductores del castellano.”[406] Es la hora de Cervantes. En 1617, su gran libro Los trabajos de Persiles y Segismunda se reedita inmediatamente en París en castellano y se traduce en seguida al

francés.[407] También la novela picaresca tiene sus lectores asiduos. Más tarde vendrán las adaptaciones de las comedias españolas a la escena francesa… También en Inglaterra son traducidos e incorporados a la sustancia intelectual del país los libros italianos y españoles.

Al lado de las influencias habría que evaluar otros mil pequeños empréstitos culturales. La corte de Luis XIII, de la que ha podido decirse que era tan española como francesa, daba la pauta en este terreno. Todo lo español estaba de moda. Las mujeres se untaban con “blanco de España” y con “bermellón español”, productos que, por lo demás, no siempre venían de tan lejos. Se rociaban —y los hombres también— de perfumes traídos algunos de Niza y de Florencia, pero la mayor parte, y, desde luego, los más preciosos,

cuyo uso estaba vedado a los “palurdos”,[408] procedían de España o de Italia. Si hemos de creer a Brantôme, las mujeres, en estos dos países, “siempre han sido más curiosas y exquisitas en perfumes que las grandes damas de

Francia”.[409] Las personas distinguidas se arrancaban unas a otras los secretos de sabias esencias y de recetas de belleza, tan complicadas, por lo menos, como las de las “preciosas” de Molière. Un galán promete a su dama calzar su blanca mano con “cuero de España”; y, en efecto, aunque ya por esta época se fabrican en Francia excelentes productos y comienzan a abrirse paso la fama de la moda y la elegancia francesas, los guantes españoles de pieles especialmente suaves y finas, el agua de Córdoba, los guadameciles, es decir, los cueros repujados que se emplean como tapices, gozan por estos años del mismo prestigio que en nuestros días los “artículos de París”… Y, como éstos, eran muy caros. Cuando a la mujer de Simón Ruiz se le mete en la cabeza hacer negocio, y expide de España a Florencia guantes perfumados,[II-244] que se deberán cambiar por mercancías italianas, el socio de su marido, Baltasar Suárez, dice que en esta ciudad de respetables burgueses nadie querrá comprar un artículo tan caro y frívolo (tres escudos el par). Pero esto