El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
El rodeo francés
la Península[134]. Pero a veces sale de ella. En otoño de 1588, Baltasar Lomellini y Agustín Spínola arriesgaron, para asegurar los pagos en Flandes que debían hacer al duque de Parma, «una suma de dineros que ambian en
tres zabras que han armado»[135].
Un año después, en 1589, los Malvenda, mercaderes españoles de
Burgos[136] [137] , envían al puerto de El Havre en una galeaza un crédito de 20 000 escudos. Ese mismo año y también por el océano, Agustín Spínola repitió la hazaña del año precedente, despachando dos pequeñas galeazas que había armado personalmente y que transportaron por su cuenta un cargamento
de plata hasta los Países Bajos[138]. Pero estas excepciones confirman la regla:
lo cierto es que, como lo señala una gaceta veneciana[139] en 1586, la ruta oceánica se había vuelto extremadamente difícil y su rendimiento era ya muy escaso. Ahora bien, para España esta ruta era esencial.
El rodeo francés
La ruta de Laredo o Santander a Amberes había quedado inutilizada y había que sustituirla a toda costa. Felipe II tuvo que recurrir, para ello, a las rutas de Francia. Aunque eran cortas, estaban expuestas al peligro de quedar interrumpidas por las dificultades interiores; los transportes requerían largos convoyes y numerosas escoltas. Diremos, a título de ejemplo, que el
transporte de 100 [140] 000 escudos de Florencia a París requirió, hacia fines de siglo, 17 carros, escoltados por cinco escuadrones de caballería y 200 hombres de infantería… Para disminuir el peso, quedaba, en caso extremo, el recurso de transportar exclusivamente oro. Así lo hicieron, en muchas ocasiones, hacia 1576, algunas personas seguras al servicio de España que, viajando de Génova a los Países Bajos, llevaban cosidos a sus ropas hasta
1000 escudos de oro cada una[141]. Pero estas no eran, ni podían ser, más que
soluciones excepcionales, desesperadas y peligrosas[142].
El primer gran envío de metales preciosos a través de Francia, por cuenta de España, se efectuó en 1572, es decir, después de la Noche de San
Bartolomé[143]. El duque de Alba, que desde su llegada a los Países Bajos se vio muy corto de dinero, se encontraba en situación desesperada. A comienzos de 1569 corrió el rumor de que había gastado ya cinco
millones[144]. Dos años después, en 1571, la crisis era aún más palpable; algunos documentos hablan insistentemente de la estrechez de dinero de que padecía el duque. Los mercaderes ya no querían negociar con él, aunque
siguieran abundando las asignaciones para atraérselos[145]. Pero ¿de qué servían las asignaciones cuando los mercaderes sabían que era de todo punto imposible pagarles en metálico? Sin dinero líquido y con el crédito recortado, el duque veía reducidas las posibilidades de recurrir a las letras de cambio, al igual que un banco, que nunca necesita más de sus reservas que cuando sus clientes sospechan que no cuenta con ellas. En 1572, la situación era tan
grave[146] que en abril el duque de Alba se decidió a apelar al crédito del gran duque de Toscana. La solicitud fue coronada por el éxito, pero el gobierno español, que tenía dificultades con el gran duque, sospechando que intrigaba en Francia y fuera de Francia contra la causa española, desautorizó la gestión
del duque de Alba y el crédito concedido no llegó a utilizarse[147]. Entre tanto, Felipe II había hecho pasar por Francia 500 000 ducados en dinero contante.
El monarca escribía a su embajador Diego de Zúñiga[148]: «… Queríamos enviarle (al duque de Alba) destos Reynos hasta en quantidad de quinientos mill ducados de contado en oro y plata y no se pudiendo llevar al presente por mar sin mucho riesgo por estar el passo tan cerrado, ha parescido que el medio más cierto y más commodo sería embiarlos por esse reyno si el christianissimo rey, mi hermano, tuviese por bien de permitir y dar orden que passasse con la seguridad que conviene, como espero que lo permitirá». La autorización fue concedida y el dinero se transportó en varios viajes. El 25 de
diciembre de 1572 Zayas previno al embajador de Francia, Saint-Gouard[149], que, en virtud de la licencia concedida para el tránsito de los 500 000 escudos, Nicolás Grimaldi transportaría 70 000 en reales (es decir, en plata) y Lorenzo Spínola otros 40 000 en escudos castellanos (es decir, en oro). Desde luego, estos envíos oficiales no fueron los únicos. En 1574, Mondoucet escribía desde los Países Bajos: «A creer lo que aquí se dice públicamente…, los ducados de Castilla trotan por Francia para romper todos los buenos
designios»[150]. El dinero político no era el único que transitaba por los caminos de Francia; por las mismas rutas circulaba también el dinero de los mercaderes y el del contrabando, que eran, a menudo, una y la misma cosa.
En 1576, Felipe II y sus servidores examinaron las ventajas que reportaría la ruta de Nantes, donde el sólido crédito del mercader español Andrés Ruiz podía servir de pivote para transportar el dinero a través de «Normandía y de Francia». Diego de Zúñiga, que hizo esta proposición, aprovechó el momento para indicar, de paso, las pretensiones francesas sobre el tránsito de divisas, y, principalmente, el propósito que tenían de «congelar», como diríamos hoy, un tercio del dinero en tránsito. El embajador español deploraba también, con este motivo, la mala organización francesa del crédito, del trato y del