El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Emigrados insulares

siglo [206] XVI una especial importancia. Esta isla era una excepción, un oasis de aceite, en medio de los países tunecinos y tripolitanos que, en general y sobre todo hacia el sur, eran el reino de la mantequilla rancia. El aceite de Yerba era excelente, barato y adecuado a todos los usos, incluso para el tratamiento de las telas; un aceite que se exportaba muy fácilmente, como lo hizo notar León el Africano a principios de siglo. Después de 1590, los ingleses iban a buscar a Yerba el aceite que necesitaban, como antes lo había hecho España.

Pero la geografía no señala a Yerba sino como una isla baja, con canales

donde se acusan mareas sensibles[207], y la gran historia solo nos habla de ella como de un campo de batalla donde se desarrollaron los combates de 1510, 1520 y 1560. Pero no nos dice que durante el último de estos combates —el más importante de todos— jugó su papel el aceite. La flota cristiana se había detenido en Yerba, por no poder avanzar hasta Trípoli o por no atreverse a ello. Se dejó sorprender por la armada turca de Piali Pachá, a pesar de saber que esta se acercaba, porque los navíos cristianos se demoraron más de la cuenta cargando mercancías, principalmente aceite. Esto es lo que dice el

informe del visitador Quiroga después del desastre[208].

Sin embargo, cuando no proceden de un monocultivo demasiado destructor, estas actividades en gran escala son la riqueza esencial necesaria para su vida y les ganan una bien merecida reputación. Ibiza es la isla de la sal; también la sal de Naxos es famosa, como su vino, «tanto el blanco como

el clarete»[209]; Elba es la isla del hierro. Recordemos también Tabarca, la isla del coral, feudo de los Lomellini, isla, por otra parte, de múltiples recursos (exportación de trigo y cueros, así como rescates de prisioneros que encontraron refugio en ella). Y también las famosas pesquerías de la Galita, en la costa berberisca; o las pesquerías de Lisena, isla dálmata de la que según un documento de 1588 se marchan un buen día los bancos de sardinas para

instalarse junto al peñón de Pelagosa[210]. Rodas pudo aprovecharse de su posición, que le garantizó, en tiempo de los Caballeros primero, y luego, a partir de 1522, con los turcos, «el dominio sobre las otras islas, y el

almirantazgo del Mediterráneo entero»[211]. Patmos, en el Archipiélago, produjo, a falta de algo mejor, «el pueblo más pendenciero de todos los insulares, después de Samos»; vivía prácticamente del producto de sus

rapiñas, tanto sobre los cristianos como sobre los turcos[212].

Emigrados insulares

 

Pero la manera más corriente que tienen las islas para mezclarse con el resto del mundo es organizar emigraciones. Todas las islas (como todas las

montañas; muchas islas mediterráneas son, a la vez, montañas) son exportadoras de hombres[213].

A riesgo de incurrir en repeticiones, recordemos aquellas emigraciones griegas que afectaron el Archipiélago entero, incluyendo la gran isla de Candía. De cualquier modo, es dudoso que en el siglo XVI hayan tenido la amplitud que en la isla de emigrantes por excelencia: Córcega. Demasiado rica en hombres, por lo menos en relación con sus recursos, esta isla se

despobló en todas las direcciones a la vez; y seguramente no habrá un solo acontecimiento mediterráneo en que no haya estado mezclado un corso[214]. Había corsos hasta en Génova, la execrada Dominante, pues la necesidad de vivir se imponía a todo… Los había en Venecia. Ya en el siglo XV marchaban a trabajar a las tierras de la marisma toscana, y en el siglo XVI los campesinos de Niolo, por lo menos los que no se prestaban a emigrar a Génova, se iban a

colonizar aquellas pestíferas tierras italianas y hasta a Cerdeña, donde con

frecuencia hacían fortuna[215]. En Roma, donde algunos se instalaban como

tratantes de ganado, abundaban los corsos[216], y sus barcos frecuentaban el puerto romano de Tibre, Civitavecchia y Liorna[217]. En Argel, los emigrantes corsos pululaban literalmente, sobre todo los Capocorsini. Cuando Sampiero pasó por la ciudad en julio de 1562, durante el dramático viaje que debía

llevarlo hasta Constantinopla, todos sus compatriotas se precipitaron al puerto para saludarlo «como a su rey»; así lo refiere un informe genovés[218]. Debe de haber sido muy popular y amado entre los suyos este Sampiero, enemigo de Génova y amigo de Francia, que fue a implorar al sultán ayuda para sus compatriotas.

Los corsos de Argel, ¿qué eran? Algunos, capataces de forzados; otros, marinos y mercaderes que traficaban en el puerto. Pero más de uno se instaló permanentemente entre los ricos renegados de la ciudad; por ejemplo, Hassan

Corso, que fue uno de los «reyes» de Argel. Un informe español fechado en 1568[219] estima que de los 10 000 renegados que había en Argel, 6000 eran corsos. A juzgar por algunos documentos genoveses, a finales del siglo la ciudad hervía de intermediarios corsos, agentes eficaces para rescatar cautivos y también agentes oficiosos de potencias extranjeras. Uno de ellos, aquel enigmático Francisco Gasparo Corso, domiciliado en principio en Venecia, y que en 1569 se instaló en Argel, adonde lo había destinado el virrey de Valencia. En el momento crítico de la guerra de Granada sostiene conversaciones con Euldj Alí, tratando de ganarlo para los intereses del Rey Católico. Pero ¿quién era este hombre en realidad, y cuál su verdadero nombre? Todos los datos de aquel tiempo lo describen mal. Se sabe que iba y venía entre Valencia y Argel, en un bergantín cargado de mercaderías autorizadas, es decir, que no figuraban entre el «contrabando», prohibido por la ley española: sal, hierro, salitre, pólvora, remos, armas… Se sabe que tenía un hermano en Argel, uno o varios en Marsella y otro en Cartagena, y que su correspondencia con ellos abarcaba, por tanto, todo el Mediterráneo occidental. Añadamos como única aclaración que en un acta autorizada por

un notario improvisado en las mazmorras de Argel, un cautivo español acusó a Gasparo Corso de dedicarse al contrabando y de ser un agente doble[220]. Sin tratar de dilucidar este pequeño problema —quizá insoluble—, fijémonos solamente por ahora en la dispersión de esta curiosa familia insular en torno del Mediterráneo.

Otros corsos están en Constantinopla, Sevilla y Valencia. Pero lo mismo en el siglo XVII que en nuestros días, su ciudad predilecta era Marsella; ciudad

corsa a medias, por lo menos en el puerto, tal como puede comprobarse en los documentos de que disponemos[221].

De esta emigración no podemos culpar ni absolver a los gobernantes genoveses de la isla. El hecho indudable en el siglo XVI es que los corsos soportaban mal el gobierno de Génova. Que tal juicio se fundara o no en la equidad no es una prueba convincente para acusar de todos los males a las intrigas francesas y al oro de los Valois. Lejos de nosotros la idea de negar la evidencia de este lazo entre la isla y Francia, de recusar tantas pruebas concordantes como existen: los frecuentes envíos de emisarios, de fragatas, de pólvora y, por supuesto, de dinero. Francia llevó en Córcega el mismo juego que Cosme de Médicis; con menor consistencia en las ideas, con menos medios, pero con más fortuna. Ahora bien (y esto es lo importante en el debate, y nos lleva de nuevo a nuestro tema): si la política francesa agita, solivianta a los montañeses corsos con una facilidad increíble y casi sin quererlo, fue menos en virtud de planes preconcebidos, que de aquella vital conexión, establecida de una vez por todas entre una Francia entonces rica en espacio y una isla demasiado rica en hombres. Porque Francia se abría a la emigración corsa como el más ancho y el más fructífero de los campos de expansión, mientras que Italia se hallaba demasiado poblada y consideraba, al contrario, a Córcega como una tierra colonizable en interés propio. Esto sin añadir la ventaja que para los corsos representaba la protección del Muy Cristiano, eficacísima en el mar. Los corsos instalados en Marsella convertíanse en súbditos del rey de Francia y, como tales, participaron en la expansión de la ciudad después de 1570. En el siglo XVII había corsos establecidos en el Bastión de Francia, frente a Tabarca, la isla genovesa de los