El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Capítulo VII. Las formas de la guerra
CAPÍTULO VII [II-246]
LAS FORMAS DE LA GUERRA
LA GUERRA no es simplemente la contracivilización.
Los historiadores la llamamos constantemente a debate, aunque sin conocer ni preocuparnos por conocer su naturaleza o sus naturalezas. No es mayor la ignorancia del físico en cuanto a la constitución secreta de la materia… La traemos constantemente a colación, y es necesario, porque la guerra no deja de actuar sobre la vida del hombre. Los cronistas la sitúan en el primer plano de sus relatos y de sus cronologías. Las personas de la época no dejan de formular cuidadosas conclusiones acerca de ella, apuntando responsabilidades y desprendiendo consecuencias.
Por nuestra parte, aunque firmemente decididos a no exagerar la importancia de la historia de las batallas, que versa exclusivamente sobre los sucesos externos, no pensamos ni por un momento en dar de lado a la historia misma, a la poderosa historia de la guerra, esta formidable y perpetua conmoción de la vida de los hombres. En el medio siglo que nos ocupa, la guerra marca los ritmos y las estaciones, abre y cierra las pesadas puertas del tiempo. Y aun cuando parece calmada su tenaz presión, sigue pesando sobre todas las cosas. Nada más lejos de nuestro ánimo que la pretensión de sacar, a propósito de estos dramas, conclusiones filosóficas sobre la “naturaleza” de la guerra. La polemología, aunque es una ciencia, está todavía en su infancia. Necesita aprender a identificar, yendo más allá de los incidentes, los ritmos largos, las regularidades y las correlaciones. No hemos llegado aún a ese estadio.
I. LA GUERRA DE LAS ESCUADRAS Y DE LAS
FRONTERAS FORTIFICADAS
Cuando hablamos de la guerra grande en el Mediterráneo, surgen indirectamente ante nosotros las imágenes familiares: las esbeltas y poderosas siluetas de las galeras, su sueño invernal, sus navegaciones estivales a lo largo de las costas.
[II-247]
FIGURA 63. El duque de Alba conduce sus tropas a Flandes, abril-agosto 1567. Trasladar un ejército a lo largo de 3 000 kilómetros es una hazaña, aun cuando se realice en tiempo de paz. Nótese la rapidez con que se han cubierto las etapas marítimas y el tiempo requerido para cruzar los Alpes. La necesidad de evitar Francia obligó a un largo rodeo. Cálculos y verificaciones por J. J. Hémardinquer.
Los documentos políticos abundan en detalles sobre sus desplazamientos o su[II-248] manutención; son una preocupación constante, un lujo muy costoso. Se nos han conservado cientos de estimaciones hechas por expertos, que nos hablan de cuánto cuestan en entretenimiento, aprovisionamiento, equipo y dinero. Y la experiencia demostró muy pronto lo difícil que resultaba reunirlas para llevar a cabo movimientos conjuntos, dado que, para navegar en grandes formaciones, necesitaban ir acompañadas de navíos redondos que llevasen su voluminoso aprovisionamiento. Terminados los lentos preparativos, se hacían rápidamente a la mar y los viajes se cumplían, por lo general, con rapidez. Podían alcanzar cualquier punto de la costa. Sin embargo, debemos cuidarnos de no exagerar la cantidad de daño que los golpes de las escuadras de galeras podían infligir. Las tropas que desembarcan, si el caso lo requiere, apenas se alejan de las orillas. En 1535, Carlos V se apodera de Túnez y no va más lejos; en 1541 intenta sin éxito tomar Argel: su campaña apenas lo llevó más que del cabo Matifú a las alturas que dominan la ciudad. En 1565 se repite la historia, cuando la armada turca pone sitio a Malta y allí se inmoviliza. En cuanto hablamos de guerra evocamos en el acto armadas numerosas que, en el siglo XVI, nos sorprenden por la enorme cantidad de sus efectivos. Moverlas de un lugar a otro, y, antes de eso, reunir sus unidades, eran tareas que presentaban ingentes problemas. Se requieren meses y meses para que el rey de Francia reúna, en Lyon, mercenarios y cañones, con los que, un buen día
“salte de improviso por encima de las montañas”.[1] En 1567, el duque de Alba realiza la hazaña de llevar sus tropas de Génova a Bruselas, pero se trataba de un movimiento pacífico, no de una serie de operaciones guerreras. Igualmente, se requerirán todas las fuerzas del enorme potencial turco para que las armadas del sultán salgan de Constantinopla, alcancen sus puntos de destino en el Danubio y Armenia y luchen en esos lugares tan alejados de su punto de partida. Se trata de proezas costosas, fuera de lo común. Es evidente que siempre que hay que oponerse al enemigo, todo movimiento hacia un punto un poco lejano está por encima de las posibilidades normales. Frente a los turcos y a los corsarios, la cristiandad se eriza de fortalezas; se refugia detrás del arte de los ingenieros y del trabajo de la pala y el pico. Todo este vasto sistema de fortificaciones es un testimonio singular acerca de la mentalidad de un mundo. Pues, tanto los limes como las murallas de la China[II-249] son siempre signos de un estado de espíritu. Que la cristiandad (y no el islam) se rodee de puntos fortificados es un hecho nada desdeñable, un síntoma importante sobre el que volveremos.